Bibliotecas públicas

En su artículo La depredación de lo público, Jesús Silva-Herzog Márquez hace eco del reciente alegato expresado por el novelista Philip Pullman para defender las bibliotecas públicas en Inglaterra. Lo que desea preservar Pullman es un modelo de civilización democrática, que no sólo descansa en los libros, sino en una idea de lo público. Escribe Jesús:

La crisis económica en Inglaterra ha provocado una serie de recortes presupuestales. El gobierno central ha limitado los recursos que entrega a las localidades y éstas deciden en dónde aplican la tijera. Un buen número de condados ingleses ha decidido terminar con el financiamiento de las bibliotecas públicas. Según los ahorradores, en estos tiempos no se justifica el gasto en esos símbolos de la antigua cultura. La gente tiene hoy acceso a otras fuentes de información, por lo que no necesita de esos edificios repletos de libros. Si quieren preservar sus bibliotecas, los vecinos habrán de dedicarse voluntariamente a cuidarlas. Hace un par de semanas, el novelista Philip Pullman puso el grito en el cielo: sofocar las bibliotecas públicas es una monstruosidad, un atentado a la civilización, una tragedia para la vida en común.

Pullman, el autor de la trilogía La materia oscura, tomó la palabra—literalmente. Pronunció un discurso en Oxford en defensa de las bibliotecas públicas que rebotó de inmediato por los conductos de la red. De pronto, miles y miles leían y comentaban su alegato. Asfixiar presupuestalmente a las bibliotecas no puede ser obra más que del fundamentalismo. Como el obispo Teófilo destruyó la Biblioteca de Alejandría por ser depósito de la cultura pagana, los fundamentalistas del mercado están dispuestos a rematar las bibliotecas por no resultar rentables. Estos dogmáticos del lucro, no entienden otra razón que el provecho económico. No tiene valor lo que no produce una ganancia cuantificable e inmediata. ¿Qué sentido tiene guardar un libro de filosofía que no ha sido consultado en diez años? ¿Por qué no eliminar de los estantes todos esos libros impopulares y preservar solamente los que se leen frecuentemente? Si quieren bibliotecas, bastaría con una buena colección de best-sellers.

El fantasma del mercado, dice Pullman, se ha apoderado también del mundo editorial. Con nostalgia, el autor de una novela reciente sobre Cristo y su gemelo, recuerda los tiempos en que era gente de libros la que decidía qué textos merecían ser publicados. Se publicaba una novela aun sabiendo que no se agotaría el tiraje en varios años. Se editaba una compilación de poesía anticipando que sólo la comprarían unos cuantos. Pero se apostaba por la formación de un catálogo valioso y duradero. Ahora la única consideración es económica. Las editoriales han sido devoradas por enormes multinacionales que toman decisiones sobre lo publicable solamente atendiendo la ganancia que el libro producirá rápidamente. Un gerente que apenas lee decide qué podemos leer.

La defensa de la biblioteca que hace Pullman podría parecer la añoranza de tiempos idos. ¿Para qué obstinarse en preservar esos mausoleos de la cultura de Gutemberg, si vivimos en tiempos de Google? Pullman no defiende un edificio cargado de libros: pretende custodiar un modelo de sociedad, una idea de cultura y de civilización que están amenazados. La biblioteca que defiende no sólo es símbolo de los libros, sino emblema de lo público. El escritor recuerda el universo que la credencial de la biblioteca le abrió cuando era niño. ¡Todos los libros que podía llevar a casa, todas las historias que podía descubrir, todos las fantasías que podía alimentar, todas las ideas que podía encontrar! Era ése un espacio democrático lleno de emoción y de asombros, en donde tus propias emociones e ideas renacen clarificadas, magnificadas, purificadas, apreciadas. La biblioteca pública, dice Pullman implica membresía a una república crucial para la vida democrática: la pertenencia a la república de las letras. La presencia de una biblioteca pública en una comunidad es un recordatorio vivo de que hay cosas en el mundo por encima de la ganancia, cosas que la ganancia ni siquiera entiende. Cosas que ahuyentan al miserable fantasma del fundamentalismo de mercado, cosas que afirman la decencia, y el respeto público por la imaginación y el conocimiento y el valor del simple gozo

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