Sobre la inteligencia

Reconozco que soy experto en hacer y decir cosas equivocadas; también en acumular experiencias y emociones poco inteligentes (reacciono mal aquí y allá, contesto tal cosa cuando se supone que debería responder otra). Quizá por eso me he negado siempre a los tests de inteligencia, sé de antemano el resultado: reprobaría ese laberinto de ejercicios lógicos. Eso que las pruebas de inteligencia llaman inteligencia –como si fuera una y, además, medible en grupos o individualmente— no parece llevarse bien conmigo. Lo cual no significa que no tenga algún grado de inteligencia (claro: con mis momentos, muchos, tontos). Pero ¿qué es o en dónde está la inteligencia?

Gabriel Zaid, en el ensayo Grados de inteligencia, publicado este mes en Letras Libres, sostiene que “la inteligencia es externa, circunstancial, depende del acomodo de las distintas partes que se encuentran, y por eso varía según las circunstancias. Esta en la zona de un encuentro feliz (o infeliz) con la realidad que se presenta (como invitación, como problema o como simple realidad) a solas o en diálogo”. Todo esto no quiere decir, según el escritor, que no podamos llamar inteligentes a las personas cuyas soluciones suelen ser inteligentes; sin embargo, no es garantía de que su próximo paso o solución sea una tontería.

Con su prosa nítida Zaid argumenta:

Toda persona inteligente tiene sus lados y momentos tontos. A pesar de lo cual, se cree que la inteligencia es una característica general, permanente y medible.

Francis Galton (1822-1911), pariente y seguidor de Charles Darwin, llevó el estudio de la evolución a temas inexplorados, con métodos nuevos y una voluntad científica rara: mejorar la especie humana, como se mejoran las especies vegetales y animales. Desarrolló conceptos que todavía se usan: la correlación y regresión estadísticas, el distingo nature versus nurture (características innatas frente a las adquiribles), comparaciones diacrónicas (generaciones sucesivas de personas geniales) y sincrónicas (estudio de gemelos). Con él nacieron la eugenesia (cuyo nombre inventó) y la psicometría.

Estaba convencido de que la inteligencia depende sobre todo de la herencia: la buena cepa familiar; y de que era científico fomentar los cruces matrimoniales adecuados para una prole superior. Esta idea grotesca, ridiculizada por Aldous Huxley en Un mundo feliz (1932), inspiró a los nazis y, todavía en 1980, a los creadores de un banco de semen de genios (véase en Google: Nobel Prize Sperm Bank).

En 1869 publicó Hereditary genius: An inquiry into its laws and consequences (puede leerse en http://galton.org). A partir de listas de personas eminentes, de investigaciones genealógicas y estimaciones demográficas; a partir de la distribución estadística de calificaciones escolares en la Universidad de Cambridge y del cálculo de probabilidades; a partir de observaciones sobre la cría de peces y sobre experimentos sociales involuntarios, como la llegada de hugonotes franceses a refugiarse en Inglaterra (que tuvieron hijos eminentes); construyó hipótesis y compiló estadísticas que le parecieron confirmatorias. Desgraciadamente, no midió la cantidad de tontos y tarados que hay en las familias ilustres.

La hipótesis de Galton le dio un aire científico al dicho medieval: Quod natura non dat, Salmantica non praestat. Un tonto con doctorado sigue siendo tonto, aunque se haya graduado en la Universidad de Salamanca. Lo cual implica que nature pesa más que nurture. En esta dirección, Richard J. Herrnstein y Charles Murray armaron un escándalo en 1994 con The bell curve: Intelligence and class structure in American life. Creyeron descubrir que los negros tienen una posición inferior porque su inteligencia es inferior. Stephen Jay Gould publicó una diatriba (The mismeasure of man) contra el uso de mediciones científicas para justificar prejuicios.

Alfred Binet (1857-1911) no fue tan determinista (aunque empezó midiendo cráneos). Creía que la inteligencia mejora con la educación. Para identificar y ayudar a los niños atrasados, inventó una prueba de inteligencia (no de conocimientos escolares) que dio origen a las pruebas actuales. Era una serie de preguntas que pueden verse en La mesure de développement de l’intelligence chez les jeunes enfants. Por ejemplo: Mostrar un grabado y preguntar al niño qué ve. Según Binet, los niños de tres años responden con una simple enumeración (hay dos personas, una mesa, un gato); los de siete añaden detalles descriptivos (de las personas, la mesa, el gato); los de quince interpretan la escena (están esperando que les sirvan). Otro ejemplo: Comparar de memoria cosas que no están a la vista. ¿Conoces las mariposas? ¿Conoces las moscas? ¿Se parecen? Otro: Te voy a leer frases que están mal y me explicas por qué. Tengo tres hermanos: Pablo, Ernesto y yo.

Si esto recuerda las etapas cognitivas señaladas por Jean Piaget no es casualidad, porque el joven Piaget fue ayudante de Théodore Simon, ayudante de Binet. Los tres se interesaron en la inteligencia infantil, y estuvieron de acuerdo en que se desarrolla con la educación (escolar o no). Lo cual implica nurture más que nature

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