La Muerte de Montaigne

En El Cultural Alberto Ojeda entrevista al escritor Chileno Jorge Edwards por la publicación de su más reciente novela La muerte de Montaigne (Tusquets, 2011), que recrea los últimos días del padre del ensayo. Un fragmento del texto:

Un gibelino para los güelfos y un güelfo para los gibelinos. O lo que es lo mismo: un traidor para todos. Así se sentía Michel de Montaigne en la Francia de la segunda mitad del siglo XVI. Católicos y hugonotes se enfrentaban entre sí envenados por el fanatismo religioso. Desde su torre en el campo, el escritor observaba espantado tanto desafuero. Y cuando salía de su fortaleza era víctima de ambos bandos por su posición equilibrada. Esa independencia es también la virtud que más ensalza Jorge Edwards (Santiago de Chile, 1931) en su última novela, La muerte de Montaigne (Tusquets), un emocionado panegírico dedicado al autor de los Ensayos. “El hombre más libre de su tiempo”, sentencia de entrada. Luego lo piensa de nuevo y reformula la afirmación, para hacerla más grande todavía: “Bueno, de todos los tiempos”.

Montaigne fue desvalijado en un viaje a París por protestantes radicales. El ataque era una represalia contra los católicos, que antes habían asaltado a los hugonotes en ese mismo camino. No acabaron ahí los sobresaltos. Cuando llegó a la capital, acabó, a empujones, encerrado en la Bastilla. La reclusión, esta vez, era la venganza que se cobraba la Liga católica por el encierro de uno de sus líderes en provincias. Al pobre Montaigne le caían golpes desde las dos trincheras. Una circunstancia que ayudó a consolidar su pacifismo, que al final logró imponer gracias a su influencia en las altas esferas: “El rey Enrique IV, discípulo suyo, fue el que promulgó el Edicto de Nantes, que estableció la libertad religiosa en Francia y acabó así con las matanzas”.

El autor francés fue una especie de ilustrado con dos siglos de antelación a la llegada de la Ilustración. “Un precedente de Diderot, D´Alembert y compañía”, precisa Edwards. También fue una precursora su fille d’adoption, Marie de Gournay. Una adelantada, en su caso, en las reivindicaciones feministas, que luego fueron defendidas por George Sand, Colette y Simone de Beauvoir. Montaigne y Marie de Gournay se conocieron en 1588. Él tenía 55 años y ella 23. Gournay admiraba tanto al ensayista que le escribió una carta en la que le proponía una cita. Montaigne recogió el guante, a pesar de estar “bien casado”. Los dos acabaron enamoradísimos. El impacto de esta relación en el viejo Montaigne es lo que intenta desentrañar Edwards en la novela. Es “historia conjetural” la que escribe, a partir de la lectura exhaustiva de los escritos de ambos, pero también se deja llevar por intuiciones y suposiciones, más o menos fundadas

Los primeros párrafos de La muerte de Montaigne pueden seguirse aquí. Y otra entrevista se publicó en la Revista de Libros de El Mercurio.

 

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