La fuerza política de las redes sociales

El 17 de enero de 2001, durante el juicio político contra el entonces presidente de Filipinas Joseph Estrada, los legisladores que simpatizaban con él decidieron hacer a un lado la evidencia clave que probaba la escandalosa corrupción de su gobierno. Anunciada esta decisión, miles de filipinos enfurecidos tomaron, en menos de 2 horas, la avenida principal Epifanio de los Santos, provocando, entre otras cosas, caos vial, la reincorporación de la evidencia en el juicio y la caída del gobernante. ¿Cómo lograron coordinarse? A través del envío y reenvío de mensajes de texto por celular (7 millones en una semana). En España, en 2004, las protestas organizadas por el envío de mensajes lograron desmentir las acusaciones que el Primer Ministro José María Aznar hizo en contra de los separatistas vascos atribuyéndoles actos terroristas en una estación de trenes de Madrid. En Moldavia el Partido Comunista perdió el poder en 2009 cuando, ante una elección fraudulenta, se desataron protestas masivas convocadas por mensajes de texto, Facebook y Twitter. En Bielorrusia (2006), Irán (2009) y Tailandia (2010) –aunque no con el mismo éxito, porque se impuso la represión— se utilizaron también estas herramientas tecnológicas para practicar el activismo político (Clay Shirky, “The political power of social media”, Foreign Affairs, enero-febrero 2011).

En las últimas semanas diversas revueltas populares, lideradas por jóvenes, agitaron (y lo siguen haciendo) algunos países del medio oriente, derrocando o poniendo en crisis a vetustos regímenes autoritarios. Se ha dicho y escrito que en esa región las redes sociales, sobre todo Facebook y Twitter, jugaron un papel central en los levantamientos, sirviendo como vías alternativas de comunicación y movilización. Lo cual no puede negarse. Pero llamar Revolución Twitter o Revolución Facebook a movimientos sociales y políticos complejos como los ocurridos en medio oriente parece reduccionista y frívolo.

En un largo ensayo publicado en la revista The New Yorker (“Small change”, 4 de octubre de 2010) el periodista Malcolm Gladwell opuso un escepticismo crítico frente al entusiasmo de quienes predican la fuerza política de las redes sociales. A partir de un breve recuento del origen y desarrollo del Movimiento por los Derechos Civiles en Estados Unidos, en la década de los 60’s, Gladwell concluye que el activismo político de alto riesgo –aquel que enfrenta gobiernos o estructuras de poder, que es perseguido y amedrentado por matones y policías del régimen, que desafía el statu quo— sólo puede originarse en el seno de grupos con fuertes vínculos personales. Encarar a un gobierno, con múltiples brazos de poder, requiere de organización y disciplina, además de valor. Arriesgarse a padecer la persecución, la marginación, la cárcel o la muerte “no es para los ánimos vacilantes”. El activismo político en situaciones de peligro se explica por un gran malestar social y se alimenta de un compromiso serio, leal, que difícilmente surge entre desconocidos, sin mayores conexiones o identificaciones políticas.

El tipo de activismo de las redes sociales, dice Gladwell, se sustenta en lazos débiles, informales, en “causas” que demandan compromisos de muy bajo riesgo. Podemos donar algunos centavos a la Save Darfur Coalition y hacernos sus “amigos”, incluso llegar a miles, ¡y todo sin mayor compromiso! “Twitter es una forma de seguir a (o de ser seguido por) gente que tal vez nunca hayas visto. Facebook es una herramienta para administrar a tus conocidos, para mantenerte al día con gente con la que de otra manera no estarías en contacto”. Internet puede servir para muchas cosas, pero es raro que conduzca a una participación política que conlleve riesgos de verdad.

Las redes son elásticas, plurales, horizontales y eficaces para circunstancias de bajo riesgo, en las que todos colaboran, todos y ninguno manda. En cambio, los “boicots, sentadas y enfrentamientos no violentos –las armas que escogió el Movimiento por los Derechos Civiles— son estrategias de alto riesgo” que necesitaron de mucho trabajo, organización política y disciplina jerárquica. Manifestaciones aparentemente espontáneas como las que provocaron la caída del Muro de Berlín, fueron precedidas y apuntaladas por grupos de amigos (“amigos críticos”) con fuertes lazos personales, que se conocían y compartían, ante todo, una postura crítica ante el régimen.

Como se ha visto recientemente en las insurrecciones del mundo árabe, para que el activismo político sea efectivo debe trascender la virtualidad y tomar las calles, las plazas, pasar de las declaraciones tuiteras a las acciones directas. Con el combustible de una arraigada inconformidad social, las redes ayudaron a movilizar y a contagiar el entusiasmo libertario, pero no a organizar políticamente a la sociedad. Para eso están las organizaciones políticas tradicionales, en particular los partidos políticos, no Facebook ni Twitter.

Con todo, creo que Gladwell subestima el vigor político de las redes sociales como plataformas de participación horizontal que pueden seleccionar, ordenar y divulgar la información pública, más allá de su cotidiana banalidad (que tampoco puede ocultarse). Las redes, en tanto espacios de comunicación en los que puede gestarse, si se quiere, una opinión pública crítica, disidente, pueden constituir una nueva esfera pública, alternativa a un poder cerrado y despótico. Y esto, para el futuro de la democracia, ya es mucho, aunque no suficiente.

“Access to information is far less important, politically, than access to conversation” (Clay Shirky).

Una versión más breve puede leerse aquí.

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