Recuperar el lenguaje de la ley

En consonancia con Miguel Carbonell (cuya crítica a la idea de un pacto con los criminales es difícil no compartir) Jesús Silva-Herzog Márquez cuestiona hoy la tentación de claudicar ante el crimen (en referencia a las expresiones de Sicilia), algo que considera, y consideramos muchos de nosotros (incluyo al propio Sicilia, un hombre inteligente que jamás propondría la rendición), impensable. En lugar de pactos y pláticas, Jesús propone renunciar al vocabulario y la gramática de la guerra, que nos tiene sumidos en una especie de quimera, y acudir en su lugar al lenguaje de la ley.

Escribe el politólogo y ensayista:

Es imposible permanecer imperturbable frente a lo que ha dicho Javier Sicilia tras haber sufrido el dolor inimaginable. El escritor le da palabra al sufrimiento de miles en México que han llorado la muerte sin que nadie lo registre. Retratamos la muerte pero no el duelo. Fotografiamos la sangre del muerto pero no la lágrima del sobreviviente que sufre sabiendo que jamás encontrará alivio. La herida de hoy marcará a México durante décadas. Si México sobrevive, lo hará con un hueco enorme en el cuerpo. Si mañana dejara de fluir la sangre por nuestras calles, el país seguiría padeciendo los efectos de este lustro siniestro. Miles y miles de familias rotas, miles de viudas, miles de huérfanos. Miles de padres sin hijos. Desde el poder público se nos llama a una contemplación inhumana de la muerte: los cuerpos como trofeos de la política. Los católicos que nos gobiernan se promueven mostrando la muerte de los malos como testimonio de éxito. Mueren, luego avanzamos, nos dicen. El mismo presidente de la república ha festejado la defunción de seres humanos y no ha tardado un segundo para condenar fulminantemente a quienes han perdido la vida: pandilleros que encontraron en la muerte lo que se empeñaron en buscar.

Javier Sicilia nos llama a callar por un segundo y pensar en las vidas truncadas y en el país enfermo que habitamos. La muerte de un ser humano no puede ser nunca un trofeo para exhibición en el palacio de gobierno. Sicilia nos llama también a pensar el sentido de la política que será siempre, antes que una aplicación del poder, una forma de convivencia. Tal vez el Estado existe para transformar el dolor de las víctimas en justicia. Tal vez existe el Estado para escapar de la venganza—pero también del perdón. No concedemos permiso a la víctima para castigar a quien la ha lastimado porque sabemos que sería incapaz de encontrar la medida de la sanción. Unos multiplicarían el dolor recibido: mano por dedo, brazo por mano, cabeza por ojo. Otros absolverían benévolamente al infractor. Ambas respuestas prolongarían la violencia. Por eso el Estado ha de ser mesurado—pero implacable. Debe encontrar la justa medida, pero estar libre del soborno y la intimidación. La venganza impera en la selva; el perdón existirá en las alturas del cielo o en algún músculo del pecho. En la tierra podemos aspirar a la convivencia bajo la ley: advertencias claras y castigos firmes. Ni bestias ni beatos: ciudadanos.

Por ello no podemos aceptar la guerra, ni siquiera como metáfora.
Si nos tragamos esa píldora estamos perdidos. Estaríamos imaginando combates, rendiciones, armisticios. Estaríamos esperando la llegada de un comandante salvador que no pierde el tiempo con pudores legales. El gobierno, en su afán épico, ha recurrido a ese vocabulario, a esa gramática, a esa historia—incluso a esa vestimenta. Los medios replican el himno de la guerra porque simplifica el mundo, porque es un atajo para la comprensión, porque nos instala en el dramatismo del cine. Ése es el universo del que tenemos que escapar. Ese es el lenguaje que debemos romper para llamar, simplemente, a la ley. Diré lo obvio: con tribunales, con parques, con escuelas, con guarderías, con trabajo—no con soldados se ganará la paz en México. Desde luego, el poder público tendrá que enfrentar con los instrumentos de la coacción a quienes delinquen. Pero sólo se asienta el poder del Estado cuando su actuación es ejemplar, cuando la ley se aplica, cuando el crimen encuentra castigo indefectiblemente. Cuando las sociedades son espacios de convivencia y futuro el delito se arrincona. La misión del Estado mexicano en ese sentido es, antes que cualquier cosa, recuperarse. Más que recobrar territorios, el Estado debe fundar su eficacia. Sólo será un agente de la paz si logra mitigar la violencia; será cómplice de los violentos si (aun involuntariamente) la multiplica

Por otra parte, coincido con lo que escribe hoy en Milenio diario Luis González de Alba en dos de sus párrafos:

Los usos medicinales de la mariguana están bien comprobados: controla náusea producida por quimioterapia en enfermos de cáncer, sube el peso de enfermos de Sida al estimular el apetito. En Estados Unidos la mariguana se produce en cultivos de alta calidad y se vende en tiendas que exhiben sus variedades y precios como chocolates. Y así debe ser, está bien: que la gente fume y se meta lo que quiera. No es tarea del Estado sino señalar los riesgos, como ya se hace en las cajetillas de cigarros y en las botellas de vinos y licores.

Mi ¡Ya basta! iría dirigido a la intolerable intromisión del gobierno en el uso y abuso de sustancias que los adultos decidan emplear hasta por simple y llano placer. Mientras aquí los narcos acribillan inocentes para “dar aviso” a las fuerzas que los combaten, en Estados Unidos todas las drogas circulan en fiestas de alta, mediana y baja sociedad. Todo mundo las consume porque así ha sido durante la historia completa de la humanidad: el peyote de los huicholes, los hongos de Oaxaca, el hashish del Medio Oriente, las fiestas Eleusinas y las Saturnalias. ¡Ya basta de intentar controlar lo incontrolable y lo que no tienen derecho a controlar!

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