127 horas

En Letras Libres Fernanda Solórzano escribe una muy buena reseña sobre la película 127 horas (GB-EU, 2010) de Danny Boyle. El texto:

En las primeras secuencias de 127 horas se ven imágenes de multitudes en situaciones distintas, pero todas en estado de euforia: haciendo la ola en un estadio, en el piso de remates de una bolsa de valores, corriendo delante de un toro durante la Pamplonada. Luego una sola imagen: en un departamento en penumbras, un hombre se prepara para algo. Guarda cosas en un backpack, saca del refrigerador varias botellas de Gatorade y escucha los mensajes almacenados en su contestadora: amigos y familia que le recuerdan compromisos y piden que les llame cuando tenga un minuto libre. Por lo visto, no será ese día. El hombre sale con prisa, se trepa a su auto y maneja visiblemente emocionado. En algún punto, grita. “¡La noche, la música, y yo!” Como fondo, desde el primer cuadro, se escucha una canción techno en la que irrumpen tambores tribales. La letra se traduciría más o menos así: “Debe haber un químico en el cerebro que nos distingue de los animales pero nos hace a todos iguales. Úsalo si te anestesia, úsalo para venirte, úsalo si te ayuda a ser prefecto en algo.”

Visto de cierta manera, no es otra cosa que una introducción con punch que habrá de perder importancia una vez que se narre el drama que se aproxima: la caída dentro de un surco de un escalador de montañas, cuyo brazo queda atrapado entre el muro y una roca enorme. Si se mira desde otro punto, es la presentación del protagonista según Danny Boyle –el director inglés conocido por retomar temas oscuros y presentarlos bajo una luz brillante. En el mejor ejemplo de ello, su controvertida Trainspotting (1996), el junkie protagonista, Renton, hace una descripción memorable de un golpe de heroína: “Piensa en el mejor orgasmo que has tenido, multiplícalo por mil, y sigues lejos de imaginar qué se siente.” Primo muy lejano de Renton –pero, al final, emparentado–, Aron es también adicto al vértigo y establece sus prioridades alrededor de él. En las películas que protagonizan, esta adicción no es objeto de un juicio de valor.

En 127 horas, Boyle hace un primer retrato de Aron no a partir de su biografía sino con flashes de su temperamento. Sin embargo, llegado el momento, establece la premisa con la gravedad que le corresponde: al resbalar en el surco, el peso de su cuerpo (potenciado por la caída) hizo que los bloques de piedra tuvieran sobre su brazo el efecto de una aplanadora. Sus huesos, cartílagos y venas quedaron atascados en un espacio por el que no pasaría una hoja de papel. Tras cinco días de inmovilidad y desgaste, el personaje debe elegir entre seguir acompañando a su brazo o separarse de él. Habiendo comprobado que su única “herramienta” –una navajita suiza– no servía para cincelar piedra, el personaje la usa para hacerse una amputación.

Decir esto no es “contar el final”. La anécdota espeluznante que recrea 127 horas le sucedió a Aron Ralston, un ingeniero mecánico, en mayo de 2003. Ralston sobrevivió a la tragedia, y la contó en el libro Between a rock and a hard place. Fue nombrado “Persona del año” por las revistas GQ y Vanity Fair, y ha sido invitado a los talk shows más populares de Estados Unidos. O sea, es considerado un héroe nacional.

Gracias a la mirada de Boyle, el Ralston interpretado por James Franco es más interesante que un héroe. La película subvierte las reglas del subgénero “relatos de supervivencia”, estancado en el realismo más plano y que no pasa de ser gore y sentimental a la vez. La historia de Ralston es brutal pero, irónicamente, poco “atractiva” para un cine que narra historias brutales solo si son dinámicas. Entre la caída en el surco y la amputación del brazo de Ralston no habría, por así decirlo, mucho campo de acción…

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