E.M. Cioran

(En la imagen: Cioran y su esposa Simone Boué)

El crítico literario Juan Malpartida escribe en el ABC un retrato del filósofo Emil Michel Cioran, de quien el próximo 8 de abril se cumplen cien años de su nacimiento. A continuación un fragmento del texto:

El rumano Emil Cioran (Rasinari, 1911-París, 1995) fue uno de los pensadores más personales del siglo XX, en un doble sentido: por un lado, su reflexión va inextricablemente unida a un estilo (una literatura), y, por otro, hizo de su subjetividad su mundo filosófico. Es cierto que dedicó páginas lúcidas y preciosas a Joseph de Maistre y Valéry; dibujó rápidos retratos, siempre al sesgo; llevó a cabo meditaciones penetrantes sobre el tiempo, la Historia y la utopía: todo ello encontrará lectores en nuevas generaciones. Su universo es el de un nostálgico de la mística transformada en un bisturí mortífero. Fue un espíritu negador, del alto estilo, en la mejor tradición maniqueísta de los bogomilos, geográfica y espiritualmente cercana a su vida.
Pensar la nada

Se definía como budista, al menos por un buen tiempo, pero siempre pensaba en el budismo y en el hinduismo en su vertiente negadora y en el hecho de que fueron religiones que pensaron a fondo la nada. No le interesaron los aspectos, notables en su literatura y arte, que exaltan el erotismo y la compasión, aunque él fuera, en cierto sentido, compasivo. Su obra es contradictoria, sobre todo porque expresa las diferencias de una persona, de su mundo subjetivo y heterogéneo, que no necesariamente ha de someterse a la consistencia de la lógica.

Aunque su padre fue pope, Cioranfue siempre ateo, pero obsesionado como pocos por la religiosidad; de hecho, padeció agudas crisis religiosas sin fe. Como Baudelaire, osciló del éxtasis al horror por la vida.
Actor de sí mismo

Tuvo una infancia feliz hasta los diez años; a partir de entonces, el insomnio, esa experiencia de la orfandad y la distancia, lo transformó. Vivió en Rumania hasta 1937, fecha en la que se instaló en París, y donde más tarde adoptaría la lengua francesa. Apasionado lector de filosofía y novela (de esta hasta los cuarenta años, como Josep Pla), de poesía y de memorias, nunca tuvo mucha paciencia con los filósofos jergosos y académicos, y siempre sintió debilidad por la reflexión aliada a lo literario (el primer Pascal, Schopenhauer, Kierkegaard, Nietzsche, Chamfort, Simmel), es decir, pensadores con una fuerte impronta personal; no tanto intelectuales, en los que la gravitación se ha desplazado hacia el mundo, sino aquellos en los que el yo ha predominado, designando con yo a la persona en cuanto que individuo irreductible a otro. Tampoco estuvo cerca de los ilustrados, ni de ningún posibilista

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