Una intervención de Pedro Serrano

En el sitio web de la revista Fractal se publica Una declaración de Pedro Serrano, poeta y amigo de Javier Sicilia, en la que defiende la poesía y critica fuertemente la crisis de seguridad que estamos padeciendo todos. En una parte de su escrito dice Serrano:

En el mundo pasan esas cosas, y mientras tanto el incontenible vertedero de porquería que ha ido depositándose en las ciudades, pueblos, calles y casas de México sigue creciendo, asquerosamente, llenando de dolor habitaciones y rincones. Es el narcotráfico, es cierto, pero no es sólo eso. Lo acompaña el baile todo que, como en las pinturas negras de Goya, va a su encuentro en brazos de la corrupción, el cinismo, el dinero y las armas. Cada una de estas palabras tiene peso específico. Las alianzas que sustentan al poder han creado inmensos basureros en los que irremediablemente se desliza todo. Ese hedor tira de nosotros, trata de hundirnos, nos alcanza muchas veces. No importa, se puede chapalear y salir, a veces como el pato de Díaz Mirón, cuyo plumaje no es tocado por los lodazales, a veces como casi todas las aves que terminan con el cuerpo embadurnado de petróleo queriendo escapar. Pero de eso se trata, de seguir en el intento. En ese sentido, una de las voces que más íntegramente ha pautado esa realidad semana a semana, y que en la acumulación de sus anotaciones lleva huella de todo lo que no se ha limpiado, ha sido Javier Sicilia. Sus colaboraciones semanales para Proceso, una publicación tachada de amarillista por los que no quieren ver la realidad amarilla, terminan siempre con una lista de agravios que los que pueden no han querido limpiar, y que son el primer detonante del crimen. Sicilia se encarga, tercamente, de que no olvidemos que nada de eso se ha cumplido. Y la lista, que empezó con los Acuerdos de San Andrés, que nunca ha ratificado el gobierno, no ha hecho sino crecer. Los culpables no son sólo los que ejercen las armas, sino quienes los los dejaron pasar. Esta semana, Sicilia terminaba su colaboración con la siguiente lista: “Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, liberar a todos los zapatistas presos, derruir el Costco-CM del Casino de la Selva, esclarecer los crímenes de las asesinadas de Juárez, sacar la Minera San Xavier del Cerro de San Pedro, liberar a todos los presos de la APPO y hacerle juicio político a Ulises Ruiz”. Cada una de estas demandas tiene su historia particular, y la lista cubre varios sexenios de continua y repetida venalidad. Siempre he pensado que es un alivio que Sicilia no se ocupe de política internacional, porque la serie llenaría la columna y no quedaría espacio para su opinión.

Conocí a Javier Sicilia hace treinta años, aproximadamente. Tengo amorosamente grabadas su risa, sus pantalones de mezclilla, sus botas vaqueras, su barba gambusina y sus expresiones llenas de humor. Siempre que se mencionaba a Cioran exclamaba “ese hombre es un perverso”, y cuando escuchaba a Bruce Springsteen se ponía en pie y decía “este es el jefe”. Hace mucho que no lo veo, pero eso no importa. Mi conversación con él es continua. Lo puse como ejemplo durante una charla reciente, al hablar de la revista Cartapacios, que hicimos juntos. Durante mucho tiempo las reuniones de la redacción fueron, lunes tras lunes, en casa de Javier. Recuerdo a su padre recogiéndonos enfrente del Liverpool de Insurgentes, bajándose del coche, no tan espigado como él, abriendo la cajuela para que guardáramos ejemplares de la revista. Aunque en esa época todavía no era la figura pública que es hoy, su ejemplo de integridad humana, dignidad y bonhomía ya estaba ahí, emanando calidez. Cartapacios era, en pequeña escala y entonces, el sitio de conversación pública que en todos estos años Javier Sicilia no ha hecho sino ensanchar. En esa charla recordé las discusiones alegres que se daban entre él, poeta católico y rimado del DF, y Gastón Martínez, poeta comunista y cantautor de Tampico. El espíritu de Cartapacios era la conversación, el respeto y la comunidad en diferencia, y esto se plasmaba en un proyecto común en el que respiraban diferentes perspectivas. Esta misma manera de estar abierto al mundo la he ejercido Javier Sicilia en su vida personal, en su práctica religiosa, en su actividad editorial de muchos años en las revistas Ixtus y Conspiratio y en sus artículos semanales de Proceso. Saber que está ahí, que respira, que escribe, que lucha y habla, es una de las maneras que tengo para reconocer la vida y lo que vale la pena de ella. Pocas son las personas de las que puedo decir: “es un hombre bueno”, sin la menor duda y con la convicción más amplia. Hasta sus ataques de furia y sus salidas de quicio y tono, como cuando ganó el premio Aguascalientes e insultó a Evodio Escalante, son parte integral de su humanidad, equivalente al episodio en que Jesucristo, invadido por la violencia, sacó a latigazos a los mercaderes del templo. Aclaro que no estoy comparando a Evodio con ningún mercader, sólo imaginando a Javier dando rienda suelta a su furia. Una vez vueltas las aguas a su cauce, humilde, le pidió disculpas, públicas por supuesto

Sobre el famoso “pacto” y las marchas escriben hoy Manuel Camacho Solís, Jorge Chabat y Héctor de Mauleón (un iracundo artículo).

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