El anarquismo en España

En El País Julián Casanova nos hace un recuento de lo que significó el anarquismo para España y miles de españoles revolucionarios. Quizás fue en España donde esta corriente doctrinal libertaria, vinculada con el sindicalismo revolucionario de la CNT, pudo ver cumplidos, por unos meses, sus sueños de libertad sin amos ni autoridad. En su texto La semilla anarquista nos dice Casanova:

El anarquismo que triunfó en España en las primeras décadas del siglo XX, justo cuando desaparecía del resto del mundo, fue el “comunitario”, el “solidario”, estrechamente unido al sindicalismo revolucionario, que confiaba en las masas populares para llevar a buen puerto la revolución. Al servicio de esa causa se fundaron círculos y tertulias, ateneos obreros, escuelas laicas y racionalistas. Desde el primer momento, le acompañaron en su desarrollo numerosas publicaciones que, en su labor ideológico-cultural, criticaron al capitalismo y a las clases dominantes, incitaron a la lucha social y contribuyeron a gestar una red cultural alternativa, proletaria, “de base colectiva”.

“Creo que nos hacen falta dos organizaciones, una abierta, amplia, funcionando a la luz del día; la otra secreta, de acción”, había escrito Piotr Kropotkin, uno de los padres del anarquismo, en 1881. La propuesta, que reflejaba el acoso al que la policía y las fuerzas del orden sometían a los anarquistas en los diferentes países, resultó profética porque por esos dos caminos tácticos transitó el movimiento durante toda su historia, envuelto siempre en una doble organización: una de tipo asociativo, sindical, que federaría a las sociedades obreras alrededor de objetivos reivindicativos; y otra de tipo ideológico, que agruparía a los más “conscientes”, centrada en la propaganda doctrinal y cuidando siempre de las desviaciones reformistas en el movimiento sindical. La Federación Anarquista Ibérica, creada en 1927, y su relación con el sindicalismo de la CNT en los años de la Segunda República constituye el mejor ejemplo de esa dualidad.

Cuando llegó la República, el 14 de abril de 1931, la CNT apenas tenía 20 años de historia. Aunque muchos identificaban a esa organización con la violencia y el terrorismo, en realidad eso no era lo más significativo ni lo más sorprendente de su corta historia. El mito y realidad de la CNT, el único sindicalismo revolucionario y anarquista que quedaba ya en Europa, se había forjado por otros caminos, por el de las luchas obreras y campesinas, un sindicalismo eficaz que ganaba conflictos a patronos intransigentes con los trabajadores. La CNT desarrolló sus lenguajes de clases y sueños revolucionarios en la prensa, en los talleres y fábricas, en las calles. Así, a través del adoctrinamiento y de las reivindicaciones laborales, quedó sellada su definición ideológica, su impronta antipolítica y antiestatal, su sindicalismo de acción directa, independiente de los partidos políticos, llamado a transformar la sociedad con la revolución.

El golpe de Estado de julio de 1936 cambió bruscamente ese rumbo. La guerra civil que siguió a esa sublevación impuso una lógica militar y frente a ella el sindicalismo de protesta y la clásica crítica al poder político quedaron inservibles. Un golpe de Estado contrarrevolucionario, que intentaba frenar la revolución, acabó finalmente desencadenándola. Muchos anarquistas vieron entonces sus sueños cumplidos. Duró poco, pero esos meses del verano y otoño de 1936 fueron lo más parecido a lo que ellos creían que era la revolución y la economía colectivizada. Poco importaba que la revolución se llevara por medio a miles de personas, “excesos inevitables”, “explosión de las iras concentradas y de la ruptura de cadenas”, en palabras de Diego Abad de Santillán. La necesaria destrucción de ese orden caduco era para ellos algo insignificante, comparada con la “reconstrucción económica y social” que se emprendió en julio de 1936, sin precedentes en la historia mundial. Esa es la imagen feliz del paraíso terrenal que transmitió la literatura anarquista, las declaraciones de Buenaventura Durruti a los corresponsales extranjeros, o la prensa que podían leer los obreros de Barcelona y los milicianos en el frente de Aragón.

Metidos en la revolución, en la guerra y en la persecución del contrario, los anarquistas vivieron su edad de oro, corta edad de oro. Extendieron una compleja red de comités revolucionarios por todo el territorio republicano. Colectivizaron tierras y fábricas. Crearon milicias. Participaron en el gobierno de la Generalitat y en el de la República. Y hasta que la revolución se congeló, soñaron despiertos con un mundo sin clases, sin partidos, sin Estado. Los que sobrevivieron la dura represión franquista tras la derrota se fueron a la tumba recordando aquella revolución popular, sin amos ni autoridad.

Las cárceles, las ejecuciones y el exilio metieron al anarquismo en un túnel del que ya no volvería a salir. Sus militantes resistieron en la clandestinidad, protagonizaron diversas escaramuzas en la guerrilla y asomaron sus cabezas en algunos conflictos. Muchos de ellos se enrolaron en la resistencia francesa contra el nazismo, pensando que aquella era todavía su guerra, la que acabaría con todos los tiranos. Pero murieron Hitler y Mussolini, las potencias del Eje fueron derrotadas y Franco siguió. El anarquismo no pudo ya respirar. La guerra y la dictadura lo destruyeron. Los cambios que se produjeron desde los años sesenta, con la modernización y el desarrollo, le impidieron echar de nuevo raíces.

No fue solo un fenómeno español, pero el anarquismo acabó identificado con la historia de España de la primera mitad del siglo XX, como se han encargado de recordar decenas de testimonios, documentales, libros, novelas y películas que han mantenido la llama encendida frente a todos sus detractores. Así de solemne, compleja y contradictoria resulta su historia.

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