Libros entre piratas

Un día de marzo de 2008 el encargado de las oficinas en Perú de la editorial internacional Planeta recibe una llamada de Madrid, sede de la editorial. Los agentes y representantes de Paulo Coelho estaban muy molestos. El nuevo libro del autor brasileño, El vencedor está solo, que circularía hasta el mes de julio, se había visto ya por las calles del Perú en una edición pirata, a pesar de que ni siquiera se había traducido al español. Debían llevarse a cabo acciones concretas, exigían los representantes del novelista.

Apenas salió a la calle Rodrigo Rosales (nombre del director de Planeta Perú) se encontró con la edición ilegal de la última novela de Paulo Coelho. Pero no le asombró: si se piratean con gran rapidez libros de autores que venden pocos libros, con mayor razón debían de reproducirse ilegalmente las copias de un novelista best-seller que genera millones de dólares en ventas. Así era la piratería. Sin embargo, ocurrió algo extraño. Cuando salió a la venta el libro original, Rosales comparó la traducción entre ambas ediciones y se percató de que eran casi idénticas. Por lo tanto, algún infiltrado en la propia Planeta España había robado la traducción oficial y la había vendido a traficantes del mercado pirata.

Esto que les cuento es parte del espléndido relato Vivir entre piratas, de Daniel Alarcón, publicado por la revista The Barcelona Review, en el que de una manera extraordinariamente fluida e informada se indaga sobre el fenómeno de la piratería, especialmente de los libros, de la ilegalidad como forma de vida cotidiana, pero también sobre la corrupción política y mafiosa cuya cima parece representada por el régimen de Alberto Fujimori.

Comparto algunos fragmentos del texto:

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En marzo de 2008 Rodrigo Rosales, director de las oficinas en el Perú de la editorial internacional Planeta, recibió una llamada urgente desde Madrid. Los representantes de Paulo Coelho estaban enfadados. Al parecer la última novela del brasileño, El vencedor está solo, había sido vista en las calles de Lima en una edición no autorizada. Rosales se quedó helado. Coelho es un superventas permanente en ese país (como en todo el mundo) y es seguro que cada libro que publica será pirateado casi inmediatamente después de su publicación, pero ésta no estaba programada hasta julio de ese año. Es más, ni siquiera había sido traducida al castellano.

Aunque la piratería de libros existe en Latinoamérica y en todos los países en desarrollo, cualquier editor con experiencia internacional en la región sabe que el problema en el Perú es a la vez único y profundo. Según la International Intellectual Property Alliance, la industria editorial local pierde más dinero con la piratería que ninguna otra de Sudamérica con la excepción de Brasil, cuya economía es más de ocho veces mayor que la peruana. Un reporte encargado en 2005 por la Cámara Peruana del Libro (CPL), consorcio nacional que agrupa a editoriales, distribuidores y vendedores, llegó a conclusiones aún más alarmantes: los piratas estaban generando más empleo que los editores y vendedores formales, estimándose un impacto económico combinado de 52 millones de dólares americanos, equivalente casi al cien por ciento de las ganancias totales de la industria legal. Los piratas operan a plena luz del día: sus vendedores recorren las calles de la capital, llevando pesados lotes de libros por entre los atascos de tráfico o extendiendo una raída manta plástica azul sobre la vereda, desplegando su mercadería con el deseo de que todo transeúnte la note. Se les puede encontrar frente a institutos, escuelas y edificios de gobierno, o merodeando en los pasillos de los mercados donde la mayoría de limeños hacen compras. Un sábado, me encontré a un hombre vendiendo textos legales pirateados (copias en rústica con pinta oficial, tan bien hechas que me costó creer que fuesen falsas) que me contó que durante la semana alquilaba un puesto en la facultad de derecho de una universidad local donde –se supone– los futuros abogados peruanos aprenden sobre derechos de autor, propiedad intelectual y otros conceptos tan fantásticos como sin importancia. Los fines de semana de verano, estos vendedores trabajan en las playas al sur de Lima o se congregan en los peajes de salida de la ciudad. En la periferia de este negocio están los ladrones, bandas de hábiles roba-tiendas que se especializan en el hurto de libros mientras pululan por eventos del sector y librerías establecidas, alimentando un vibrante mercado de reventa llamado libros de bajada. Luego están los mismos piratas, fabricantes informales de libros cuyas rotativas usadas y reusadas se esconden–para no levantar sospechas– dentro de casas situadas en cualquier barrio pobre de la ciudad. La extensión de sus operaciones puede llegar a las 40.000 copias por semana y, gracias al fenomenal aparato de distribución con que cuentan, pueden vender tres veces más copias de un libro que las editoriales autorizadas para hacerlo. Tratándose de un superventas como Coelho, la cifra podría ser incluso mayor.

No pasó mucho tiempo hasta que Rosales pudo confirmar la historia. Salió a buscar el libro inédito de Coelho, y lo encontró en la primera intersección importante por donde pasó. Había que hacer algo. Los piratas peruanos de libros son de lo más laborioso, rápido y hasta pícaro del mundo, lo cual Coelho y sus agentes saben muy bien. Al comienzo de esta década, los piratas habían casi aniquilado la industria editorial peruana, y ya se da categoría de milagro a su supervivencia y posterior reflotamiento. Se sabe que los libros de imitación impresos en Lima terminan apareciendo en Quito, La Paz, el norte de Chile y hasta Buenos Aires. Esta misma edición de Coelho, si fuese exportada, podría inutilizar la importante inversión hecha por la casa matriz de Rosales para publicar la novela en el mundo hispanoparlante. La gente de Coelho quería acciones.

