Tiros de gracia

En el número 112 de la revista El Malpensante se publicó una escalofriante crónica sobre uno de los métodos que distintos gobiernos han usado para quitar de las calles a las personas que las “afean” y las “ensucian” (y que además no saben qué hacer con ellas o no les interesa): la limpieza social. En la siguiente crónica, Juan Miguel Álvarez nos relata un capítulo de dicha infamia en Colombia, particularmente en Pereira:

>2007<

Un domingo caluroso de noviembre, a eso de las cinco, nos contaron que en la madrugada anterior un indigente había sido apuñalado frente al cementerio de La Virginia –municipio ubicado a orillas del río Cauca, al sur del área metropolitana de Pereira– y que una señora se había salvado de morir de la misma forma. El caso coincidía con otras muertes ocurridas a lo largo del año.

Varios periodistas –Paola Atehortúa, cronista judicial de La Tarde, Simón Bolívar, redactor de Q’hubo, Nahún Guerrero, el reportero gráfico, don Óscar, el conductor, y yo– fuimos hasta La Virginia. Al llegar, dimos una vuelta por el cementerio y vimos sobre el asfalto la mancha de sangre de la víctima cubierta por aserrín. Preguntando aquí y allá, llegamos al parque principal donde nos habían dicho que vivía la sobreviviente. La mujer estaba sentada sobre una colcha bajo la protección de un árbol y de un poste del alumbrado público. De piel quemada por el sol, tendría unos setenta años. Le conté diez heridas, todas cosidas, pues acababa de salir del hospital. Olía a pañal usado.

–Un muchacho me quería matar –nos dijo con voz ahogada–. Me tiraba y yo me defendía, por eso tengo los brazos todos llenos de cortadas –los levantó y nos mostró las suturas–. Yo me defendía con todas mis fuerzas. Hasta que un señor de los que barren las calles nos vio y se vino con la escoba y el muchacho que me estaba dando puñal salió corriendo. Ese señor me salvó la vida porque luego me ayudó a ir a urgencias.

Era desconcertante que la mujer hubiera resistido los ataques: sus brazos y piernas tenían el grosor de los de un niño y su altura no sobrepasaba el metro cincuenta. Nos dijo que ya había declarado en la policía quién era el criminal y por dónde podían encontrarlo.

En la estación de policía, Simón Bolívar, el redactor de Q’hubo a cargo de este caso, conversó con el comandante. De entrada, le preguntó si no existiría un plan de exterminio contra los indigentes. En lo que iba del año habían asesinado a más de quince, todos de la misma forma: a puñal y bien entrada la noche. El comandante dijo que estaban a punto de capturar al sospechoso, que ya sabían quién era pero que no lo habían podido encontrar. Que era cuestión de tiempo. Agregó que, de los quince casos, solo tres o cuatro podían relacionarse con el mismo asesino. Por el tono de sus frases, entendimos que para él no era lo mismo un asesino serial de cuatro homicidios que uno de diez. A los pocos días, la policía capturó al criminal: menor de 25 años, indigente como sus víctimas y drogadicto. No inculpó a nadie más

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