“La herencia de Wilt”

El Cultural nos ofrece un fragmento del primer capítulo de la nueva novela de Tom Sharpe: La herencia de Wilt (Anagrama, 2010):

1
Wilt iba camino de la Universidad de Fenland en su coche. Estaba de un humor de perros porque la noche anterior había discutido con Eva, su mujer, sobre lo que les estaba costando llevar a sus cuatro hijas a un internado cuando, en opinión de Wilt, les iba estupendamente en el Convento, su antiguo colegio. Sin embargo, Eva se había mostrado inflexible: las cuatrillizas tenían que seguir estudiando en el colegio privado.

-Necesitan aprender buenos modales, y eso no se lo enseñaban en el Convento. Además, dices tantos tacos que se han vuelto unas malhabladas, y eso no pienso tolerarlo. Están mucho mejor lejos de casa.

-Si tuvieras que rellenar formularios totalmente inútiles y fingir que enseñas Informática a los analfabetos que me endilgan a mí, y que en realidad entienden mucho más que yo de esos jodidos aparatos, tú también soltarías tacos -había replicado Wilt, y había optado por no señalar que, desde que habían alcanzado la adolescencia, el repertorio de obscenidades de las cuatrillizas superaba el suyo con creces-. No puedo permitirme el lujo de seguir pagando tanto dinero durante quién sabe cuántos años sólo para que tú puedas presumir delante de tus malditas vecinas de dónde estudian tus malditas hijas. El Convento ya me costaba una pequeña fortuna, lo sabes muy bien.

En fin, que había sido una velada de lo más desagradable. Y lo peor era que Wilt no exageraba. Su sueldo era tan miserable que no sabía cómo iba a seguir pagando las facturas del internado sin rebajar el modesto estilo de vida que llevaba su familia. Como simple jefe del llamado Departamento de Comunicación, le pagaban menos que a los jefes de los departamentos académicos, a los que habían recalificado como profesores universitarios cuando la Escuela Politécnica Fenland se había convertido en universidad y que, en consecuencia, ganaban mucho más que él. Como es lógico, Eva había comentado ese detalle varias veces durante la discusión.
-Si hubieras tenido agallas para marcharte hace años, como hizo Patrick Mottram, quizá ahora tendrías un trabajo decente y mucho mejor pagado en una universidad como Dios manda. Pero… ¡ah, no!, tú tenías que quedarte en esa estúpida escuela politécnica porque “Allí tengo demasiados buenos amigos”. ¡Menuda sandez! A ti lo que te pasa es que no tienes valor para largarte, ni más ni menos.

Al oír eso, Wilt cogió y se largó. Cuando volvió del pub, decidido a hablar seriamente con Eva de una vez por todas, resultó que ella había desistido y se había ido a la cama.

Pero al día siguiente, cuando entraba en el aparcamiento de la “universidad”, Wilt tuvo que admitir que su mujer tenía razón. Debería haberse ido años atrás. Odiaba el maldito Departamento de Comunicación y, de hecho, le quedaban poquísimos amigos allí. Seguramente también debería haber dejado a Eva. Pensándolo bien, no debería haberse casado nunca con una mujer tan condenadamente mandona. Eva no conocía el concepto de moderación, y las cuatrillizas eran una prueba fehaciente de ello.

Wilt se desanimó aún más cuando pensó en sus hijas, cuatro réplicas exactas de su espantosa mujer y tan gritonas y autoritarias como su madre. Mejor dicho: más gritonas y autoritarias que Eva, dado el efecto combinado de sus cuádruples esfuerzos. Las cuatro hermanas se pasaban el día enzarzadas en riñas absurdas e interminables, y Wilt estaba convencido de que el día de su nacimiento fue cuando empezó a mermar su valor para largarse.

Durante una breve época de la primera infancia de las niñas, dominada por los cambios de pañales, los biberones y la asquerosa papilla infantil con que Eva insistía en cebarlas, Wilt había abrigado grandes esperanzas para su prole, imaginando que les esperaba un futuro magnífico. Pero a medida que se hacían mayores, cada vez se comportaban peor, y pronto pasaron de atormentar al gato a torturar a los vecinos; aunque era imposible responsabilizarlas de nada, porque las cuatro eran idénticas. Al menos, ahora que estaban internas su padre no tenía que soportarlas, si bien esa liberación le estaba saliendo carísima

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