Eduardo A. Parra

Un cuento de Eduardo Antonio Parra en nexos:

Nadie

Los pies en movimiento: un paso, otro, luego otro más. La vista inmóvil en los bloques de la banqueta. Las manos aferradas al carrito del súper donde lleva sus pertenencias: un jorongo, un plato y una cuchara de peltre, dos cobijas deshilachadas, un vaso de plástico, la foto de una mujer y un niño decolorada por el sol, un suéter, una bolsa de papel con colillas y tres cigarros enteros, unos tenis casi nuevos, una botella con restos de alcohol, cartones y cajas vacías. Su vida: la que le queda. Empuja. Sigue avanzando sin ver los rostros de quienes vienen en sentido inverso. No veo. Nunca me fijo. No he visto nada, mi jefe, se lo juro. Por esta. Ni siquiera miro las casas o los edificios, nomás los letreros de las calles para saber por dónde ando. Camina sin escuchar el rugido de los motores, ni el estruendo de claxonazos que se anuda en torno a la glorieta, ni las voces, ni los rechinidos de llanta. No soy nadie. No. Tampoco oí nada. Nunca oigo nada. Estaba chachalaco, usted sabe. Sin notar el olor de las fritangas que sin embargo algo le alborota allá abajo, en el fondo del estómago. Sin sentir la lluvia, el calor o el frío mientras avanza. Sólo camina midiendo la banqueta a través de la cuadrícula de alambrón del carrito, sorteando con las ruedas bordos y baches. Como todos los días durante todo el día.

Sí, camina sin oír, sin ver. Siempre igual. Desde que llegan los vigilantes uniformados de gris de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes y abren el portón de los estacionamientos, antes de apostarse tras los cristales de la cabina. Si le toca el turno de día al viejo de bigote blanco, le pica las costillas con el garrote ese que trae colgando de la cintura. Pero si es el gordo de la cara colorada, le da un puntapié en las costillas, suave, sin intención de hacer daño.
—Ora, pinche Vikingo. Ya amaneció. Ahuécale.

Y él, aún entre sueños, se pregunta quién será ese Vikingo al que se refieren, hasta que, en medio de los retortijones, los calambres y las brumas de la mente le llega la imagen lejana de una cabellera y una barba hirsutas de color rojo apagado que recuerda haber visto en algún espejo o en el reflejo de un aparador. El Vikingo soy yo. Pero antes no. Antes no tenía barba. Pos sí: el Vikingo. Nadie. Y con torpeza hace el esfuerzo de ponerse de pie mientras su lengua entumecida logra desprenderse del paladar para pedir una, dos, mil disculpas.
—Perdone, mi jefe, no lo oí llegar. Le juro…
—No me jures nada. Mira nomás qué puerco andas hoy. Seguro rompiste una botella y te cortaste, pendejo. ¿No?
—Yo no soy nadie. No. No oí nada.
—Mira, agarra tu carro y lárgate. No tarda en venir la gente a trabajar. Si te llega a ver algún director o el señor secretario capaz que me corren a mí también por dejar dormir en el portón a huevones como tú.

Por eso desde muy temprano comienza a mover los pies y a empujar su carrito. Primero despacio, tratando de ignorar la hinchazón de las articulaciones, los violentos latidos de las sienes, el asco. Cruza la avenida indiferente a los frenazos y las mentadas de madre de los automovilistas que se dirigen al Eje Central, y aspirando el esmog matutino aborda la glorieta donde pasea su humanidad entre oficinistas apresurados, ancianas que regresan de la misa de ocho en la iglesia de Romero de Terreros y hombres y mujeres con ropa deportiva que no tuvieron tiempo de ir a trotar hasta el Parque de los Venados

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