Intelectuales

En su artículo Los intelectuales, los medios y los fines José Fernández Vega, tomando como base el libro de Jacques Rancière Momentos políticos (Capital intelectual, 2010), regresa al tema del intelectual público, esa especie de vejestorio, de estatua del pasado que aún parece encabezar, desde la tumba, Jean-Paul Sartre. En lugar de intelectuales, es decir, de individuos con cierto reconocimiento que intervienen y participan con la palabra en espacios públicos para generar opinión, debatir y defender principios y valores, se diría que hoy predominan los especialistas, los técnicos y los académicos cuyo discurso no pasa, a veces, ni siquiera al cubículo contiguo. Sin embargo, con la proliferación de páginas web, blogs y redes sociales (donde se publican también opiniones políticas), se tiene la impresión de que todos son, o al menos todos pueden, ser intelectuales. La opinión, la crítica y el pensamiento se democratizan; la calidad de éstos es otra historia.

Según Fernández Vega, “Jacques Rancière propone abandonar la noción de intelectual inspirada en la Ilustración y suplantarla por la idea, que algunos considerarán populista, de que cualquiera puede ser un intelectual porque la inteligencia está distribuida igualitariamente. Ante todo, para Rancière, “intelectual” es un adjetivo que se aplica a los actos más que a los individuos; no se trata de una condición personal o de una identidad consolidada propia de unos pocos capaces de señalar el camino a otros muchos.”

Va un fragmento del texto :

Se llama intelectual a quien transfiere la reputación lograda en un dominio particular a un plano universal. El intelectual se autoriza a suspender su actividad específica –la de artista, docente o científico– para intervenir en público y defender principios civiles y cosmovisiones. Como dice Maurice Blanchot, evocando opiniones de Foucault, el intelectual, sobre todo el de izquierda, se considera a sí mismo un poco la conciencia del mundo.

El intelectual formaría parte de una elite democrática afianzada en su saber, pero también apoyada en cierta elevación moral auto-atribuida. Es un elegido y un justo, o quizá ocupa un escalón todavía superior: es el juez de los jueces. Según Blanchot, esta aspiración, más o menos manifiesta, sitúa al intelectual cerca del ridículo. “Intelectual es un nombre de mala fama –escribió Blanchot—, fácil de caricaturizar y siempre listo para ser utilizado como insulto”.

Es probable que el intelectual público se haya vuelto una especie exótica en los últimos tiempos, incluso una en vías de extinción. Sin embargo, al menos en la Argentina, da la sensación de proliferar. Porque hoy en día se puede advertir una notable presencia mediática de los intelectuales: se los entrevista de modo recurrente y les solicitan columnas y opiniones. Daría la impresión que su voz es valorada y requerida por la opinión pública.

Recientes procesos políticos locales han impulsado la creación de distintos foros intelectuales de debate e intervención cuyas declaraciones los medios registran con puntualidad. Tales hechos acaso no sorprendan en otras latitudes, pero durante largo tiempo no fueron tan habituales entre nosotros.

¿Se trata entonces de que la presencia social de los intelectuales, hasta hace poco limitada a una audiencia más o menos restringida, está reconquistando popularidad y relevancia en este país? ¿O más bien debemos entender este fenómeno como mera ansiedad de figuración personal que aprovecha la necesidad periodística de llenar de contenidos unas páginas o unos minutos de televisión? ¿Estamos ante la evidencia de una nueva y creciente politización? ¿Será un síntoma del retorno del compromiso político? Resulta tal vez irónico que esta demanda mediática de intelectuales –que podría o no traducir un interés público más amplio que el del mundillo de editores y productores mediáticos– se verifique en la Argentina cuando la propia figura del intelectual parece opacada en otras partes por la del aplicado profesor o la del especialista en temas puntuales.

Como sea, el intelectual con un perfil autónomo, dependiente sólo de sus lectores, y abocado a observar y sentar opinión crítica acerca de la evolución de los asuntos del mundo, parece un monumento del pasado. Esta figura era menos conocida por la práctica de su disciplina específica que por su pasión por la totalidad. Hoy, en cambio, el intelectual no-académico o no-funcionario se ha vuelto raro. En las revisiones melancólicas del pasado, una y otra vez surge el venerable nombre de Jean-Paul Sartre

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