Humo, tertulia y literatura

En un excelente reportaje en El Cultural distintos escritores hablan de su relación con el tabaco, de los vínculos gestuales y rituales entre dos artes, dos prácticas: escribir y fumar. A tres días de la prohibición de fumar en los bares, Pepe Bárcena, camarero del famoso Café Gijón, lugar emblemático por las tertulias literarias de las que ha sido escenario, comenta que “se ha tragado […] todo el humo de la literatura de este país”. Aunque no fuma, lamenta que desaparezca de dicho espacio un hábito asociado siempre a la tertulia.
Una parte del texto:

Pepe Bárcena lleva casi cuatro décadas trabajando en el mítico Café Gijón y es, como él mismo se define, “memoria histórica” del bar. Se ha tragado, confiesa hoy, tercer día de la prohibición del tabaco en los bares, todo el humo de la literatura de este país. Nunca ha sido fumador, pero un par de veces al año las famosas tertulias del local le producen una grave afonía, así que, por una parte, celebra que el Café sea ya un espacio sin humos. Pero, ay, por otra siente cierta pena, la que da decir adiós a un hábito que ha sido parte de la leyenda del Gijón, en el que el tabaco se ha asociado, desde el principio de los tiempos, a la liturgia tertuliana. “Es un vicio ligado al bohemio, a los poetas. Que lo hayan retirado les quita cierta gracia y nuestros clientes, para qué engañarnos, lo llevan mal, aunque no ha habido altercados”, cuenta el relaciones públicas del famoso establecimiento.

Y eso que estamos todavía en unas fechas especiales y que la clientela del Café no ha vuelto de sus vacaciones. Entonces se podrá calibrar de verdad qué tal lo llevan los habituales del cenáculo. En la memoria de este profesional de la hostelería están grabados con el humo de fondo los éxitos literarios que allí se celebraron, el paso de Cela, Umbral, Severo Ochoa, las confabulaciones contra el régimen, cuando el café era “una isla democrática”, y las charlas, como las de Manuel Vicent, que convertían al local “en una fumarola”. El que más fumaba, rememora, era César González Ruano, pero citar a los fumadores insignes del Gijón es “como leer las páginas amarillas”.

Uno de los que por allí pasaron, allá por los cincuenta, al instalarse en Madrid y cuando el Gijón era “el parnaso que había que conocer de cerca”, fue José Manuel Caballero Bonald, fumador hasta hace unos 15 años, cuando se despidió del vicio tras una gripe que lo mantuvo tres días en cama. En opinión del jerezano, la nueva prohibición no es “especialmente justiciera porque la libertad del fumador ha quedado disminuida”. Y va más allá afirmando que “cada cual puede matarse de la mejor manera posible”. Ex fumador tolerante, de los que aguantan el humo a su alrededor, revela sin embargo que nunca escribió en los bares animado por el tic del cigarrillo: “Es algo que está fuera de mis gustos y de mis capacidades”. Pero, en cambio, en tiempos sí utilizó el tabaco para trabajar, como “un reflejo condicionado”. Sí lamenta que se haya esfumado del cine ese rito habitual en el que el actor llegaba a su casa, se servía un whisky y se encendía un cigarro. “Que ya no se fume en la pantalla connota una cierta servidumbre a las prohibiciones”, concluye.

Como él, Rafael Chirbes también estima que las personas mayores de edad tienen derecho a hacer lo que quieran, y que la hospitalización ya está pagada con cada paquete comprado. “También son malos el alcohol, el humo de los coches…”, ataja. A su juicio, debe haber bares para fumadores y bares mixtos y siente que el modelo anglosajón se imponga de nuevo en materia de prohibiciones. Sobre los escritores, reconoce que la mayoría ha fumado, como lo han hecho los personajes, también los suyos. Para escribir necesita tener su “cigarrito al lado”, y sostiene que el tabaco le ha animado a entablar conversación en los bares. La unión del tabaco a la literatura la considera “evidente”, y se acuerda antes de colgar de un libro clave en esta materia, La conciencia de Zeno.

