Una historia de Nadia Villafuerte

Nuestra aparente rendición publica un relato estremecedor y violento de la escritora chiapaneca Nadia Villafuerte, autora del espléndido libro ¿Te gusta el látex, cielo? y de la novela Por el lado salvaje (Ediciones B) que estará en librerías en un par de semanas. Les comparto un fragmento del cuento Botas tejanas:

Fui a Ciudad Juárez porque quería comprarme unas botas vaqueras. Allá las conseguiré más baratas, supuse. Atravesé el puente internacional y tomé un camión de ruta al centro. Siempre ocurría así: cuando me sentía sola —que era la mayor parte de las veces— me acordaba de la frase de Wilde: las mujeres tontas lloran, las inteligentes van de compras. Y no es que tuviera mucho dinero para gastar, sólo mataba el tiempo rasgando las cortinas de la vida, deteniéndome en sus aparadores. Necesitaba, contra el hastío, las calles de Ciudad Juárez atestadas de ambulantes (prefería estar en México con su olor a lana vieja, combustible, carne asada y aguardiente, prefería su sonrisa acechante en vez de quedarme en un edificio gringo cuyo orden y progreso sólo conseguían deprimirme).
Recorrí el mercado, los sitios de pulgas, las plazas con mercancía de segunda. Compré un uniforme de mesera (por dentro uno se vuelve terco y triste, por fuera servil y cobarde). También una peluca azul (una cabeza sin rostro a la que le arrancaron todas las sonrisas, eso pensé al tener la cabellera azul en la bolsa de plástico). Pagué diez pesos por un libro titulado Cómo viajar sin mucha plata (aunque viajar para mí fuera tiempo de veda), cincuenta más por un par de mocasines que me trajeron de vuelta a la niña Heidi de los Alpes suizos de mi infancia y, finalmente, trescientos para unas botas tejanas rústicas color chocolate.
Me dio hambre y entré a un restaurante. El sol arrojaba largas manchas bermejas sobre las sillas y, mientras mordisqueaba mis alitas agridulces, me entretuve observando a la gente tras el cristal: pensé sus rostros llenos de cicatrices; en que, como ellos, también yo era parte de esa horda de humanos flotando con indolencia sobre un lento naufragio, dinamitando el paisaje sin practicar el terrorismo, muriéndonos sin necesidad de ser suicidas. Seguros de que el triunfo no consistía en oponerse, sino en aceptar con estoicismo la derrota. Aprecié en ellos lo que pocas veces uno se atreve a reconocer de sí mismo.
Tan ida estaba que no me percaté de que las horas se habían ido rápido y se hacía tarde, tarde para quien conocía los códigos negros de una ciudad capaz de recibirte amorosamente y clavarte un cuchillo al dar la espalda.
No me pareció buena idea tomar un taxi que me llevase de vuelta al Paso: eran diez dólares que no estaba dispuesta a ceder. Desde la plaza vi titilar una estrella sobre una mancha púrpura que amenazaba con oscurecer de golpe el cielo. Me dirigí a los camiones de ruta a pesar del temor y su desmesura interna, como cuando la naturaleza del cuerpo te comunica un presagio. En garganta y nariz sentí la acidez causada por el banquete de comida rápida; en el estómago, el murmullo de su descomposición

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