Dos novelas de Horacio Castellanos Moya

Recuperé dos reseñas de mi antiguo blog. Aquí las comparto:

Horacio Castellanos Moya, El asco. Thomas Bernhard en San Salvador, Tusquets Editores, primera edición, España, 2007, 139 pp.

Thomas Bernhard contra El Salvador

Por esta novela, El asco. Thomas Bernhard en San Salvador, publicada en 1997 por una editorial salvadoreña, y reeditada ahora en Tusquets, Horacio Castellanos Moya (Tegucigalpa, Honduras, 1957) recibió amenazas de muerte tan serias, que debió abandonar, quizás para siempre, El Salvador, su país de adopción, y exiliarse en un lado y otro, entre Guatemala, México y España, ganándose la vida como periodista. Se dice que la esposa de un amigo suyo, escritor, tiró un ejemplar de la novela por la ventana del baño, indignada por la crítica feroz que Edgardo Vega, protagonista del relato, profiere contra la pupusa, platillo tradicional de El Salvador o “esa diarreica comida para paladares atrofiados”, según Vega. En 1999, dos años después de las amenazas, Horacio Castellanos regresó a la ciudad de San Salvador para visitar a su familia. “¿Querés que te maten?”, le preguntó un abogado conocido suyo.

Mientras el autor huía, la suerte del libro fue otra: se reeditó año con año; fue bien recibida por la crítica y por escritores como Juan Villoro, Rodrigo Rey Rosa y Roberto Bolaño; algunos lectores pidieron la segunda parte de El asco…, pues “el país estaba peor que nunca: la corrupción política, el crimen organizado, las pandillas, la pérdida del valor de la vida…”; y hasta alcanzó el indeseable status de libro de texto en una universidad.

Como lo sugiere el subtítulo, y como se lo propuso el autor, esta novela es un logrado ejercicio de imitación, estilístico y temático, de la narrativa del escritor austriaco Thomas Bernhard, basada en la repetición torrencial de frases y la invectiva. El asco… es además una crítica demoledora de la política y la cultura salvadoreñas, un ataque mordaz contra el sentimiento patriotero y nacionalista, una minuciosa y obsesiva narración de la decadencia moral, cultural y política de un país que sobrevive de sus ruinas y de una sociedad marcada por los más de 50,000 muertos que causó la guerra civil (1980-1992), una furia que podría igualmente dirigirse a muchos otros países de Latinoamérica. Por esta última razón, no sorprende la petición que algunos lectores hicieron a Castellanos Moya para que escribiera El asco… de sus respectivos países. ¡La cosa está jodida por todas partes!

Esta novela condensa, con gran intensidad, el hastío y la rabia de un resentido, Edgardo Vega, un salvadoreño, profesor de historia del arte, que vive en Canadá porque huye, voluntariamente, de su lugar de origen: “…nunca pude aceptar que habiendo centenares de países a mí me tocara nacer en el peor de todos, en el más estúpido, en el más criminal”. Luego de dieciocho años de estar fuera de su país, Vega regresa a San Salvador para asistir al funeral de su madre y pelear, con su hermano, “ese cretino cuya preocupación intelectual reside en el futbol”, por la herencia. Durante la estancia en la capital, Vega cita en un bar a su amigo Moya para contarle sus impresiones y confirmaciones. El pretendido diálogo se convierte en un delirante y salvaje monólogo, una andanada imparable de insultos contra El Salvador, su capital y la idea de lo salvadoreño, que Moya, el narrador, nos contará con absoluta fidelidad al estilo injuriante de ese Bernhard centroamericano.

Como si cada palabra fuera una granada de fragmentación, Vega arroja sus diatribas contra el Liceo Salvadoreño, los militares, el dinero, los políticos, la guerra, la izquierda (“esos miserables políticos de izquierda […] que antes fueron guerrilleros”), la guerrilla, los ideales, su hermano, su cuñada (“el engendro que sólo ve televisión y hojea las páginas de sociales”), el transporte público diseñado “para transportar ganado no seres humanos”, la televisión, el futbol, la prensa (“la mejor muestra de la miseria intelectual y espiritual de este pueblo”), la universidad nacional, las pupusas, la abominable cerveza Pílsener, etcétera. Nada escapa a la ira de este profesor cuya nacionalidad es ya canadiense, razón por la cual se atrevió a volver, resguardado por su pasaporte, a un país que ha “hecho de la degradación del gusto un valor”, una nación que sólo le produce asco.

