Huir del silencio

En un ameno artículo Roberto Merino reflexiona sobre los cambios en su relación con el silencio. De joven lo buscó; hoy no lo soporta y se entrega a los cafés para poder leer y escribir. Escribe Merino:

Cuando yo era joven —allá lejos y hace tiempo— era un gran buscador de silencio. Me parecía que el silencio era el elemento natural, imprescindible, de cualquier iniciativa de escritura. Por lo tanto, derrotado por las ruidosas evidencias de la vida corriente —radios, discusiones, martillazos, telefonazos— esperaba las horas en que mi familia se dormía para sentarme frente a la máquina de escribir. Terminaba dando algunos manotazos sobre las teclas y sin lograr resultados me iba a dormir yo mismo, a ver si el sueño me diluía la sensación de fracaso.

También esperaba con ansiedad los veranos, cuando todos se iban a la playa: por fin tendría tiempo y espacio y soledad para escribir, y sobre todo silencio, el silencio profundo de una casa de murallas gruesas e interiores altos y sombríos. Con todo a mi disposición, en esas circunstancias tampoco escribía demasiado. Simplemente no me resultaba. Y llegaba marzo, se reanudaba el ruido y yo sólo había acrecentado la culpa por mi inutilidad.

Tarde en la vida me di cuenta de que el problema radicaba en la ubicación y el ajuste del ego. No podía antes entender algo que había dicho Adolfo Couve en una entrevista de 1971 o por ahí: que un escritor con escritorio estaba fregado. Yo tenía un escritorio feroz, estatuario, diseñado como para que sobre su cubierta se redactara una carta constitucional o se echaran las bases de una gramática. El escritorio era a la vez una impostura y una manifestación del superyó. Veo ahora el armatoste, en el recuerdo, como si hubiera sido una persona: un ser controlador, retentivo, severo; un juez pataco, grueso y malhumorado.

Es increíble cómo cambia la disposición psicológica con los años. Hoy no soporto el silencio, ahora que cuento con él a destajo. Cuando hay demasiado silencio externo empiezo a ser invadido por el ruido mental: distintas voces, retazos de frases, palabras sueltas sin sentido aparente, todo esto llegando a la conciencia en impulsos caóticos, conformando finalmente un residuo improductivo. Lo que me alivia es el ruido de fondo, particularmente el de los cafés, quizás porque éstos son lugares a los que la gente va por deseo y gratuidad, y donde se pasa más bien que mal

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