40 días con un Kindle

Contrario a lo que sostuvo Andrés Hax en Revista Ñ, en el sentido de que un libro electrónico es un “anti-libro”, Ramón González Ferriz nos cuenta su experiencia lectora luego de recibir, en diciembre del año pasado, un Kindle de Amazon: “leer un libro electrónico es nada más y nada menos que leer un libro”. Según el autor del texto, cuya cultura proviene de la imprenta, al notar que la tecnología del libro electrónico es muy superior a la del libro de papel, respecto a la “experiencia de usuario”, se quedó estupefacto. ¿Por qué volver al libro de papel si se cuenta con esta maravilla?

Cuarenta días con un Kindle comienza así:

1.
Nos hemos acostumbrado a vivir con los libros como si fueran un artefacto sencillo. Están en todas partes, son baratos, incluso de préstamo gratuito, pero su elaboración es increíblemente costosa en talento, tiempo y dinero. No basta con que alguien tenga buena prosa, capacidad narrativa y perspicacia intelectual; aun en ese caso infrecuente, para llegar al lector en condiciones necesita editores, correctores, diseñadores, ordenadores, imprentas, camiones, locales comerciales. Pero como nos hemos acostumbrado a los libros –como a tener luz en la noche accionando un interruptor o a mantener la carne en casa a cuatro grados centígrados– nos hemos olvidado de que son tecnología, la combinación de una serie de procesos –algunos altamente especializados, otros de bajo valor– que tienen lugar entre el escritor y el lector.
2.
Tenemos una tecnología nueva –no tan nueva, pero ahora sí incipientemente popular–, la del libro electrónico. A mi modo de ver, la anterior, la del libro de papel, no está obsoleta. Pese a sus grandes fricciones económicas –impresión y gastos de transporte de ejemplares nunca vendidos, injusta distribución de costes y beneficios– funciona razonablemente. La industria editorial en español, sin ir más lejos, es buena: naturalmente, tiene unas fricciones añadidas porque opera en países de muy distinto nivel económico y, por lo general, con bajos índices de lectura, pero si uno entra en cualquiera de nuestras librerías percibe enseguida que la cosa marcha, y que pese a todo la industria está sabiendo hacer rentable un mercado relativamente pequeño. ¿Podrá esta industria salir indemne de la nueva tecnología del libro electrónico? Creo que no. Habrá sangre, mucha sangre.
3.
Recibí mi lector de libros electrónicos, un Kindle de Amazon, a mediados de diciembre del año pasado. Al cabo de unas pocas horas de usarlo ya me había dado cuenta de algo: para mi sorpresa, el acto de leer en él es increíblemente parecido, física y mentalmente, a leer un libro de papel: la inclinación de la cabeza, el movimiento de los ojos, los gestos de las manos para sostenerlo y pasar página, la postura del tronco y las piernas; el tipo de concentración: todo es muy, muy parecido a leer un libro encuadernado. Leer un periódico en papel y hacerlo en una pantalla –de ordenador, de teléfono o de tableta– requiere dos formas de lectura distintas: la pantalla emite luz mientras que el papel solo la refleja; el diseño de los contenidos tiene muy poco que ver en un caso y otro; en la pantalla hay links, noticias urgentes y jerarquías cambiantes, y el papel es estático; la postura corporal es distinta (en menor grado en el caso de las tabletas). Leer un libro electrónico en un lector de libros electrónicos es nada más y nada menos que leer un libro. En la cama con una lámpara, en la calle con el sol, en el tren con fluorescentes.
4.
La cultura es tecnología. Y descubrir –en solo unas horas, pero he ratificado esa sensación en los cuarenta días siguientes– que la tecnología del libro electrónico es muy superior, no ya en complejidad, sino en lo que ahora llamamos experiencia de usuario, a la del libro de papel, me dejó estupefacto. No creía que fuera a suceder. Mi cultura es exactamente el fruto de la imprenta; esto es, la circulación de libros y prensa. La Ilustración, la libertad de pensamiento, el laicismo y la democracia –nuestra civilización– son inventos del papel impreso. Mi casa y mi oficina están llenas de papel impreso. No creo haber pasado un día en los últimos veinte años sin tener en las manos un papel impreso y toda mi vida laboral ha consistido en preparar cosas para que se impriman en papel. Mi cerebro consiste, básicamente, en resmas y resmas de papel impreso. Naturalmente, desde que hace diez años descubrí internet, y desde que hace tres llevo en el bolsillo un teléfono con acceso a la red, las cosas han cambiado mucho para la cultura y para mí. Pero los libros seguían igual. No será así a partir de ahora. No veo por qué –siempre y cuando el mercado me lo permita– debería volver a leer un libro en papel. No crean que estoy entusiasmado con la idea

About Irad Nieto

About me?
This entry was posted in Ensayo, Libros, Revistas culturales, Tecnologías. Bookmark the permalink.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s