Sistema penal en ruinas

No dejen de leer la detallada crónica escrita por Héctor de Mauleón, publicada en la revista nexos en su edición de marzo, en la que nos cuenta la atroz historia que dio origen al documental Presunto culpable, un aberrante retrato del sistema penal mexicano. Un fragmento de la narración:

Uno
Despierto, diez de la mañana, voy a desayunar con una amiga a un mercado que está cerca de mi casa. Cruzo la calle y de pronto escucho que se derrapa un carro tras de mí. Me toman por la espalda, son dos personas. Me dicen: “Súbete, cabrón”. Mientras me van jalando, me atrevo a preguntarles: “¿Por qué?”. Sólo escucho: “Que te subas”.

Dentro del automóvil me ponen la cabeza entre las piernas. Del lado derecho hay un chavo, tenis rotos, sucios, pantalón de mezclilla roto. Pienso que me están secuestrando, pero cuando me ponen las esposas me doy cuenta de que son policías. El coche arranca. Trato de contar las vueltas, de fijarme hacia dónde me llevan, pero no se puede, no es como en las películas.

El coche se detiene en un lugar, me bajan, me ponen la playera en la cabeza y me meten por unos pasillos. Alcanzo a ver paredes y losetas. Pienso: “Estoy en un edificio”. Uno de los policías me pone con la nariz pegada a la pared. “No voltees güey, o te vamos a dar una madriza”. Las esposas me lastiman, me quedo ahí tanto tiempo que estoy a punto de dormirme de cansancio. De pronto, una persona se sienta tras de mí. “¿Qué pasa?”, le pregunto. Me dice: “Yo no sé. A mí nada más me dijeron que te trajera”. Le digo: “Perdóneme, pero se está equivocando. Yo no sé por qué me trajeron, pero estoy seguro de que están equivocados”.

Llega otra persona, me voltea. “A ver, ahora sí, ¿dónde está la pistola?, ¿dónde están los otros?”. Recibo unos manotazos, golpes en el pecho con el reverso de la mano. Estoy temblando. Con el hilo de voz que puedo juntar, le digo: “¿Cuál pistola, cuáles otros? No entiendo de qué me está hablando?”.
“No te hagas güey, cabrón, ¿dónde están los otros?”.

El hombre hace varias veces la misma pregunta. La boca huele a perros. Me grita frente a la cara. “¿No quieres decir nada? Ahora vas a ver. Tráiganselo a mi oficina”. Me arrastran hasta una oficina. El hombre —ahora sé que es el comandante—, me mira. “Entonces, ¿cómo le vamos a hacer? ¿Dónde están los otros?”. Le repito que no sé nada, que me explique de qué está hablando. Echa mano de otra técnica: “No te hagas, estás grabado en las cámaras, te tenemos grabado en las cámaras”. Esta segunda técnica consiste en meterme y sacarme de la oficina, ponerme de cara a la pared, llevarme de un lado a otro. Al final, el comandante me dice: “Bueno, ya vamos a tranquilizarnos. Dime dónde están los otros y te doy chance a ti”.

Repito de nuevo que no sé nada. El comandante se irrita: “Órale, cabrón, ¿no quieres aflojar?, va. ¿Muy chingón?, ¿a poco sí muy chingón?”. Intento tranquilizarme. Lo primero es estar tranquilo. Cualquier cosa que pase, yo debo estar tranquilo. Le pregunto: “¿Pero cuándo fue? ¿A qué hora fue? O sea, dígame”.

