Elogio de la calvicie

Haciendo gala de una auténtica prosa ensayística, el escritor y médico Fernando González Crussí nos ofrece un Nuevo elogio de la calvicie. En este texto, escrito con erudición y encanto, Crussí destaca el simbolismo que se ha atribuido a las cabelleras largas (poder, gallardía y erotismo), tanto en hombres como mujeres, y los malos entendidos y prejuicios que han circulado alrededor de los calvos, los pelones. La calvicie (alopecia androgénica) no es una enfermedad, sino un aspecto ordinario en la vida de los hombres maduros. Quien está en sus años y carece de las famosas entradas, es un hombre que quizás no ha madurado. Nos han hecho creer que los calvos son individuos enfermos que no han tratado adecuadamente su padecimiento (pudiendo ser atractivos, nos dicen los charlatanes de la publicidad, se niegan a ello). La medicina, o la industria farmacéutica, es cómplice de todo eso: su negocio es evitar que veamos la calvicie como un proceso natural. La mala noticia para estas empresas es que los pelones están (estamos, kimozabi) de moda.

Escribe González Crussí:

La enfebrecida imaginación poética ha venido construyendo, en el curso de siglos, incontables tropos que celebran la cabellera femenina. Hilos de oro, de seda, rayos de sol, azabache, astracán, olorosos vegetales y dulcísimas hierbas: ¿qué no han visto los poetas brotar de la cabeza de la amada? Si se sienten melancólicos, hablan de redes que los mantienen cautivos; si líricos y arrebatados, se figuran angelicales fibras donde no hay sino excrecencias pilosas; si soñadores, ven hilos mágicos para el dosel del trono del Santísimo donde no hay sino matas de pelo –que serían greñas sin el champú dos o tres veces por semana. Es que la cabellera tiene una carga erótica que cualquiera puede apreciar, sobre todo quienes lucran con lociones, brillantinas, tónicos y demás preparaciones supuestamente capaces de incrementar esa carga, ese fluido, esa invisible y poderosa atracción sobre los miembros del sexo opuesto. Los viejos que no hemos perdido completamente la memoria, recordamos el nombre de un producto de belleza capilar, Glostora, y el estribillo publicitario con que los comerciantes hace más de medio siglo machacaban nuestros oídos y atosigaban nuestros nervios: “Glostora, para un peinado que enamora.”

Del tenuísimo, apenas perceptible roce de cabellos contra un ser sensible y receptivo se despierta una fuerza, invisible como la electricidad estática que Tales de Mileto descubrió frotando el ámbar, pero mucho más poderosa: el invencible acuciamiento del sexo. Ya Margo Glantz hablaba “de la erótica inclinación a enredarse en cabellos”, feliz expresión que explica en su escueta concisión lo que enteros tratados de antropología apenas esbozan: que la cabellera en el ser humano no es adaptación biológica de protección contra las inclemencias del clima –cómo había de serlo, cuando solo la cabeza está adecuadamente guarnecida– sino un clamoroso llamado a perpetuar la especie. Pero también hace notar la talentosa escritora que toda atribución a la cabellera femenina podría sin merma trasladarse a la masculina; y nos recuerda una novela póstuma de Hemingway, The Garden of Eden, donde una mujer de cabellos cortos adopta el papel tradicional masculino en una tórrida relación sexual con un hombre que se los deja crecer largos. En el acto sexual mismo, Hemingway hace que sus personajes inviertan los papeles tenidos por tradicionales para un sexo y otro. Curiosa situación: Hemingway, celebrado epítome del machismo, cazador de leones en safaris, desafiador de la muerte, piloto de guerra, boxeador, y aficionado de “la fiesta brava”, viene a decirnos que los linderos entre un sexo y otro son imprecisos, desvaídos, y a fin de cuentas ilusorios; que no hay frontera tajante entre masculinidad y feminidad; y escoge como insignia y sello de esta vaguedad la longitud de los cabellos de su novelesca pareja: largos en el macho, cortos en la hembra.

La verdad es que basta una somera ojeada a la historia para descubrir que todo cuanto se ha dicho de la melena mujeril –fuente de orgullo, arma de seducción, motivo de vanidad, timbre de identidad corporal– pudo haberse dicho con igual justificación de la cabellera masculina. Los antiguos griegos parecen haber dado mayor atención a la belleza capilar del hombre que a la de la mujer (y no se diga que son un caso especial por sus conocidas preferencias sexuales, pues no son los únicos en expresarse así). Al menos Homero se detiene atento ante el esplendor piloso de sus héroes sin que las melenas femeninas, ni siquiera de las diosas, le merezcan parecido miramiento. En la Ilíada, llama a Afrodita “áurea”; a Hera, “la de los ojos grandes”; a Tetis, “la de los pies de plata”. Solo tratándose de Zeus no tiene empacho en nombrar “la divina cabellera del rey” (I, 529).

En cuanto a los hombres, alabó el poeta por igual el cabello de griegos y troyanos. Cuando Atena se aparece en la tierra, detiene a Aquiles “por su pelo rubio” (I, 197), y cuando este héroe ata el cadáver de Héctor a su carruaje, y así amarrado lo arrastra por la tierra, Homero no encuentra mejor modo de realzar el patetismo de la escena que describiendo cómo “su oscuro pelo fluía desparramado, y toda en el polvo yacía la cabeza que antes había sido tan bella”, mientras que su madre contemplaba horrorizada el espantoso espectáculo, aullando de dolor

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