El caos de una biblioteca

Según lo que comparte en Revista Ñ el escritor y editor argentino Luis Chitarroni, a su biblioteca la ordena el azar y una especie de caos elegante. El resultado: una estética caótica y fascinante. En el texto se lee lo siguiente:

O tal vez sólo del caos, que me parece elegante sólo a mí, el que tiempo y azar arman en mi biblioteca, nunca ordenada. Sí, inicialmente, de acuerdo con un criterio (abstruso para unos, para otros aberrante) de “afinidades electivas”. Y de precauciones: que Robert Graves no esté cerca de Ezra Pound, ni Joyce de Proust, ni Sarmiento de Alberdi (cuestiones, se me dirá, que el orden alfabético respeta). Mi amigo más obsesivo e inteligente ordena su biblioteca por estricto orden cronológico. Uno recorre la historia y ve florecer o detonar períodos enteros. Alguien objetó que una biblioteca así parecía congelar el tiempo, esterilizarlo. ¿Pero el tiempo, una vez que pasa, no se esteriliza con determinación irrenunciable? Hay una anécdota de Visconti –la palabra anécdota implica la presunción de duda acerca de la veracidad– que lo obligaba a descartar una escena filmada porque en la biblioteca de fondo había un libro que no correspondía a la época. Debía de tratarse del rodaje de El Gatopardo y no de Grupo de familia , porque la biblioteca del inspirador de esta última –Mario Praz–, aunque permaneciera con inmutabilidad de museo, no estaba exenta de anacronismos. Un escritor mexicano que murió joven, Ulises Carrión, escribió esta consigna vanguardista disfrazada de perogrullada: “Quien va a la librería a comprar diez libros de color rojo, porque éste armoniza con los otros colores de su sala o por cualquier otra razón, pone en evidencia el hecho irrefutable de que los libros tienen un color.” Eso me recuerda que mi escena favorita del Ulises es, por supuesto, el capítulo de la biblioteca, donde tan presente está madame de La Palisse. Me gusta encontrar argumentos que relacionen los títulos de los libros. Me quedo mirando esos lineamientos provocados por sismos de recuperación, no del tiempo perdido sino de La busca , de Pío Baroja, quien ha hecho yunta en un estante con otro baruj bendito, Spinoza. A causa de cuestiones rutinarias o intempestivas, se han agrupado dos volúmenes verde oscuro cuya compañía despilfarra toda mi admiración por lo aleatorio, lo casual. Se trata de Malditos los gallos de Raschella y Drácula , de Stoker. Cuando amanece, la línea de diálogo se acerca a los labios y se adecua mejor que nunca al protagonista.

El caballo blanco de Mozart , de Calveyra ha ido a parar muy cerca de Hudson a caballo , de Luis Franco, por motivos de equitación improbables o no investigados, y toda la infantería patógrafa de Libertella se pega a otro Infante, el de la Habana, Guillermo Cabrera, para conspirar contra los editores rutinarios y los correctores distraídos

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