Así empezaba la última escaramuza de la intermitente batalla contra la piratería de libros en el Perú. La CPL formalizó un proceso legal, se empezó una investigación y meses después, el 23 de junio, sin haber encontrado aún las imprentas donde estaba siendo impreso el libro de Coelho, la CPL ayudó a organizar una intervención policial directamente en los puntos de venta. El lugar elegido fue el Consorcio Grau, mercado informal ubicado en una congestionada arteria del centro de Lima conocido por la mercadería de origen no confirmado que allí se comercia. La operación incautó casi 90.000 libros por un valor aproximado de un millón de soles (348.000 dólares americanos). La noticia fue cubierta por todos los medios de comunicación, aunque pocos repararon en el detalle de que los puestos de venta estaban abiertos al día siguiente, con el stock habitual. Quizá esto no era novedad. Los piratas de libros, como los traficantes de droga, tienen asumido que cierto porcentaje de sus existencias no llegará al mercado. Estas pérdidas están dentro de sus presupuestos, como parte aceptada del costo de su negocio…

About Irad Nieto

About me? Irad Nieto es ensayista. Durante varios años mantuvo la columna de ensayo “Colegos” en la revista TextoS, de la Universidad Autónoma de Sinaloa. Publicó el libro de ensayos El oficio de conversar (2006). Ha colaborado en diversas revistas como Letras Libres, Tierra Adentro, Nexos, Crítica y Luvina, entre otras. Fue columnista del semanario Río Doce, así como de los diarios Noroeste y El Debate, todos de Sinaloa. Su trabajo ha sido incluido en la antología de ensayistas El hacha puesta en la raíz, publicada por el Fondo Editorial Tierra Adentro en 2006 y en la antología de crónicas La letra en la mirada, publicada en la Colección Palabras del Humaya en 2009. Actualmente escribe la columna quincenal “Paréntesis” en El Sol de Sinaloa.
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5 Responses to Libros entre piratas

  1. Eduardo says:

    (Te pido borres el primer comentario, salió, no sé por qué, con mi e-mail como nombre del comentarista)

    En mi país, o por lo menos en mi ciudad, el fenómeno de piratería de libros prácticamente no existe. No obstante, imagino por el fragmento publicado que con ellos ocurre lo mismo que con la piratería de cd’s, dvd’s, ropa e incluso medicina: el gobierno trata el problema de la misma manera hipócrita. Sabe dónde se vende, a veces incluso sabe dónde se fabrica y lleva a cabo algunos operativos de vez en cuando, pero no hay verdadero interés en radicar el problema. La razón puede intuirse con facilidad: no tiene manera de absorber en el trabajo legalmente establecido a los millones de personas que se dedican a esto. Es cierto, debe de haber algunos cuantos que hacen verdaderas fortunas con la piratería, pero las personas que se establecen en los tianguis, los mercados, las paradas de autobús o que incluso entran a los edificios de gobierno cargando un maleta llena de películas viven al día. Declararle la guerra abierta y sin cuartel a la piratería podría provocar creo yo, disturbios sociales de gran envergadura. De ahí que, como comenta Daniel Alarcón, los fabricantes de estos productos tengan ya fijado un margen de productos que serán incautados y destruidos, pero están seguros que el negocio seguirá.
    Es una grave problemática de la que no se saldrá fácilmente. Las empresas tienen sólo un medio de luchar contra esto: bajar los precios. No nos hagamos tontos, sabemos que la plusvalía en la industria editorial es enorme. A diferencia del cine, por ejemplo, es una sola persona la que imagina todo, no necesita nada más para producirse y a esta persona se le paga un ínfimo porcentaje; toda esa ganancia se la quedan las editores. Sería hora de buscar la comercialización de productos a precios más bajo, ediciones de bolsillo verdaderamente económicas. Se puede. En mi país, la indutria farmaceútica creo una línea de medicinas económicas ante el empuje tanto de la piratería como de las farmacias de similares. Sólo hace falta más voluntad y menos ambición.

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  2. Irad Nieto says:

    De acuerdo con lo que escribes, Eduardo. Por supuesto que las autoridades saben dónde se producen y distribuyen las mercancías piratas. Diariamente vemos por todos lados vendedores de cds, dvds y libros piratas sin ninguna preocupación por las autoridades policiacas. Porque también la piratería es un gran negocio económico, proliferan funcionarios corruptos que la toleran y la protegen. Otro asunto es el de los vendedores en la calle, quienes, como dices, obtienen de allí ingresos para comer. Por otra parte, mientras continúen los altos precios de libros, cds y dvds, seguirán reproduciéndose y vendiéndose copias no originales.

    Saludos!!

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  3. frank says:

    Hola a ambos, yo he visto pirateria que conserva la leyenda de Dile no a la pirateria. La verdad el fenomeno tiene su origen en lo que comenta Irad, los altos precios de algunos productos, precios que no tienen correspondencia con nuestra insipida economia. A parte, el gobierno incapaz que tenemos, carece de la infraestructura para combatir a los piratas. Felipe, paladín de la guerra contra el narco, sólo tiene ojos y discurso para pelear contra los capos. Bueno, también le gusta hablar del bicentenario y la carreteras que ha hecho. carreteras que por cierto tambien pagamos.
    Ojalá pronto saquen una gasolina pirata, porque la gasolina es otra de la grandes inmoralidades de este gobierno.
    Nos vemos.

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  4. Irad Nieto says:

    Frank:

    ¿No es ya pirata la gasolina acuosa que consumen nuestros automóviles?

    Saludos!!

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  5. frank says:

    jajajajajaaja, pirata y espuria, va un saludo…

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