Sacrificios en la danza

En El Universal Juan Hernánez publica un reportaje interesante sobre las exigencias excesivas en el mundo de la danza:

Recientemente se estrenó en México la película Cisne negro, protagonizada por Natalie Portman -quien se ha ganado una nominación al Oscar en la categoría de mejor actriz-, dirigida por Darren Aronofsky. El director filma un drama terrible sobre la fragilidad emocional de una bailarina, quien entregada absolutamente a su quehacer artístico, pierde contacto con la realidad y entra en un estado sicótico, producto de las altas exigencias sociales y la represión que ha vivido desde niña en aras de una perfecta formación dancística.

Si bien se trata de ficción, la película pone el dedo sobre una llaga abierta y pocas veces abordada en el mundo de la danza y que es, justamente, el rostro rudo, en ocasiones aberrante, que se encuentra atrás de una lánguida figura que se eleva sobre las puntas de unos pies que, al desnudo, muestras las deformaciones de los huesos tras largos periodos de sostener en ellos el peso completo de una representación balletística .

Tan sólo para hacer la película, Portman bajó 10 kilos, un hecho de excepción para la actriz; sin embargo, para las bailarinas, mantener un peso bajo es una de las exigencias cotidianas desde que inician su formación y hasta que deciden retirarse del escenario.

Aún está en la memoria el escándalo que provocó la expulsión de la bailarina rusa Anastasia Volchkova del Ballet Bolshoi, en 2003, con el argumento de que era demasiado pesada: 48 kilos y estatura de un metro 71 centímetros.

La decisión de la compañía ocurrió después de que la intérprete declarara a un medio de comunicación que “no podría vivir sin comer helado”. Cuando le notificaron su expulsión de la compañía, la artista, de 27 años, rectificó: “Sólo he comido helado de bajo contenido calórico y no he comido carne desde que tengo siete años”.

Otro caso dramático fue el de la bailarina Heidi Guenther, quien falleció en 1997, a los 22 años de edad, durante un viaje familiar a Disneylandia. Ella bailaba en el Boston Ballet, en donde la directora artística Anna Marie Holmes le había pedido que perdiera dos kilos y medio. La joven asumió la sugerencia como una orden, usó laxantes, ayunó y murió pesando 42 kilos.

“Me parecía regordeta, sus pechos, sus caderas, sus muslos. Si ves a una niña en escena y su trasero va de arriba abajo, no resulta atractivo”, comentó Holmes durante una entrevista con el diario Boston Globe, cuando le preguntaron por qué había sugerido a la bailarina perder dos kilos.

El argumento es pan de cada día y no sólo entre los críticos y directores de compañías, sino también entre el público. No es difícil escuchar, luego de una función de danza, la expresión: “¿Viste qué gorda estaba la bailarina? ¡Pesaba una tonelada!”

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