Las malas compañías en tiempos de Internet

Ahora que muchos se refieren (con valor tardío) al “payaso Gadafi”, al “impresentable tirano de Libia”, habría que recordar que ese mismo dictador era acompañado y recibido por diversas personalidades de la política que hoy se rasgan las vestiduras. Y este recordatorio lo hace con gran inteligencia el escritor Rafael Argullol en su artículo Malas compañías. En otros tiempos, Stalin podía borrar de una fotografía al incómodo Trotski y así acomodar la “realidad” al relato del totalitarismo. Con Internet eso se ha vuelto mucho más complicado (casi imposible), las imágenes abundan y en cuestión de minutos podemos captar, guardar y divulgar penosas fotografías que revelan la hipocresía (siempre pertinente, es decir, política) de nuestros gobernantes y algunos medios de comunicación.

Escribe Argullol:

En los tiempos de Stalin era más fácil: se quitaba a Trotski de la foto y Lenin podía arengar a las masas sin la molesta presencia del traidor. Hasta la caída de la Unión Soviética los rusos no tuvieron idea del engaño al que habían estado sometidos durante décadas, y nunca sospecharon que en la famosa foto estaba el espectro de Trotski, invisible a sus miradas pero bien visible a las de los occidentales que, gracias al trabajo de los historiadores, habían constatado la reaparición del líder bolchevique en la escena original. No era un caso único. Miles de fotos fueron trucadas por el estalinismo en la medida que era necesario eliminar las malas compañías parar purificar la representación. Ahora desaparecía Trotski, ahora Bujarin, y así sucesivamente, hasta adaptar la memoria visual -y por supuesto la escrita- a las purgas. El totalitarismo necesita que la realidad se adapte a su argumento. En Alemania el nazismo actuó de manera semejante y, tras la Noche de los Cuchillos Largos, muchos de los asesinados fueron eliminados de las fotos en las que aparecían en los cortejos de Hitler.

Pero la práctica de la mutilación fotográfica no fue patrimonio exclusivo de los totalitarismos. A veces actuaba en dirección contraria, cuando futuros liberales se esforzaban por borrar las huellas de sus encantadas connivencias con los dictadores. La talentosa Leni Riefenstahl, que, con o sin razón, ha pasado a la historia como “la cineasta de Hitler”, siempre apelaba a las hemerotecas al ser acusada por sus detractores. Quería que los periodistas comprobaran los sorprendentes invitados europeos y americanos que frecuentaban los foros nacionalsocialistas, antes del estallido de la guerra, y que luego, en pleno conflicto, y no digamos después de la caída de Alemania, intentaron hundir en la bruma su participación, a veces, según Riefenstahl, llegando a comprar la desaparición de su imagen por el sencillo procedimiento de destruir los negativos fotográficos o cinematográficos. El método es antiguo: en el Renacimiento algunos condottiere obligaban a repintar los cuadros, con añadido o evaporización de figuras, de acuerdo con sus necesidades políticas, y de la aparición de nuevos amigos y enemigos.

El método es antiguo pero en nuestros días ya no es practicable pues, dejando aparte los archivos tradicionales de fotografía, cine y televisión, Internet ofrece un archivo permanentemente abierto en el que millones de ojos pueden consultar lo que desean sin que se interfiera mediador alguno entre el objeto de su curiosidad y la retina. No hay archiveros, no hay burócratas y, lo que es más revolucionario, no hay censores, salvo en el caso de los apagones generalizados provocados por el Estado, como sucede a menudo en China. Internet es un archivo transparente y casi ilimitado. Eso tiene, desde luego, su lado oscuro, cuando el archivo se convierte en el almacén de la calumnia, de la injuria, de la impunidad. Todos estamos indefensos ante los vertidos tóxicos que el gran archivo puede desparramar sobre nuestro honor o nuestra inocencia. Sin embargo, el aspecto luminoso de la información universal es la destrucción tácita de la censura, y la imposibilidad de que el Calígula de turno lance sus legiones contra el mar y luego diga que todo fue un sueño pérfido de Poseidón. La locura de Calígula queda impregnada en una imagen perenne, que ya no puede ser destruida. Paradójicamente, nuestra época, que practica una suerte de amnesia permanente y es olvidadiza con el pasado, incluso el inmediato, se ha dotado, con el archivo transparente de Internet, de un instrumento de recuperación instantánea de la memoria que no tiene precedentes. En medio de este poder único las imágenes, por supuesto, pueden ser “ensuciadas” injustamente pero no pueden ser “lavadas” arbitrariamente

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