Orquesta del Diván de Oriente y Occidente

Les recomiendo ampliamente el fragmento de discurso, publicado por la revista El Malpensante, que Edward Said leyó en 2003 a propósito del significado de la Orquesta del Diván de Oriente y Occidente, creada en 1999 por el crítico literario palestino y el músico judío Daniel Bareinboim. Dijo Said:

A comienzos de 1999, poco después de que Weimar fuera designada capital cultural de Europa durante ese año, Daniel Barenboim recibió la propuesta de tocar en esa ciudad durante el verano. Barenboim y yo decidimos aprovechar la oportunidad para hacer algo diferente: audicionar a un grupo de jóvenes músicos, entre 17 y 25 años (con una excepción, un pianista prodigio palestino de diez años, mi sobrino político), provenientes del mundo árabe y de Israel. Al finalizar las audiciones teníamos la base de una buena orquesta, conformada por intérpretes de siete países árabes e Israel. Convocamos a los seleccionados para agosto de ese año. Durante tres semanas, los jóvenes fueron entrenados por Barenboim, quien dedicaba siete horas diarias a la tarea, hasta lograr hacer de ellos una admirable orquesta. Mi labor era presidir discusiones nocturnas en las que todos participaban; hablábamos de música, literatura, historia y, por supuesto, política.

En Weimar estábamos cobijados por la sombra de Goethe, el habitante más famoso que haya tenido la ciudad, quien escribió allí su obra maestra de madurez, Diván de Oriente y Occidente, un extraordinario homenaje al Islam en general y a Hafiz en particular. Su gran logro fue no solo el magnífico Diván en sí, sino también –muy convenientemente para nuestros propósitos– el uso del arte para reorganizar las polaridades a través de la imaginación; conciliar diferencias y oposiciones, no sobre una base política, sino a partir de afinidades, generosidad espiritual y una estética de renovación. También llevamos a nuestros estudiantes a Buchenwald, uno de los más abyectos campos de la muerte, a solo seis kilómetros de Weimar, para mostrarles cómo pueden coexistir fácilmente y muy de cerca los más grandes logros de la cultura y la más profunda y despreciable maldad.

A partir de esta experiencia, una nueva forma de ver las cosas se reveló ante nosotros y nuestros estudiantes: venían de distintos y a veces radicalmente antagónicos orígenes, pero sus intereses, ambiciones, historias y compromisos del pasado fueron suspendidos durante esas tres semanas y reemplazados por el interés común por la música. La música es un arte silencioso: lo que articula a través de sonidos es algo completamente independiente del mundo de las ideas, los conceptos y las palabras mismas. Pero a la vez es muy dependiente de ese mundo, porque todas esas cosas que se suspenden durante el acto de la música constituyen, paradójicamente, las muy mundanas circunstancias que hicieron posible reunir a estos jóvenes. Esa simultánea oposición y simbiosis entre la música y el mundo resultó sorprendentemente fértil. Pasamos el verano siguiente, de 2000, en Weimar; en 2001 fuimos a Chicago, y a partir de 2002 nuestra Orquesta del Diván de Oriente y Occidente sería adoptada por el gobierno de Andalucía. Sevilla se había convertido en nuestro nuevo hogar.

De Weimar a Sevilla vivimos un cambio radical de trayectoria y paradigma. No había programa político en lo que hacíamos, todo estaba subordinado a la música, que durante tres semanas nos absorbió totalmente, sumada a las implicaciones prácticas de vivir y trabajar juntos.

La importancia de contar esta historia es dejar en claro cómo, a pesar del antagónico y discordante mundo en el que vivimos, siempre existe la posibilidad de crear un modelo social alternativo. Barenboim no es un israelí común y corriente, y me gusta pensar que yo tampoco soy un palestino común y corriente. Pero en nuestro trabajo, en el compromiso con nuestra amistad y la música, y en nuestra entrega al proyecto de la Orquesta del Diván de Oriente y Occidente hay una ruptura de fronteras y un replanteamiento de las rígidas líneas que habían circunscrito hasta entonces nuestra vida pública y privada. De no haber sido por el emblemático estatus de Palestina e Israel nada de esto habría sido posible. Todo parte de esa complejidad, cuyo núcleo es la lucha por los derechos de los palestinos en una tierra santificada por las tres grandes religiones monoteístas; una complejidad tan fértil en el campo de la cultura, la historia, la política y las relaciones personales que, gracias a eso, hemos podido hacer todo lo que hemos hecho.

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