El comandante sale de la oficina, regresa con un fólder que dice: “Retratos hablados”. Lo revisa, busca una cara, aparece la cara de un hombre moreno, con nariz ancha, de esas narices muy anchas, y con la boca gruesa y larga. “Mira cabrón, ya aquí te tengo, en el retrato hablado, ¿verdad que es igualito?”, le pregunta a los otros. Los agentes se empiezan a carcajear. Yo digo: “Oiga, espéreme, pero ese retrato no se parece a mí en absoluto”. “Yo no sé, yo ya te agarré y ya te chingaste”, responde el comandante. Es muy extraño, porque vuelve a salir de la oficina, deja la puerta entreabierta, va con el tipo que hace los retratos hablados y parece que le dice: “Rápido, hazte otro”. Porque quince minutos después vuelve a entrar y me enseña un nuevo retrato: “Mira, ahora sí ya te tengo”. Yo le digo: “De todos modos no se parece a mí”. Él pierde por completo la paciencia: “¡Ya llévense a este güey!”.

Me meten a los separos. Hay un chavito de dieciocho años, superflaquito, que está llorando porque van a llevárselo para la grande. Lo acusan de robarse un tanque de gas, de brincarse una barda con un tanque de gas de los grandes. Hay otras dos o tres personas, la verdad no recuerdo. Me dicen: “¿Y tú por qué vienes?”. Les digo: “Ni siquiera me han dicho”. Uno de ellos pregunta: “¿No eres tú el del homicidio?”. Doy un respingo: “¿Cuál homicidio? Aguanta, espérame, no, no”. Me cuentan que hace poco metieron a los separos un chavito: acababan de matar a su primo por un asunto de drogas, lo habían matado a tiros, y a él lo tenían en calidad de acusado. Lo estuvieron presionando: “Tú nos vas a decir, tú nos vas a decir”. Entonces, él les dijo: “Sí, yo sé quién fue, vamos a buscarlos, yo les digo dónde están”. Un rato después, los judiciales regresaron conmigo. Siento que me cae el veinte, que los cabellos se me ponen de punta. “¿Y ahora qué voy a hacer?”. Los detenidos se ponen a darme cátedra, pintan un futuro negro: de aquí te vas a la grande y lo primero es que ahí te van a dar una madriza, a todos los homicidas les ponen una madriza.

No sé qué hora es, ni cuánto tiempo ha pasado. Supongo que hay un cambio de turno, porque ahora entran otros dos policías. Éstos son como Tango y Cash: uno mamado, guapo, con cadena, y el otro parece un animalote. “¿A ver, quién es el del homicidio?”.

Les digo: “Yo”. Y siento que cometí un error.

“Vente para acá, güey. ¿Conoces a los de la banda de las calaveras?”. “No, en mi vida los he oído sonar”. “Muy bien, ¿conoces a los de la forty-one?”. Pregunto: “¿Los 41?”. Segundo error: Tango y Cash sonríen satisfechos de sí mismos. “O sea que sí los conoces. Eres uno de ellos”. Les digo que los conozco, todos en Iztapalapa sabemos de ellos. Pero para ser de esa banda a fuerzas tienes que ser cholo, y yo no soy cholo, no me visto como cholo. ¿De verdad no lo captan? El mamado pregunta: “¿Conoces a Luis?”. Les digo que conozco a un Luis, pero que no creo que tenga nada ver con un homicidio. “Se mete a las nueve de la noche, es un chavo bien”. Ellos dan el caso por resuelto: “Si conoce a Luis y trabaja en un tianguis, entonces es este”. Yo conozco a un Luis, vendo videojuegos en un tianguis, pero estoy seguro de no ser el tipo del que hablan. ¿Qué onda pasa aquí? Les digo: “Oigan, ¿puedo hacer una llamada?”. “Danos el número y nosotros te marcamos”. Pienso que es lo más cerca que estoy de avisar a mi casa. Les doy el número. Todo se acaba aquí por el momento. Nos echamos al piso. Trato de dormir, porque entre el susto y el miedo

En la misma revista dénle un vistazo al texto de la jurista Ana Laura Magaloni y a la crítica de Gustavo García, quienes también comentan el filme Presunto culpable. Por su parte, Arnoldo Kraus escribe en La Jornada su reflexión. En Letras Libres, Fernando García Ramírez discrepa de quienes celebran el documental.

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