Cuando uno termina de leer de un tirón esta novela, porque así se lee este monólogo sin párrafos y sin pausas (más allá de los puntos y seguido), uno comprende la exagerada irritación que generó, a pesar de que es muy divertida. Con asuntos de la patria, se ha dicho, no se juega; con el mal gusto nacional, tampoco. Una de las virtudes de este libro, destacó Roberto Bolaño, consiste en que “se hace insoportable para los nacionalistas […] amenaza la estabilidad hormonal de los imbéciles, quienes al leerlo sienten el irrefrenable deseo de colgar en la plaza pública al autor. La verdad, no concibo honor más alto para un escritor de verdad”.

Horacio Castellanos ha escrito cinco novelas después de El asco…, pero sigue siendo, según sus palabras, “única y exclusivamente”, el autor de El asco…


Horacio Castellanos Moya, Insensatez, Tusquets, primera edición, México, 2004, 155 pp.

Violencia política y memoria histórica

En una reseña anterior destaqué ya la habilidad literaria del escritor Horacio Castellanos Moya (Tegucigalpa, Honduras, 1957) para maldecir y vapulear, al estilo de Thomas Bernhard, Céline y Fernando Vallejo, con toda la contundencia y la justicia posibles. Sean las entelequias de la patria, la intolerable corrección política de la izquierda, el hediondo folclor del pueblo, la farsa de la educación, el opio del futbol, el lloriqueo de la nueva trova o la endógena corrupción de las instituciones, todo pasa por la afilada navaja de Castellanos Moya. Quien haya leído su novela El asco. Thomas Bernhard en San Salvador (1997), una de las más divertidas diatribas escritas contra un país, sabrá que allí donde otros se lamentan, el escritor estalla en carcajadas o se encabrona; su narrativa es la de un exasperado que no condesciende, la de un furioso que no transige ni con el lector ni con sus personajes ni con el mal llamado sentimiento nacional. Cuando uno cree haber captado un mensaje, cuando uno cree haber entendido una escena o descubierto una intriga, Castellanos Moya se encarga de hace volar en pedazos cualquier asomo de certeza. Es un terrorista que ha sembrando bombas en el camino del inocente lector. Como pocas, su pluma ha sabido golpear allí donde no debía. Por eso las amenazas, por eso el exilio en México y Europa.

Además de El asco…, obra realmente memorable, Insensatez es otra de las novelas cortas de Horacio Castellanos Moya que sobresale por el impresionante ritmo de su prosa, el manejo acertado de la tensión en medio de la intriga política y la presencia permanente de un humor negro, mordaz, hiriente.

Narrada en primera persona y en un tono cuando no irónico sí bastante cínico, cáustico a pesar del tema, en Insensatez se cuenta la historia de un corrector de estilo a quien encargan revisar un informe de mil cien cuartillas, auspiciado por el arzobispado, en el que se consigna el genocidio que militares y otras fuerzas del Estado cometieron en perjuicio de los pueblos indígenas de algún país centroamericano. Sólo un insensato como el narrador, cuyo nombre no se menciona, aunque sus invectivas nos recuerden por momentos a Edgardo Vega, el protagonista de El asco…, sólo un corrector y editor insensato podría haber aceptado leer minuciosamente los testimonios de sobrevivientes en los que se relatan verdaderas orgías de sangre, cuatrocientas veintidós masacres de indígenas, así como abusos y violaciones atroces contra guerrilleros y opositores políticos; todo un informe detallado sobre la denominada guerra sucia, tan familiar a Latinoamérica.

A ratos frívolo, casi siempre nervioso, sensible, desbocado y paranoico, conforme empieza a leer el documento, el narrador se sumerge en un mundo de horror que lo angustia y, al mismo tiempo, lo fascina. Corrector al fin y al cabo, literato de mierda, el protagonista parece más interesado en las frases llenas de poesía, en el uso de los adverbios y las repeticiones halladas en cada uno de los testimonios, que en el contenido trágico de las historias: el asesinato masivo, la desaparición, la tortura, la violación sistemática, la antropofagia, la mutilación, en fin, el crimen organizado por el Estado para eliminar a sus enemigos. Sin embargo, el desinterés por los hechos es sólo apariencia, pues a través de las frases encontradas en los testimonios y anotadas en su libreta (“para un posible collage literario”), el corrector va comunicando también sus miedos, su enojo y la perturbación psicológica a que lo está conduciendo la lectura de crímenes indecibles.

