¿Son un estorbo los programas de mano?

El 8 de marzo de 2010 el crítico músical de The New Yorker Alex Ross ofreció una conferencia en la Royal Philharmonic Society de Londres. En ese texto, publicado en español por el diario El País y luego por la revista pauta. Cuadernos de teoría y crítica musical (abril-junio de 2010), el crítico lamentó y cuestionó la seriedad y monotonía en la que habían caído los conciertos de música clásica: en los que predomina una atmósfera mecánica y rutinaria, de una solemnidad impostada que reprime la emoción y los aplausos. Hasta el extremo de censurar gestos de satisfacción.

En un mundo gobernado absolutamente por la electrónica, asistir a una sala de conciertos debería significar otra cosa. La música se relaciona con la mente y con el cuerpo. “Entregarnos a las propiedades naturales del sonido puede tener una dimensión casi espiritual”. No obstante, en lugar de enfocarse a la pura música, los conciertos ofrecen al mismo tiempo oportunidades para la distracción. Por ejemplo, los programas de mano. Para Ross “es descorazonador ver a la gente enterrando la cara en los programas. ¿Por qué no bajar las luces y centrar los focos en los músicos”.

Parece sencillo pero no todos están de acuerdo respecto a la necesidad o no de dichas publicaciones. Los programas de mano bien hechos, incluso a manera de ensayos, pueden vincular eficazmente lo musical con lo escrito; comunicar la experiencia del sonido con la experiencia literaria. Así lo cree el crítico y editor de programas James M. Keller, quien, en un ensayo publicado por El Malpensante, afirma que “…a través de una escritura bien diseñada, factual, incisiva, puntual, las notas pueden ayudar al público a saborear la experiencia de un concierto de manera más completa…”

Les comparto un fragmento de esta ecuánime defensa de los programas de mano:

Samuel Barber: ¿Usted cree que alguien lee estas cosas?
Phillip Ramey: Claro, yo crecí con ellas. ¿Usted no?
Samuel Barber: No, nunca las leí.

Esta conversación tuvo lugar en 1978 cuando Ramey, en ese entonces editor de los programas de mano de la Filarmónica de Nueva York, trató con valentía –aunque con limitado éxito– de sonsacarle al compositor algún comentario sobre su Tercer ensayo, a punto de ser estrenado por la orquesta. El diálogo resume básicamente la manera como se relacionan los asistentes a conciertos con esas notas explicativas: algunos las leen, otros no.

Yo las leo. Las escribo. Y las edito, a veces pareciera, en cantidades. Crecí con ellas, al igual que Phillip Ramey, y desde muy temprano aprendí uno de sus secretos impúdicos. Cuando empecé a enamorarme de la música clásica, mi familia vivía en un municipio mediano de Pensilvania, bastante venido a menos desde que los molinos y los ferrocarriles dejaron de funcionar febrilmente. A pesar de la merma, el pueblo se las arreglaba para mantener una pequeña escena cultural que incluía una orquesta sinfónica cuya benefactora se reservaba el derecho de escribir los programas de mano. Antes de cada concierto –debían ser unos cinco al año– yo me preparaba de la mejor manera posible, escuchando y leyendo: las interpretaciones pasaban fugazmente y no quería perderme nada.

Un domingo llegué temprano a la sala de conciertos para hacerme a una copia del programa de mano y leer la información de una pieza sobre la cual no sabía nada: La pregunta sin respuesta de Ives. Lastimosamente, mi ejemplar está extraviado, pero puedo reconstruir con certeza el sabor de la nota. Decía: “Charles Ives, nacido en Ware en 1600, fue vicario coral de la Catedral de San Pablo. En 1633 compuso, junto con Henry y William Lawes, la música para la mascarada El triunfo de la paz de Shirley, que fue interpretada en la corte durante las fiestas de la Candelaria de 1633 y 1634”. La nota continuaba tocando el tema de sus elegías, cánones, rondas y fantasías hasta llegar a esta conclusión informativa: “Ives murió en la parroquia de la Iglesia de Cristo de Newgate Street el 1º de julio de 1662. La pregunta sin respuesta es, de sus composiciones, la que se interpreta con más frecuencia”.

Hasta ahí hubiera llegado la historia, supongo, pero sucedió que varios minutos más tarde la orquesta tocó la pieza en cuestión. El incipiente comentarista musical que había en mí supo que algo andaba mal, pues la música no correspondía a la época que reseñaba el programa. En el curso de la semana visité la biblioteca pública y consulté la tercera edición (1928) del Diccionario Grove de la música y los músicos. Extrañamente, no aparecía ningún Charles Ives pero, en cambio, había un Simon Ives o Ive (aparecían ambos apellidos) y –¡oh, sorpresa!– había nacido en Ware en 1600 y fue vicario coral de la Catedral de San Pablo… Ahí estaba toda la información, excepto aquello de que La pregunta sin respuesta era su composición más famosa. Nuevas investigaciones me llevaron a la quinta edición del diccionario (1954), que fue la primera en incluir una entrada sobre Charles Ives. El misterio quedaba resuelto.

Así fue como aprendí mis primeras lecciones sobre escritura de notas de programa. Hay mucha información allá afuera, pero uno tiene que ser cuidadoso en el uso de sus fuentes. No es buena idea adivinar hechos ni añadir información a la ligera. Por más tentador que sea, puede volverse en tu contra. Y algo importante: el plagio termina siendo descubierto, incluso por un adolescente ingenuo que al crecer sabrá que se trata de un acto punible.

Más de tres décadas después, al cabo de varios cientos de notas de programa escritas, ésos siguen siendo mis preceptos fundamentales. Con los años he desarrollado también algunas opiniones acerca de este género literario menor, y hacia dónde debe apuntar. Pero antes vale la pena dejar en claro que los programas de mano no siempre son una necesidad. Con frecuencia asisto a conciertos donde el programa de mano es simplemente una hoja con la lista de obras y los nombres de los intérpretes. Y de seguro muchos nos identificamos con esa combinación de temor y ansiedad que acompaña el proceso de abrir por primera vez la caja de un disco compacto, sin saber si adentro encontraremos notas explicativas o no

En relación con el teatro, puede leerse el texto El arte de los programas de mano de Timothy G. Compton, publicado en la Revista de la Universidad de México en 2005 (si no me equivoco).

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