Tzvetan Todorov: un hombre desplazado

Tzvetan Todorov (Sofía, Bulgaria, 1939) llegó a París en 1963, a los 24 años. En su ciudad natal había terminado los estudios superiores de filología eslava y sus padres, que tenían la posibilidad, decidieron enviar a su hijo a Europa (del lado este llamaban así a países como Alemania, Francia, Italia e Inglaterra) para que “completara su educación” fuera de una dictadura que ya llevaba 18 años. Todorov eligió París, donde encontraría a Roland Barthes y Gérard Genette, quienes influirían definitivamente en su formación académica: “era, de entre todos los lugares del mundo, el sitio donde quería estar”. Sin embargo, la estancia provisional se hizo definitiva. ¿Por qué París? Por un amor a esta ciudad que ni el propio Todorov sabe de donde vino. ¿Acaso de los libros, de los cuadros impresionistas, de los relatos de escritores viajeros o las nostalgias de los flâneurs? En todo caso, Francia, y particularmente París, encarnaban la civilización ante una dictadura comunista como la de Bulgaria que, nadie lo imaginaba aún, duraría 45 años, hasta que el cascajo del edificio, sostenido por la bisutería ideológica, se desplomara por completo.

En 1981, casi dos décadas después de su llegada a la fría estación de Lyon, Todorov regresa a Sofía como parte de una delegación oficial y ya como académico francés. Fue este encuentro con su pasado, su casa, su familia y sus amigos lo que le reveló a Todorov, lingüista estudioso del estructuralismo, una nueva dimensión de su identidad: la del exiliado que retorna a su lugar de origen y “…de un día para otro descubre tener una visión del interior de dos culturas, de dos sociedades diferentes”. Ésta la sorpresa: se sintió tan bien en Bulgaria como en Francia, en el idioma búlgaro como en el francés. Ni exiliado ni extranjero, acaso un hombre transculturizado. Experiencia tan profunda que lo llevará más tarde a dedicar la mayor parte de sus esfuerzos intelectuales al tema de la otredad y la tolerancia a la diversidad cultural (La conquista de América, la cuestión del otro, 1982; Nosotros y los otros, 1989; La vida en común, 1995; por mencionar sólo tres de sus obras), a sacar las narices más allá de los fríos muros de la academia y a participar como intelectual en un debate público mucho más amplio.

Gracias a un encuentro con Isaiah Berlin en Oxford, el crítico estructuralista se daría cuenta también “…que la literatura no estaba únicamente hecha de estructura sino también de ideas y de historia”. Si el crítico se pertrecha sólo en la estructura de la obra y se niega a sí mismo la posibilidad de dialogar con ella y con su autor, niega de igual manera la dimensión ética e histórica de la obra literaria. Elimina, pues, lo esencial; se prohíbe el diálogo crítico.

La historiografía, la memoria, la autobiografía y la ficción son maneras de relacionarse con el pasado, pero algunas son más eficaces que otras para presentarlo y representarlo. La literatura biográfica y ficcional aporta aquello que los libros de historia no suelen hacer. Más que el documento y el saber universal y científico, la literatura ofrece el testimonio personal, el relato, la mirada viva que examina el agitado soplo de la Historia. Aunque no se deja de lado el estatuto de la verdad, aquí se quiere relatar una experiencia, traer al pasado, metaforizarlo y ensayar con él, quizá darle un sentido personal del que lo relata, con todas sus implicaciones éticas y morales. En cambio, la pretendida neutralidad o relatividad moral de los estudios históricos impide a éstos su importancia decisiva. Y el hueco de la memoria vienen a llenarlo libros como Archipiélago GULAG, de Aleksandr Solzhenitsyn, El tambor de hojalata, de Günter Grass, o la literatura que Primo Levi dedicó a los campos de exterminio nazis.

Aunque El hombre desplazado (1996), de Tzvetan Todorov, no puede compararse con esas obras clásicas de la literatura, puede decirse que sí responde a una de sus finalidades: la búsqueda personal de la verdad. El hombre desplazado es en parte una autobiografía intelectual admirable, un testimonio literario que narra la odisea de un desarraigo, el desplazo que va de una Europa comunista a otra supuestamente libre, el cambio de lugar, de idioma, de cultura y de régimen político; finalmente, es el encuentro con el Otro. Y frente a éste, según Riszard Kapuściński, hay tres posibilidades: elegir la guerra, aislarse tras una muralla o entablar un diálogo. Sobra decir que Todorov, homme dépaysé y explorador impenitente, escogió el diálogo cultural.

En las páginas de este libro, mitad autobiografía, mitad ensayos, se expone además la melancolía postotalitaria de “un búlgaro en Francia” y de otros tantos exiliados o sobrevivientes a la represión comunista. En lugar de un análisis político y económico, al autor le interesa, desde su experiencia y los testimonios disponibles (acaso il ricordo di un trauma, como decía Levi), describir el drama psicológico, “el interior de la conciencia de los individuos en un Estado totalitario”. Sin embargo, el célebre crítico literario se permite reflexionar además sobre el comunismo y los resortes que operan la opresión totalitaria: los campos de exterminio (“un país donde existen campos de concentración es un país podrido hasta la médula”), el terror, el miedo, la cáscara vacía de la ideología y las parodias de la justicia.

En El hombre desplazado como en Los abusos de la memoria (1995), Todorov rechaza los excesos del discurso victimista de los perseguidos, prefiere la distancia crítica del intelectual. No condesciende con los verdugos de los campos, ni con filósofos como Sartre o Merlau-Ponty que comprometieron sus ideas en apoyo al régimen de la Unión Soviética, pero tampoco con una victimización perpetua. El porvenir de la democracia está en la crítica de sí misma. En una crítica dialógica, política y literaria, como la que postulan Todorov y, por qué no, George Steiner.

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