Contra la violencia. Dos textos para Javier Sicilia

La Jornada semanal y el blog Nuestra aparente rendición publican, respectivamente, textos de Francisco Segovia y Julián Herbert sobre el caso Javier Sicilia. Les recomiendo leerlos (las ligas abajo). Va un extracto de ambos:

El lunes pasado apareció en Cuernavaca el cadáver de Juan Francisco Sicilia, hijo de Javier. Junto al suyo, otros seis cuerpos. Una nota en la camioneta donde los hallaron amenaza a militares y policías…

Matar civiles para amedrentar soldados es señal de una cobardía histerizada. Pero ¿sólo de los narcos? No. También del gobierno… Manotazos entre dos, que desgarran la piel de todos… Pero uno de esos dos es elección nuestra, y podemos pedirle cuentas… El Estado siempre nos debe cuentas… ¿O no le hemos dado nosotros a él, sólo a él, el uso legítimo de la violencia? ¿Y no se lo hemos dado justo para que evite la violencia? Pero la violencia del Estado ¿es legítima esta vez?… Elecciones fraudulentas, policías plagiarios, políticos corruptos, soldados comprados, jueces del cochupo, periodistas del embute, empresarios coludidos, sindicatos charros, guardias blancas, paidófilos impunes, clero de vista gorda… Una justicia ojo de hormiga… Y ningún poder intacto… El que les dimos alimenta al otro: son el mismo…

Los periódicos llevan cuenta diaria de los muertos. Más que en Irak –dicen–, más que en Afganistán. Muchos más, sin duda, que en Egipto, que en Túnez… Pero el presidente manda más metralla, manda más muertos, mientras se ovilla en su rincón y trata de olvidar… Si tuviera algún carácter (si el país fuera de verdad independiente) legalizaría las drogas… Eso sería tomar partido por los ciudadanos; y los ciudadanos lo apoyaríamos, como apoyamos a Cárdenas cuando expropió el petróleo –contra viento y marea, contra Estados Unidos, contra Inglaterra…

Los ciudadanos no necesitamos armas. No necesitamos estar de parte del gobierno. Los ciudadanos necesitamos que el gobierno esté de nuestra parte. O darnos otro gobierno…

Yo no tengo esperanzas en Calderón (nunca las tuve). Pero soy pesimista, no cínico, y su fracaso no me consuela… Ni triunfando en su guerra podría el Estado consolarnos de la muerte de todos estos muertos. Pero debió evitar la muerte de todos estos muertos. Debió desoír la arenga que los gringos hacen frente a tirios y troyanos al entregarles sus armas: “Para que puedas hundir tu pie en la sangre,/ y en los enemigos tenga su parte la lengua de tus perros.” (Salmo 68)… Calderón tiene el pie hundido en sangre; la lengua de sus perros lame en el suelo el dolor de todos… (Continuar leyendo El Estado nos debe de Francisco Segovia)

Hoy desperté alrededor de las 6:40 am y preparé el desayuno de Leonardo, mi hijo de año y medio. Mónica, mi mujer, se sentó mientras tanto a la computadora para saber por las ediciones electrónicas de la prensa (decimos cada mañana en plan de broma) “si todavía existe México”. La primera noticia que nos topamos masacró cualquier intento nuestro por ironizar o discutir racionalmente el contexto en que vivimos: el asesinato en Cuernavaca de siete personas, entre ellas Juan Francisco Sicilia Ortega, hijo del poeta y periodista Javier Sicilia.

No conozco personalmente a Javier Sicilia: solo a través de sus escritos. Sé que es un poeta, un hombre inteligente, sensible y culto a quien le interesa la política de una manera cordial y humana y que –a diferencia mía– es un creyente. En estos momentos, de ateo a católico, no puedo sino desearle fraternalmente la fuerza necesaria para abrazarse a la roca de su fe.

No conozco personalmente a Javier Sicilia pero la noticia me dejó devastado: como decía Whitman, quien lee un libro está tocando a un hombre. Instintivamente, me sentí jalado hacia mi hijo. No he podido separarme de él el resto del día (ahora mismo escribo, aprisa y mal, con Leonardo sentado en mis rodillas).

Siempre escuchamos este lugar común acerca de quien muere: “era el hijo de alguien”. Nunca como hoy lo entendí. Nunca antes me sentí tan conmovido por la pena de los miles de padres a quienes la violencia exacerbada que se vive en México ha dejado en la orfandad. A su desgracia se une el más perfecto olvido histórico: los deudos no aparecen en ninguna estadística. Me es imposible percibir esto como escritor: solo puedo percibirlo como un hombre con hijos. De ahí que no me importe censurar o corregir este texto: lo hago de un jalón.

Lo que la fallida guerra contra el narcotráfico nos arrebata día a día no son solo vidas humanas: es nuestro sentimiento de futuro. Los más notorios responsables de esta pérdida son, por supuesto, quienes se dedican a la delincuencia organizada. Pero sería inhumano afirmar que ellos son los únicos… (Continuar con la lectura de Un pésame de Julián Herbert)

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