De piratas y cultura

Una de las pocas actitudes que vale la pena cultivar y practicar a lo largo de nuestra vida es la rebeldía, la insatisfacción sistemática y activa contra lo establecido o aquello que se nos ofrece como incuestionablemente establecido por el poder o por el tufo rancio de las costumbres y la tradición social. El ejercicio de la libertad y la autonomía individual incomoda a las buenas conciencias y a la gente de bien, tan proclives a la rigidez de las más ridículas normas de conducta. Entre esas personas que causan problemas en todas partes, que se brincan las cercas, que cuestionan órdenes, que exhiben orgullosos su libertad están los piratas, aquellos que surcaban el inmenso mar, pero también aquellos que hoy navegan por la Internet y saquean información sin respetar códigos de seguridad, alambradas de propiedad intelectual, reglamentos de censura y políticas de mercado inherentes al capitalismo rapaz.

En su ensayo Breviario de insumisión pirata, Vivian Abenshushan lleva a cabo un “rápido inventario” de diversos momentos y acciones que identifican a los piratas, una historia que va de los griegos, con Ulises y Aquiles, hasta nuestros modernos hackers, esos curiosos exploradores tecnológicos que penetran intrincados sistemas de seguridad para protestar contra las instituciones, para joder o para compartir con la comunidad música, literatura, cine, arte…

Les comparto el siguiente fragmento del ensayo publicado por la revista Luvina:

I. Los locos separados del resto
Los piratas pertenecen a una vieja cofradía: la de los Locos Separados del Resto, la de los Hombres que Causan Problemas en Todas Partes. Son los personajes incómodos, los insatisfechos, los indomables, los que buscan ampliar el horizonte de su existencia más allá del control. Llevan vidas irregulares, excesivas, llenas de libertad. Ya sea porque el azar los ha maltratado o porque el espacio que les ha conferido la sociedad les parece demasiado estrecho, un día deciden abandonarlo todo, emprender la deriva por bosques y ciudades, hacerse al mar. Son hombres y mujeres de alma nómada (a veces desalmados) que no siguen más rumbo que el de su propia estrella. Son los goliardos, los poetas vagabundos, los pícaros, los alborotadores, las prostitutas, los malditos, los bluesmen, los grafiteros, los hackers. Por donde quiera que pasan la sociedad se estremece. Entre ellos el pirata se encuentra como en casa. O mejor aún: es él quien preside la mesa redonda de los tiempos, es el espíritu ascendente, el fantasma más radical y temible. También el más popular. Con la piratería arranca una historia secreta hecha de personajes como el Lolonés, Barbarroja, Francis Drake, una genealogía tan antigua (y tumultuosa) como la genealogía oficial, la de la realidad estatuida, la de los policías y los políticos, esos «grandes rufianes legales», como los llamaba el capitán Bellamy. Los piratas son los primeros punks, los primeros desobedientes, los primeros anarquistas. Blasfeman, no pagan impuestos, violentan a los Estados, defienden todo tipo de causas perdidas. Son la antisociedad, los transgresores de las leyes del mar. Unos los temen, otros los admiran. Su figura es ambigua (ambigüedad moral y muchas veces, también, sexual), es decir, inquietante. Son héroes y al mismo tiempo granujas sin piedad. Por alguna razón que los sociólogos y los historiadores llamarán misteriosa, sus tropelías, incluso las más crueles, se volverán legendarias; lo mismo que sus batallas contra los tiranos, esa puesta en práctica de sus ideas libertarias.

De modo casi natural, los piratas se organizan, se constituyen en asociaciones, clanes, bandas. Se inventan reglas de convivencia, establecen un código particular (honor, igualdad y autonomía son sus baluartes). Fundan repúblicas, islas de la camaradería: la República Pirata de Sales, Los Hermanos Avitualladores, los Mendigos del Mar. Entre ellos una cosa es clara: aman la autonomía y por eso evitan a toda costa la concentración de poder y la aparición de líderes. En sus zonas liberadas todos reinan y el botín se reparte siempre en partes iguales. Un ejemplo es la Cofradía de los Hermanos de la Costa, la célebre república antillana de filibusteros fundada en la Isla de la Tortuga, que sería leída con el tiempo como un ejercicio de sociedad anarquista, acaso un atisbo de utopía, un lugar sin prejuicios de nacionalidad ni religión, sin trabajos forzados ni propiedad, donde los derechos de cada individuo garantizaban los de todos.

II. La sombra de los proscritos
Cuando en el siglo xix la nueva tecnología mercante y su gran velocidad hicieron imposible la piratería, se escuchó el grito: «La piratería ha muerto. ¡Viva la piratería!». La sombra del pirata se desprendía así del pillaje sanguinario para convertirse en otra cosa, quizá una metáfora, la inspiración de renovadas operaciones de ruptura. Para algunos, sus detractores, seguirá siendo sinónimo de criminalidad, contrabando de mercancías, pero también de una práctica nueva: saqueo de información cibernética. El pirata es un delincuente, una figura del mal. Para otros, herederos del espíritu autónomo de Los Hermanos de la Costa, representará más bien un método para abrir fisuras en los muros del control político y social, y encontrarán en el mar de internet un infinito universo de incursiones, el lugar propicio para liberar islas de información compartida, gratuita, colectiva. Pero la piratería también formará parte del marketing, será playera, película de Hollywood, best-seller, uniforme de beisbol, tienda para buscadores de tesoros. En cualquier caso, la ambigüedad moral del pirata prevalecerá y su bandera ondeará aquí y allá para significar muchas cosas.

