Humor en la escritura inglesa

“Una cosa graciosa es –de un modo que no resulta realmente ofensivo o intimidante– aquella que trastorna el orden establecido. Cada broma es una revolución en miniatura”, escribe George Orwell. En el siguiente ensayo, publicado por la revista El Malpensante, el escritor inglés aborda la escritura humorística inglesa. Un fragmento del escrito:

La gran época de la escritura humorística inglesa –ni ingeniosa ni satírica, sino simplemente humorística– abarcó las primeras tres cuartas partes del siglo XIX.

Dentro de ese período se encuentra la enorme producción de escritos cómicos de Dickens, las brillantes obras burlescas y las historias cortas de Thackeray como “The Fatal Boots” y “A Little Dinner at Timmins’s”, el Handley Cross de Surtees, Alicia en el País de las Maravillas de Lewis Carroll, Mrs. Caudle’s Curtain Lectures de Douglas Jerrold, un considerable cuerpo de versos humorísticos de R. H. Barham, Thomas Hood, Edward Lear, Arthur Hugh Clough, Charles Stuart Calverley y otros. Otras dos obras maestras de lo cómico, Vice Versa de F. Anstey y Diary of a Nobody de los dos Grossmith, se encuentran apenas fuera del período al que me he referido. Y, en cualquier caso, hasta 1860 aún había algo así como una destreza para el dibujo cómico, de lo cual dan testimonio las ilustraciones de Cruikshank para Dickens e incluso las ilustraciones de Thackeray de su propio trabajo.

No quiero exagerar al sugerir que en el siglo XX Inglaterra no ha producido escritura humorística de algún valor. Ha habido escritores como, por ejemplo, Barry Pain, W. W. Jacobs, Stephen Leacock, P. G. Wodehouse, H. G. Wells en sus momentos más divertidos, Evelyn Waugh y Hilaire Belloc –un satirista más que un humorista–. Sin embargo, no solamente no hemos producido nada humorístico de la estatura de Los papeles póstumos del Club de Pickwick sino que, además, no hay y no ha habido en las décadas pasadas nada parecido a un periódico humorístico de primera clase, lo cual es probablemente más significativo. La acusación usual contra Punch –“no es lo que era”– tal vez sea injustificada en este momento pues la revista es de algún modo más divertida de lo que era hace diez años; pero también es mucho menos graciosa de lo que era hace noventa.

Y el verso cómico ha perdido toda su vitalidad –no ha habido verso inglés divertido de algún valor en este siglo, excepto los de míster Belloc y uno o dos poemas de Chesterton– mientras que un dibujo gracioso por sí mismo, y no por el chiste al que sirve de ilustración, es una gran rareza.

Por lo general, todo esto es admitido. Si usted quiere reírse muy probablemente se irá a un teatro de variedades o a ver una película de Disney, o sintonizará en la radio a Tommy Handley, o comprará unas pocas postales de Donald McGill, en vez de recurrir a un libro o a una publicación periódica. También se reconoce generalmente que los escritores cómicos y los ilustradores norteamericanos son superiores a los nuestros. En la actualidad no tenemos a nadie que podamos contraponer a un James Thurber o a un Damon Runyon.

No sabemos con certeza cómo se originó la risa ni a qué propósito biológico sirve, pero sabemos, en términos generales, qué es lo que la causa.

Una cosa graciosa es –de un modo que no resulta realmente ofensivo o intimidante– aquella que trastorna el orden establecido. Cada broma es una revolución en miniatura. Si usted tuviera que definir el humor en una sola expresión, podría decir que es la dignidad sentada en una puntilla. Cualquier cosa que destruya la dignidad y haga caer a los pode-rosos de sus sillas, preferiblemente de un golpe, es graciosa. Y cuanto más alto se origine la caída, más grande será la broma. (Es más divertido arrojarle un pastel de crema a un obispo que a un cura.) Con este principio general en mente, uno puede, creo yo, comenzar a entender lo que ha estado mal en la escritura humorística inglesa durante el presente siglo

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