A favor de la ley, Felipe Benítez Reyes, poeta y fumador compulsivo, opina que, aunque “incómoda”, la nueva normativa “tiene sentido”. Se define, no en vano, como un fumador en contra del tabaco, y celebra que la buena nueva pueda ayudarle a fumar menos. Sobre la relación del tabaco, los bares y la literatura considera que él no perderá nada, puesto que nunca escribió en espacios públicos, y que esa imagen del escritor asido al cigarrillo e inspirándose al calor del bar responde al “pintoresquismo” y no a la realidad, salvo excepciones como la de José Hierro. Lo que sí cree es que tendría que haber bares sólo para fumadores, y al tiempo observa “un fondo de puritanismo” en la medida del Gobierno: “Hablamos de una droga legal que va a percibirse ilegalmente”. ¿Y las tertulias? Pocas, pocas, porque no hay muchos escritores en Rota y, además, que él no cree que el tabaco haya influido en el talento, “hay grandes escritores que han fumado y otros que no. Como el tabaco no es alucinógeno no creo que tenga repercusión alguna en la creación, que yo sepa”, bromea.

También satisfecho con la medida está Juan Marsé, que dejó el tabaco “hace 25 ó 30 años”. Desde la distancia evoca el esfuerzo que le supuso abandonar el hábito, porque lo vinculaba al trabajo: “No concebía sentarme frente a la máquina de escribir sin fumar. Tardé como tres meses”. El cigarrillo, señala, formaba parte de la gestualidad de muchos personajes, de una serie de tics que tanto en la literatura como en el cine conformaban un ritual. Pero, más allá de esto, cree que las letras “no pierden nada”. Tampoco las tertulias, “en unas se fumaba, en otras no, y tampoco el tabaco era un tema primordial”.

Por su parte, un enfadado Andrés Barba, que sí practica el tabaquismo, considera que la ley es “un atropello paternalista que mide bastante bien el termómetro de la razón por parte de este Gobierno”. En este sentido, amplía que el Estado no debe asumir unas funciones que no son suyas defendiendo al ciudadano de sí mismo: “Eso es anticonstitucional”. Y reconoce, además, que en su oficio lo de fumar es muy habitual, pero no sabe si significa gran cosa: “Los escritores también beben mucho y no creo que afecte en nada”. Su conclusión es que la ley no entorpecerá la literatura, sino “la vida en los bares en general”. Esperemos que se acabe aquí la cacería y que más adelante no sea el papá Estado quien decida lo que podemos beber y cuánto. Es como si dijeran: queridos conciudadanos, son ustedes tan estúpidos que vamos a tener que cuidar de su salud”.

Al hilo de lo que cuenta Barba, Pere Gimferrer plantea una pregunta: “Yo nunca he fumado, pero resulta sospechoso el silencio universal que hay sobre el alcohol. No digo que lo prohíban, porque esta ley es un disparate, pero me da chamusquina”. Lo primero que le viene a la cabeza cuando se trata del binomio tabaco y literatura es la pipa de Sherlock Holmes o el Poeta en Nueva York de Lorca, así como se le aparece una lista interminable de películas en las que el tabaco tiene un papel primordial (y series, enganchado como está a la muy tabáquica Mad Men). “Ambas cosas, tabaco y alcohol, tienen mucha antigüedad, así que esta persecución no me cuadra, me siento tentado a pensar que hay otros motivos. ¿Es cuestión del Estado que los ciudadanos se vuelvan virtuosos? No, yo no acabo de ver la relación del BOE con la virtud”, ironiza

También pueden disfrutar Lady Nicotina. Del placer y del vicio de fumar, por James M. Barrie e Italo Svevo. El Cultural nos ofrece un fragmento del libro acá.

About Irad Nieto

About me?
This entry was posted in Reportaje, Revistas culturales. Bookmark the permalink.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out /  Change )

Google photo

You are commenting using your Google account. Log Out /  Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out /  Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out /  Change )

Connecting to %s