Almas en la clínica

Con la lucidez que le es característica, Roger Bartra escribe sobre el libro de relatos Breve diccionario clínico del alma (Debate, México, 2010), de Jesús Ramírez-Bermúdez, en el que se reúnen diversas historias clínicas. Dice Bartra:

Siempre vemos con agrado que un médico se acerque al mundo de las letras, las humanidades o la creación artística. Estamos seguros de que es una señal de su amplitud de criterio y de su agudeza. Es lo que demuestra el doctor Jesús Ramírez-Bermúdez en el Breve diccionario clínico del alma (Debate, México, 2010). Su libro muestra un refinamiento reflexivo de amplio espectro y un buen uso literario de la clínica. Pero hace algo mucho más arriesgado: introduce en su disciplina, la neuropsiquiatría, muchos argumentos y figuras que vienen de afuera de ella, que le son extraños. Por experiencia propia sé que estas intromisiones no siempre son bienvenidas por algunos celosos guardianes del orden disciplinario tradicional de las neurociencias. La referencia al alma en el mismo título de su libro podrá parecerles a muchos una concesión inadmisible a la metafísica. La noción de libertad es con frecuencia repudiada como una invasión de quimeras carentes de base científica. Jesús Ramírez-Bermúdez cita como ejemplo el materialismo eliminativista de los conocidos neurofilósofos Patricia y Paul Churchland que creen que el libre albedrío es un concepto que debería eliminarse del diccionario científico, por considerar que hace referencia a meras ilusiones.

Muchas de las fascinantes historias clínicas que relata y comenta nuestro autor giran alrededor de otra idea que algunos neurocientíficos quisieran desterrar: la autoconciencia, esa sensación de identidad y de que somos un yo continuo que se expresa en todos nuestros actos. El mismo Thomas Huxley, el gran biólogo darwinista del siglo XIX, decía que la conciencia es un mero producto colateral del funcionamiento somático y que no tiene ningún poder para alterar la operación del cuerpo. La conciencia sería una mero epifenómeno, como el silbato de una locomotora o, como lo expresó William James, como la música de un arpa, que no modifica la vibración de las cuerdas, o como la sombra que se desplaza al lado del paseante, que no influye en sus pasos.

A Ramírez-Bermúdez le interesa profundamente el misterio de la conciencia. ¿Soy realmente el mismo en todos mis actos? ¿Cuál es la esencia de la mismidad? Cuenta la historia de un joven que un día se despertó y vio su habitación dividida en tres partes, a su izquierda estaba alguien parecido a él mismo; pero a su derecha estaban otras personas que cuando miraba a la izquierda, hacían lo mismo, y cuando se arrodillaba, lo hacían también. Cuando caminaba, sus múltiples egos lo acompañaban. Tenía un tumor cerebral, que le fue extirpado. Cuando despertó de la operación exigió estar solo para dedicarse a sus otros egos, a esa familia que habitaba el lado derecho de su campo visual. Murió no mucho tiempo después, sin revelar qué le había sucedido a sus compañeros, y si habían sido extirpados junto con el tumor. Al respecto, Ramírez-Bermúdez recuerda una frase que le impactó de adolescente y que leyó en un libro de filosofía, sobre hermenéutica y postmodernidad: la esencia de ese ser sin esencia que es el ser humano es la libertad. ¿Existe o no ese núcleo central que ejerce la libertad o puede dispersarse, como en el caso del paciente citado?

Otra condición patológica es la somatoparafrenia, trastorno que provoca que la persona afectada deje de reconocer como propias partes de su cuerpo. Por ejemplo, deja de reconocer su mano como pertenencia y la atribuye a otro individuo. En este síndrome de la mano ajena aparentemente hay una desconexión entre las áreas motoras del cerebro y las que perciben una acción como propia. Relata un caso tratado por médicos en Milán: una paciente estaba convencida de que su brazo izquierdo no le pertenecía, creía que era en realidad el de su madre. Los médicos hicieron con ella un experimento sencillo: le irrigaron con agua muy fría el canal auditivo externo del lado izquierdo. Inmediatamente después la enferma reconoció como propio su brazo, pero esta sensación le duró solamente un par de horas. ¿La voluntad sobre una parte de su cuerpo dependía de un chorrito de agua helada? Dependía, desde luego, de una lesión cerebral. Jesús Ramírez-Bermúdez considera que el experimento es “una experiencia estética donde la sencilla prosa del habla encuentra un camino, desconocido para la conciencia, hasta el lugar donde la vida se constituye como la poesía del alma”. A mi me recordó otro chorro de agua fría, el que recibió la niña Hellen Keller en una mano, mientras su tutora le deletreaba mediante signos táctiles la palabra “agua” en la otra mano. Esta inteligentísima niña, sorda y ciega desde muy temprana edad, comprendió en ese momento la relación entre la palabra y la realidad. Como ella lo describió después, en ese momento dejó de ser un fantasma, una no-persona, y fue conciente de su identidad. Tuvo que intervenir una especie de prótesis, que sustituyó su oído y su vista, para que Hellen Keller naciera a la conciencia. Pues a fin de cuentas, la conciencia es parte de una prótesis exocerebral que hemos construido para poder navegar por el mundo

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