Robar libros

Por alguna desconocida razón pienso que todos los que amamos los libros hemos incurrido, en una o en varias ocasiones, en el robo de los mismos. Ya sea de una librería, una biblioteca, una hemeroteca, la casa de algún amigo o una oficina, los hemos sacado sin permiso. En realidad los hemos hurtado siempre con la misma justificación: estarán mejor con nosotros. Y las novias, en asociación delictuosa, nos han apoyado en todo momento, ocultando los libros apropiados indebidamente en sus abrigos, faldas, bolsas, etc. Cuando se tiene una biblioteca en casa es un peligro invitar a amigos lectores. Lo primero que harán es husmear entre nuestros libros. Te pedirán permiso para pasar al servicio pero se desviarán, subrepticiamente, hacia la biblioteca. Mientras tú los esperas distraído en la terraza, llevarán a cabo sus fechorías, no pueden evitarlo. Al momento de la despedida, habrá que revisarlos con descortesía policiaca. Y habrá sorpresas.

En su columna de El Universal el escritor mazatleco, Juan José Rodríguez, se pregunta cuándo el acto de robar libros pasó a ser una gracia justificada por la carencia económica o por la importancia misma de los objetos:

Hace tiempo, en un encuentro de escritores al que asistí, donde había presencia autores de procedencia internacional, nos pusimos a platicar en el marco de una cena sobre nuestras respectivas odiseas en el peculiar asunto del hurto de libros.

Aquí sobraron comentarios que iban desde el caso del libro que uno “olvida” devolver; aquel que se “incauta” en acto de justicia por otro que no se retribuyó; o, de plano, la osada tarea de “escondérselo” en el ombligo en una atestada librería.

Todo comenzó cuando, al preguntarle alguien a un destacado poeta mexicano de dónde provenía su gusto y conocimiento por la poesía inglesa, nos contó que el primer libro que se había birlado en su vida era un antología de John Donne, Keats y Coleridge , y que esa hazaña le impulsó después a conseguir la colección completa.

Debo confesar que, al final de la charla, los mexicanos que habíamos iniciado y animado el debate descubrimos que los demás autores, sudamericanos y españoles, habían permanecido callados y expectantes.

Al final, y en otra sesión de charla informal, un poeta chileno me confesó que al principio pensaron que era una broma ficcionada entre todos y después, al darse cuenta de que en realidad era un involuntario alarde de cinismo, ya no supieron que opinar.

Al parecer, nadie de ellos se había robado un libro en su vida o cualquier otra cosa. Casi todos eran académicos y uno de ellos tenía antecedentes en la minería peruana, como César Vallejo. Que el objeto en cuestión fuese un libro no les parecía motivo para justificar un delito; igual o más terrible si se le aplicaba a quien nos había dado la confianza de prestarlo. Pero estaban tan desconcertados que tampoco asumieron un papel moralista; simplemente expresaron su perplejidad, luego casi de exigírsela. Me quedé reflexionando largo rato sobre el significado de esto.

¿En qué momento, para muchos de nosotros, robarse un libro se convirtió en una gracia justificada por las circunstancias o el hecho mismo? Hay estudiantes que por carencia han osado a dar ese paso, impulsados por el ejemplo de sus compañeros. Una vez, Gabriel Zaid rescató un cuento breve que leyó en una revista marginal sobre un estudiante de derecho que robaba libros, pero que luego iba a devolverlos cuando los desocupaba y que, al ser sorprendido al devolver por cuarta vez un código civil, huye y muere del disparo de un policía que piensa que es otro tipo de delincuente en fuga

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