Algo va mal

Fernando Aramburu publica en El Cultural un ensayo crítico sobre el libro Algo va mal (Taurus, 2010), de Tony Judt. Escribe:

Hace un par de años Tony Judt (Londres, 1948 – Nueva York, 2010) acababa de cumplir los sesenta y se hallaba en la cumbre de su carrera. Su estudio sobre la Historia europea desde 1945 a nuestros días (Postguerra, Taurus) había tenido una excelente acogida y sus ensayos en The New York Review of Books le habían convertido en uno de los intelectuales más destacados del mundo anglosajón. Británico de nacimiento pero asentado en los Estados Unidos, marxista y sionista en su primera juventud, socialdemócrata y crítico de la política israelí en su madurez, Judt combinaba una gran erudición con un buen estilo literario. Los lectores españoles hemos podido apreciarlo tanto en Postguerra como en su estudio sobre la intelectualidad francesa de izquierdas (Pasado imperfecto, Taurus) y en sus magníficos ensayos sobre Arthur Koestler, Primo Levi, Albert Camus o Leszek Kolakowski recopilados en un libro reciente (Sobre el olvidado siglo XX, Taurus). Pero un día, cuando se hallaba en la plenitud de sus facultades intelectuales, le alcanzó una gravísima enfermedad que fue paralizando progresivamente sus músculos hasta llevarle a la muerte, ocurrida el pasado mes de agosto.

Su mente permaneció activa hasta el final y en el insomnio de sus noches memorizaba párrafos que luego dictaba a un ayudante. Ese es el origen de su breve último libro, Algo va mal, que representa su testamento, su postrero esfuerzo para trasmitir a las jóvenes generaciones la advertencia de que el actual culto al individualismo y al éxito en los negocios implica un desastroso abandono de los lazos de solidaridad forjados por las generaciones que en las décadas centrales del siglo XX construyeron en Europa y en Norteamérica los pilares del Estado de Bienestar. De lo ocurrido culpa a Reagan y a Thatcher, a Clinton y a Blair y más allá de ellos a sus remotos mentores intelectuales austriacos, encabezados por Hayek, que cayeron a su entender en la idolatría del mercado y en el desprecio de todo lo público.

Su perspectiva es abiertamente socialdemócrata pero no se aparta demasiado de los principios de un conservadurismo compasivo, basado en la convicción de que los lazos de comunidad entre los ciudadanos son el cimiento de la vida social. No es por ello extraño que Chris Patten, el antiguo ministro, gobernador de Hong Kong y comisario europeo, hoy canciller de la Universidad de Oxford, haya escrito en The Observer que Algo va mal contiene muchas afirmaciones que un anticuado tory como él ha de aplaudir con entusiasmo. De hecho el llamado consenso socialdemócrata de mediados del siglo XX representó un encuentro de tradiciones políticas diversas. En Suecia el Estado del Bienestar lo crearon los socialdemócratas, pero en Alemania e Italia lo hicieron los demócratas cristianos. Lo específico de la socialdemocracia, observa Judt, no eran las políticas de bienestar en sí mismas, sino el sueño igualitario que las respaldaba. Cuando el hundimiento del comunismo, fraterno enemigo de la socialdemocracia, supuso el fin de aquel sueño, ésta perdió sus señas de identidad. Frente a las dificultades actuales los socialdemócratas carecen de respuestas propias

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