Las confesiones de Joumana

El Cultural publica las primeras páginas del ensayo autobiográfico Yo maté a Sherezade, de la escritora libanesa Joumana Haddad, quien defiende la idea de que el feminismo puede florecer en oriente al igual que ha ocurrido en occidente; y combate la imagen de que las mujeres árabes son sumisas. Dice Joumana:

Precoz, no jugaba a las muñecas (despreciaba en general los juego de niñas, en especial la muñeca Barbie y sus accesorios) y prefería dedicarme a robar libros sesudos no apropiados para mi edad y a devorarlos en secreto.

Leer me gustaba por diversos motivos: leía para respirar; leía para vivir (mi vida y la de otros); leía para viajar a otros lugares; leía para escapar de la realidad brutal; leía para silenciar las explosiones de la guerra del Líbano; leía para no oír los gritos de mis padres, ni sus discusiones y sufrimientos diarios; leía para satisfacer mi avidez; leía para hacer acopio de fuerzas; leía para acariciar mi alma; leía para abofetear mi alma; leía para aprender; leía para olvidar; leía para recordar; leía para entender; leía para esperar; leía para planear; leía para creer; leía para amar, y leía para desear y anhelar y ansiar…

Y leía, sobre todo, para cumplir la promesa que me hice a mí misma de que un día mi vida sería diferente. Una promesa que me esforcé, y todavía me esfuerzo, en cumplir, en honor a aquella Joumana pequeña, indefensa y atrapada que, entre las explosiones de los combates de las milicias en la calle y los gritos de sus padres en casa, acostumbraba a evadirse en sus sueños desde uno de los mugrientos refugios de Beirut…

No recuerdo cuál fue el primer libro que leí. A menudo se lo pregunto a mi padre, pues mi pasión por la lectura la heredé de él y él era mi principal “proveedor”, pero tampoco lo sabe. En todo caso, sí me acuerdo vívidamente de mí misma de niña, con nueve o diez años tal vez, sentada a la mesa de la cocina de nuestra pequeña casa, leyendo y leyendo y luego escribiendo sin descanso historias como las que acababa de leer (a menudo a la luz de las velas a causa de los frecuentes cortes del suministro eléctrico durante la guerra). Mi apodo en casa era “escritora pasha”, porque escribía hasta que se me hinchaba el dedo corazón (esto era antes de la época de los ordenadores).

Descubrí (¿o tal vez debería decir que me descubrió él?) al marqués de Sade cuando apenas tenía doce años de edad. Las estanterías de la librería de mi padre, con todos sus deliciosos placeres, permanecieron abiertas para mí durante todas las vacaciones de verano. Podía sacar de ahí cuanto me viniera en gana, con una libertad absoluta y sin consecuencia alguna, debido fundamentalmente a que durante el día él no estaba en casa, y también a la confianza -inmerecida- que él depositaba en mí. Mis rasgos inocentes, en vivo contraste antagónico con los granujillas que ocupaban mi cabeza, eran el mejor camuflaje para ocultar la locura, la ansiedad y el delirio que habitaban mi pequeña mente. ¿De verdad mi padre, con su inteligencia tan perspicaz, se dejó engañar, o es que tal vez necesitaba, como cualquier padre tradicional, la mentira de esa farsa? La verdad es que no lo sé. En todo caso, es cierto que, incluso hoy en día, mis rasgos “tranquilos” siguen llevando a error a muchas personas acerca de mi carácter y mis pensamientos verdaderos, de tal modo que se forman juicios basados en mi apariencia (“¡Oh! ¡Es una chica tan dulce!”) y así caen en la “trampa”, en mi trampa (“¡Que Dios nos asista, es la encarnación del mal!”).

Y a mí esta farsa involuntaria no me importa. Para nada

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2 Responses to Las confesiones de Joumana

  1. Sin Ma says:

    Irad: Son las primeras páginas de su ensayo, y me encantó!
    Quisiera leerlo todo. Me quedé atrapada en esas páginas.
    Qué paso?

    Leer para aprender, leer para olvidar…

    Te mando un abrazo!

  2. Irad says:

    Sin Ma:

    Me encantó el tono tan personal, autobiográfico, que utiliza Joumana en este ensayo para hablar de sus lecturas; me identifiqué mucho. Este libro espero que sí llegue pronto a las librerías.

    Saludos y otro abrazo!

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