Amor y desamor

El amor, la casa y los objetos

El amor mantiene ligados los objetos.
Cada uno en su luz,
en su restricto o voluminoso
modo de ser.

El amor, y solo el amor, edifica
paredes dobles, vigas maestras, tragaluces,
conductos y puertas, sumando
a la luz íntima el sol externo.

Cuando hay amor, los objetos
se tornan suaves. No hay asperezas
en sus formas y frases.

Como un gato, el cuerpo
pasea entre aristas y no se hiere.
Nada le es hostil.
Nada es obstáculo.
Nada está perdido
en el trajín de la casa.

Es como si el cuerpo, más allá de frutas y flores,
aún inmóvil, creara alas.

De ahí cierta displicencia de los objetos
en la mesa
en el estante
en el piso
como cuerpos tendidos en los tapetes
o en la cama,
pues es ésta la forma de permanecer
cuando se ama.
Lo que no sea así, no es amor.
Es orden exterior a las cosas.

Pues cuando amamos, los objetos nos miran
sin envidia. Por el contrario, secretas glorias
afloran de sus formas
como del cuerpo afloran los labios
y en la poltrona el pelo de su fauna aflora.

Las casas tienen raíces
cuando hay amor.
Aun ratones, cucarachas y caballos,
amén de plantas y pájaros
emiten vibraciones en los subterráneos
de la casa de quien ama.

El cuerpo rezuma aromas luego del baño,
almizcle fluye de los sexos, lavanda
baña los gestos. Enrollados en sus toallas
los cuerpos como olas
se deshacen en orgasmos en la sábana de la tarde.

Los objetos entienden a los hombres, cuando hay amor.
Van a las fiestas y a las guerras, y si acaso
se suicidan cayendo de los anaqueles
son capaces de ostentar su vida
aun como naturalezas muertas.

El amor no somete, el amor arraiga
cada cosa en su lugar y, como el Sol,
pasea iluminando las espirales de oro y plata
que adornan nuestros cuerpos.

No hay límite entre la casa y el mundo, cuando hay amor.
Los amantes invaden todo a toda hora
y el paisaje del mundo al paisaje de la casa
se incorpora.

(Affonso Romano de Sant’anna, El Malpensante N° 116)

Separación

Desmontar la casa
y el amor. Desclavar
los sentimientos
de las paredes y las sábanas.
Recoger las cortinas
tras la tempestad
de las disputas.

El amor no resistió
las balas, plagas, flores
y cuerpos intermedios.

Empacar libros, cuadros,
discos y culpas.
Esperar el infernal
juicio final del desamor.

Los vecinos se asustan en la mañana
ante los destrozos en la puerta:
–¡Parecían amarse tanto!

Hubo un tiempo:
una casa de campo,
fotos en Venecia,
un tiempo en que sonriente
el amor aglutinaba cenas y fiestas.

Se amó cierto modo de desvestirse,
de peinarse.
Se amó una sonrisa y cierto modo
de disponer la mesa. Se amó
cierto modo de amar.

No obstante, el amor parte en retirada
con sus ropas arrugadas, tropas de insultos,
maletas desesperadas, sollozos incautados.

¿Faltó amor al amor?
¿Se gastó el amor en el amor?
¿Se hartó el amor?

En el cuarto de los hijos
otra derrota a la vista:
muñecos y juguetes penden
en un collage de afectos natimuertos.

Se arruinó el amor y tiene prisa de partir
avergonzado.

¿Levantará otra casa, el amor?
¿Escogerá objetos, morará en la playa?
¿Viajará entre la nieve y la neblina?

Tonto, perplejo, sin rumbo,
un cuerpo cruza la puerta
con trozos de pasado en la cabeza
y un futuro incierto.
En el pecho el corazón pesa
más que una valija de plomo.

(Affonso Romano de Sant’anna, El Malpensante N° 116)

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