Disciplina y castigo

No hay forma de saber lo que ocurre afuera. Las paredes son gruesas e impermeables. Las ventanas, por lo general, están cerradas. En el interior el aire es denso, casi rígido, siniestro. No importa que afuera brille el sol, por dentro está nublado siempre. El ruido de la calle contrasta con el silencio aciago del claustro. Es eso: un claustro, una secundaria modelo de disciplina y castigo. Aquí, la menor vacilación ante la obediencia o cualquier asomo de rebeldía, se castiga con la aplicación del reglamento. Y “el reglamento del colegio rige no solamente en el interior del edificio […] sino que se extiende hasta doscientos metros más allá de lo que es estrictamente la puerta de entrada a la institución”. Estamos en el Colegio Nacional de Buenos Aires (antes Colegio de Ciencias Morales) en la Argentina de 1982, en vísperas de la Guerra de las Malvinas y en los últimos días de la infame dictadura militar.

María Teresa, una veinteañera boba, ignorante y reprimida, uno de esos seres deslumbrados por el incierto prestigio de la autoridad, es la protagonista de esta historia. María Teresa es contratada como preceptora en este colegio con aires de prisión y asume con pervertida obediencia su papel de centinela. Es la encarnación del reglamento y debe custodiar el “imperio soberano de la normalidad”. Toda desviación deberá ser reportada y sancionada: el cabello largo en los hombres, el pelo suelto en las mujeres o una ligera caricia al tomar distancia en la formación de los alumnos. Esta patología de la vigilancia lleva a la joven preceptora a esconderse y espiar en los baños de varones con el objetivo de descubrir a un alumno fumador. Es tal su obsesión por atrapar una conducta prohibida y ser reconocida por el jefe de preceptores, el señor Biasutto, que comienza a sentirse cómoda en ese mundo íntimo de lo varones, que la conducirá a un terrible e inesperado desenlace.

En la novela Ciencias Morales (2007), a través de una descripción muy minuciosa, Martín Kohan (Buenos Aires, Argentina, 1967) nos introduce en ese aire espeso que rige la rutina del colegio y nos va narrando el drama interior de María Teresa. Aunque en la narración hay una cierta monotonía que exaspera, la novela no llega a aburrir.

Ciencias morales es una novela de formación y una novela predominantemente de atmósfera, en la que se logra recrear el encierro, la vigilancia casi policial y el conservadurismo fétido de las escuelas enfocadas a la disciplina y al castigo. Si algo vale la última novela de Martín Kohan, a pesar de lo viciado del aire en que se mueven sus personajes, es porque su prosa, en cada línea y en cada párrafo, nos va conteniendo a los lectores la respiración. Y aún así, se deja leer rápido.

Comparto estas reflexiones porque el fin de semana pasado tuve la oportunidad de ver la película argentina La mirada invisible (2010), de Diego Lerman, basada precisamente en la novela de Martín Kohan. Si les gustó la novela, les recomiendo este filme; si no, también, pues la cinta, con su lenguaje cinematográfico, logra sostenerse con propia independencia. El trabajo de Lerman me parece destacable; la actuación de Julieta Zylberberg, en el papel atormentado e introvertido de María Teresa, extraordinario.

Comparto dos reseñas sobre el filme : La sociedad disciplinaria y La mirada invisible.

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