Los escritores y el tiempo

En la Revista de Libros de El Mercurio Roberto Merino reflexiona sobre uno de los bienes más caros para un escritor: el tiempo. El escritor lleva una doble vida: trabaja de día para subsistir, se distrae y se agota en asuntos que no le interesan; el tiempo restante intenta escribir. En Los escritores y la plata dice Merino:

Cuando en 1922, Ezra Pound organizó la colecta Bel Esprit -destinada a conseguir dinero para que T.S. Eliot pudiera renunciar a su trabajo en el banco Lloyds-, lo hizo en el entendido de que “el capital de un escritor es el tiempo”. El hecho de que Eliot haya aceptado el donativo sin abandonar su puesto en el banco, es a estas alturas sólo una anécdota, pero la observación de Pound no ha perdido su pertinencia.

En la vida de todos, llega un momento en que el tiempo se convierte en un bien de difícil acceso, traducido siempre -como señala el proverbio inglés- en dinero. En su gran mayoría, los escritores de los que tengo noticia han debido, en este sentido, hacer un doble trabajo: el que les proporciona la base de su subsistencia y el que les demandan sus proyectos literarios. Hace poco me hablaba un amigo novelista, talentoso e impetuoso en lo suyo, y por primera vez en muchos años lo noté cansado de su vida doble, acogotado con la obligación de ocupar el tiempo libre no en el esparcimiento sino en sus escritos pendientes, con el agravante de que además debía -y quería- compartirlo con su familia.

A ningún escritor puede exigírsele un comportamiento equivalente al de un monje de claustro, digamos, que dedique enteramente su tiempo a la literatura reduciendo para ello drásticamente sus necesidades y abandonando la perspectiva de una vida normal. Es un alivio saber que las personas consagradas a la literatura hacen lo mismo que todos: pololear, casarse, engendrar, tomar alcohol, decir garabatos, odiar, amar, dudar, todo esto como parte de un interminable paradigma. La gente que abandona el mundo con cualquier propósito superior da un poco de susto, de ahí que Borges haya execrado de los famosos versos de la vida retirada de Fray Luis. Muchos argumentos se dan para celebrar a aquellos -filósofos, sabios, místicos- que han rehuido la contaminación de la compañía humana, pero detrás de todos ellos resplandece en todos los casos uno muy notorio: la soberbia

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