Amor y muerte

Javier Sinay nos relata un episodio doméstico, ocurrido en la Argentina de 1955, en el que el amor, la locura y la muerte, como otras tantas veces, se encontraron fatalmente. Alcira Methyger fue asesinada y descuartizada por su novio Jorge Burgos. Un pedazo del texto:

Aquí, en el oscuro caserón que se alza en Montes de Oca 280, ocurrió todo. Aquí Jorge Eduardo Burgos conoció a Alcira Methyger. Tenían alrededor de veinte años y mal podrían imaginar el destino que les esperaba diez años más tarde, cuando hacia 1955 ambos protagonizaran una historia de amor, de locura y de muerte que tendría en vilo a la población y cuyos ecos lejanos me propongo rastrear.

La familia Burgos vivía en el 3º E de este palacio apagado que se marchita con el paso de los días modernos. Se trata de una de esas construcciones señoriales que el Centenario y su epílogo regaron por la gran avenida del barrio de Constitución. En algún momento albergó a los señores más distinguidos del barrio, pero ahora es un nene con una pelota bajo el brazo el que abre el portón de hierro para salir a jugar y me dice: –¿Querés pasar?.

–Sí.

Estoy adentro.

Atravieso el patio del frente, de baldosas cuadriculadas, y mi sombra se arrastra por los muros cubiertos de moho. El ascensor está trabado en su jaula y “Habiendo escalera a disposición del público el propietario no se responsabiliza de los accidentes que pueda ocasionar el uso del ascensor”: elijo las escaleras.

El tercer piso. La puerta E. Que es verde, como todas las demás, y es larga y está resquebrajada. El timbre no funciona, hay unos cables sueltos. Golpeo con mis nudillos.

Toc, toc, ¿está el descuartizador?

Esta misma puerta verde traspasó Jorge Eduardo Burgos en algún momento de la recién iniciada década de 1940 con una sonrisa nerviosa que le hacía brillar su rostro regordete.

Llevaba la pilcha impecable: él mismo había planchado los pantalones y la corbata; de la camisa se había ocupado la madre. Era su primera cita. Algunos pibes del barrio ya conocían a las chicas. Algunos, incluso, a las mujeres. El, en cambio, venía hablando por teléfono con Alcira desde hacía un año.

Se habían conocido en ese departamento tiempo atrás, cuando sus padres le alquilaban una habitación a una bordadora que tenía dos aprendices. Alcira había ido una semana a tomar lecciones con la señora. Se había cruzado con Jorge, pero no habían hablado. Ella era salteña y había llegado a Buenos Aires cuando sus padres murieron. Una tía la recibió y la cuidó hasta que comenzó a hacer su propia vida.

Alcira era rebelde y en pocos años más sería una mujer codiciada y decidida, pero entonces, con quince, era una muchachita vivaracha. Así comenzó lo de Jorge, como un juego. Lo llamaba por teléfono y, sin darse a conocer, lo seducía. Después de mucho tiempo ella misma se sintió atraída por el gordito: no tenía pinta, pero su biblioteca ostentaba más de mil volúmenes, sabía inglés y trabajaba con su padre desde los dieciséis años vendiendo publicidad.

A pesar de su modestia, Jorge era un buen partido y ella, aprendiz de bordadora, aceptó su invitación a pasear por el Parque Lezama.

Cuando se vieron, Jorge se preguntó cómo era que nunca se había fijado en ella. Caminaron por el Parque durante un rato largo. Charlaron. Se rieron. El la quiso tomar del brazo, pero ella no lo dejó. Así y todo, ya estaba completamente enamorado cuando se despidieron.

Después de algunos meses, Jorge partió al servicio militar.

Pasó un año en Entre Ríos y volvió sintiéndose un hombre. El primer día de regreso en Buenos Aires la llamó. Se encontraron en la Plaza Constitución y caminaron por Caseros hasta Vélez Sarsfield. En una placita él le contó de la vida en el cuartel y ella le dijo que trabajaba como doméstica. En un momento, Jorge recordó lo que le habían enseñado los colimbas: la tomó de las manos y se acercó lentamente a sus labios. Con el corazón palpitante, la besó.

Sintió que atravesaba la prueba con gallardía cuando ella le pasó una mano por el cuello y lo correspondió

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