“Yo no estoy completo de la mente”, dice una de las frases que más impactó al narrador desde que empezó a trabajar con ese documento siniestro. Esta revelación de un sobreviviente resume “de la manera más compacta el estado mental en que se encontraban las decenas de miles de personas que habían padecido experiencias semejantes a la relatada por el indígena Kaqchikel y también resumía el estado mental de los soldados y paramilitares que habían destazado con el mayor placer a sus mal llamados compatriotas…”. Sólo con el cobijo del odio y la percepción del otro como enemigo, se pudo cometer tan salvaje genocidio.

Para equilibrar el contenido de la narración e introducir contrapuntos, en Insensatez se nos cuenta, por un lado, la vida cotidiana del personaje principal, que va de insípidas borracheras, affaires sexuales y mitotes banales de oficina, y, por el otro, la manera en que poco a poco, mediante la lectura del informe a corregir, se va afectando la estabilidad psicológica del personaje, de por sí frágil. Deterioro mental que se percibe también en los recuerdos y las palabras de todo un pueblo que, con todo, quiso recuperar su memoria histórica.

Aun cuando en la novela no se menciona el nombre del país centroamericano en el que se desenvuelve la trama, no hay duda de que se trata de Guatemala, de su historia reciente, de la guerra civil y la represión que durante treinta y seis años, de 1960 a 1996, ejerció un poder autocrático, bananero, contra opositores de todo tipo, ensañándose particularmente con los indígenas mayas, asesinando y desapareciendo a más de doscientas mil personas. Concluida la brutalidad militar, siguieron las amenazas, la impunidad y el silencio. Aun así, asumiendo todos los riesgos, y con el objetivo de recuperar la memoria de una tragedia, la Oficina de Derechos Humanos del Arzobispado de Guatemala (ODHA), fundada y dirigida por el obispo Juan Gerardi Conedera, junto con el grupo de trabajo Recuperación de la Memoria Histórica (REMHI), elaboraron en cuatro años el meticuloso informe Guatemala: nunca más, en el cual consignaron miles de testimonios de víctimas sobrevivientes relativos a la violencia sistemática que diferentes gobiernos militares de derecha organizaron e infligieron contra la población guatemalteca. El informe se presentó el 24 de abril de 1998. Dos días después, en el estacionamiento de la propia parroquia, asesinaron al obispo Juan Gerardi. La violencia continuaba. Sobre estos hechos, sobre el fango de esta realidad, se asienta la trama y la historia de la novela Insensatez.

Dada la temática, Horacio Castellanos Moya pudo haber escrito una novela de mera denuncia, correcta, maniquea. Sin embargo, el humor natural de su escritura se opuso a tal posibilidad. En sus novelas, la izquierda, la derecha, las organizaciones civiles, el ejército o la iglesia suelen ser igualmente miserables y blancos seguros de su crítica y sus insultos. Insensatez es una novela política intensa, imposible de abandonarla antes del final, como si uno tuviera la certidumbre de que en la siguiente página acontecerá lo más importante. Pero no es así. Ocultando información, omitiendo nombres, revelando indicios infames, Castellanos Moya sabe someter y agitar al lector hasta el desenlace. Con la lectura de esta obra narrativa, puedo afirmar que Horacio Castellanos ha escrito, además de El asco…, otra estupenda novela corta.

Advertisements

About Irad Nieto

About me?
This entry was posted in Crítica literaria, Novela política, Reseña. Bookmark the permalink.

2 Responses to Dos novelas de Horacio Castellanos Moya

  1. FelipeQQ says:

    Te invito a publicar en Letras Sueltas. felipe-quetzalcoatl.com/editorial

    Felipe

  2. Irad Nieto says:

    Estimado Felipe,

    Muchas gracias por tu invitación. Espero enviarte algún texto pronto.

    Saludos!!

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s