Rumbo a peor. Hacia un mortal desfiladero

No dejen de leer el artículo El pacifista y la guerra, una reflexión del politólogo José Antonio Crespo sobre el caso Sicilia y la equivocada estrategia contra el crimen del presidente Felipe Calderón. Va un fragmento del texto publicado en El Universal:

En mis años universitarios tuve la fortuna de conocer a Javier Sicilia. Era un joven sencillo, amable, sin espada en la mano ni afán de competir, sino de brindar ayuda y afecto. Convivimos de buena manera con otros amigos. En esos años, varios miembros del grupo iniciaron su búsqueda espiritual; Javier optó —pese a todo— por continuar en la Iglesia católica, pero bajo una óptica algo distinta (más próxima a la palabra y el ejemplo de Jesús). Sicilia se convirtió en uno de los poetas y críticos más lúcidos dentro del catolicismo.

Dejé de frecuentarlo, pero de vez en vez nos hemos topado, siempre con el mismo afecto, admiración y respeto por su verticalidad, afabilidad y cariño. Carlos Castillo Peraza llegó a ver en él a un joven “casi místico”. Ahora le ha tocado sufrir una injusta y absurda tragedia con la ejecución de su hijo, en medio de la tonta estrategia contra los capos, de Felipe Calderón. Razón demás, dirá el gobierno, para intensificar esa guerra. Pero cada vez menos gente piensa así. Es cierto, como dice el convenio para la cobertura mediática de la violencia, que los perpetradores son los criminales, los capos, los sicarios. Pero exigir con marchas o desplegados dirigidos a esos criminales que detengan la violencia no parece muy eficaz (salvo acuerdos de por medio). Tras la condena de cajón a los criminales, procede el debate sobre si la forma en que el Estado enfrenta esa calamidad es la adecuada. Y es que no hay una alternativa para ello, sino varias. Los estudios de Fernando Escalante reflejan con nitidez que los operativos militares están relacionados con el incremento de las muertes, para no hablar de la violación de derechos humanos, lo mismo de sicarios que de inocentes.

De no haber sido el hijo de Javier —Juan Francisco, de 24 años y a quien no conocí, uno de los ejecutados en Morelos— fácilmente pudo habérsele criminalizado, como ocurre en muchos otros casos. La manta justificatoria hablaba de denuncias. Pero se maneja como tesis que los asesinos eran policías que asaltaron a los jóvenes y los amenazaron, queriendo responsabilizar después a los cárteles (cualquiera puede hacerlo ya). Parece mejor replegarse ante la amenaza del crimen organizado y los abusos del crimen oficial (es decir, de policías y autoridades). Estamos indefensos en esta guerra. Ya no hay Estado que proteja, sino que debe uno protegerse del Estado. Y es que las guerras no son de buenos contra malos, sino de malos contra malos. Una vez desatadas las hostilidades, sobreviene la locura de los beligerantes, no hay derecho ni justicia que valgan, se pierde el control de todo y todos. Algo que Calderón nunca ha reconocido, pero es cada vez más evidente. Éste es un nuevo ejemplo de que la premisa de la estrategia no debió ser “para que la droga no llegue a tus hijos”, sino “para que tus hijos no busquen la droga”, pues lo que llega a nuestros hijos no es la droga (si no la buscan), sino metralla de sicarios, policías o militares, levantones, ejecuciones o balas perdidas (aunque no las busquen).

Como pacifista consistente, Javier siempre condenó, no la lucha contra el crimen en sí, sino la estrategia improvisada de Calderón, mal planeada y aplicada, basada en palos de ciego, iniciada con precipitación, que derivó en el desastre actual: “Toda guerra es terrible: muerte, miedo, despojo, odios que se expresan en atrocidades, familias rotas, miseria… vivimos una guerra sin significado que nos tiene en el terror”, escribió Sicilia en noviembre. Ahora, esa guerra sin significado desgarró a su familia, y su alma

Otro texto sobre el tema: La gota de sangre que derramó el vaso, de John M. Ackerman.

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