De los piratas cibernéticos al Partido Pirata sueco, la vitalidad de la piratería como metáfora (o figura de resistencia) reside en su capacidad de simbolizar simultáneamente la disolución y la comunidad, es decir, el rechazo hacia ciertos valores establecidos como afirmación de que todo es nuevamente posible, de que la sociedad puede reinventarse. Cuando los piratas dijeron «¡Al diablo con sus valores!» estaban tirando por la quilla a la familia, el trabajo, las diferencias de clase, la autoridad, para construir una convivencia horizontal enteramente distinta, fundada en el deseo vehemente de libertad, una libertad sin jerarquías. Lo que viene a continuación es un rápido inventario de ciertas actitudes repetidas en el tiempo, los fragmentos aún vigentes del espíritu irredento de la piratería trasladado al territorio cada vez más frágil de la cultura. Se trata de una historia marginal que zarpa de la isla griega de Samos y desembarca en los enclaves hacker de internet. Lo que propone esta historia, hecha de pedacerías, es el acceso hacia una cultura que se resiste a la mezquindad del mercado; una cultura no oficial que cree en el gusto por lo verdaderamente comunitario, eso que los situacionistas entendieron como una fiesta interminable, donde ya no se oyen lamentos o blasfemias, sino la alegría del juego gratuito, compartido.

III. Una guarida del arte
La historia comienza, ya se sabe, con los griegos: los primeros piratas. Antes de combatir en Troya, Aquiles fue eso, un bandolero del mar, lo mismo que Ulises. Temerarios y grandes marinos, situados en el centro del comercio mediterráneo, los griegos encontraron en las costas de la Hélade escondrijos inmejorables. Como si la búsqueda de la autonomía formara parte de la naturaleza misma del espíritu pirata, su ejercicio apareció muy pronto, directamente en las madrigueras donde se repartía el botín. Así sucedió en Samos, la guarida de Polícrates, el pirata con la flota más poderosa de la antigüedad. Aquella pequeña isla del Asia Menor fue primero su escondite, luego su reino. Se trataba de una transfiguración drástica: de nido de rufianes, la isla se convirtió en ciudad de las artes. Amo absoluto del mar Egeo, el pirata-príncipe (el tirano, para usar el término griego) atrajo a su corte a poetas, médicos, artistas. Entre ellos se encontraba Anacreonte, su amigo íntimo. También llamó a los mejores arquitectos y escultores para construir una muralla, un acueducto, un palacio magnífico y un imponente santuario a Hera comparado por Aristóteles con las pirámides de Egipto. Mecenas soberano, a Polícrates se atribuye también una de las primeras colecciones públicas de libros. Tal vez por eso se volvió tan popular entre su gente, porque transformaba el botín en biblioteca.

IV. Piratas cibernéticos
Alguna vez internet reanimó los viejos sueños de una Arcadia posible, un lugar fuera del espacio y del tiempo donde todo cabría milagrosamente y quedaría siempre a la mano, un medio universal de acceso libre e irrestricto, ajeno a los sobresaltos de la propiedad, sin guardias malencarados ni rejas con púas. ¿Una república pirata como la de Polícrates? Algo semejante, una interzona de software gratuito y comunitario. Sin embargo, internet, como ha sucedido con toda la tecnología informática, dejó muy pronto de ser el reino de la disponibilidad permanente, la biblioteca abierta, para convertirse en tesoro de monopolios, mecanismo de vigilancia y depósito de la paranoia generalizada (el miedo, ya se sabe, es el síndrome de nuestra época).

Uno de los inventos más remuneradores (y falsos) que el control social ha lanzado al mercado en los últimos años es el pirata cibernético. Se trata del nuevo chivo expiatorio de una sociedad emergente, la sociedad red, cuyo territorio virtual, hecho de complejos circuitos de información y pasajes invisibles —internet— fue construido, qué paradoja, gracias a las incursiones y los juegos de los piratas cibernéticos. O de algunos parientes con nombres aún no difamados (freaks informáticos, científicos del mit, hackers) que deseaban comunicarse entre sí a través de modems para luego compartir esa comunicación con otros. ¿Cuál ha sido su delito? La curiosidad tecnológica, el espíritu de exploración. Y también: la voluntad de liberar la cultura y la tecnología, es decir, de convertir, como Polícrates, el botín en biblioteca. Un hacker (que preferiría no ser llamado pirata, ese criminal) se define a sí mismo como un niño que desarma un reloj para ver su mecanismo; pero a veces, al armarlo de nuevo, descubre que ha creado algo distinto. O que en su exploración ha penetrado en un sitio prohibido, violando los sistemas de seguridad. Tal vez el reloj no era suyo. Entonces cunde el terror como si la amenaza pirata renovara su carga sobre los muros virtuales del Estado. La alarma se hará sonar: «¡Un chico ha entrado en nuestra red sin avisar! ¡Y podría hacernos volar en pedazos o provocar una guerra nuclear!». El Estado terminal, suplantado hace tiempo por los poderes fácticos de los medios y las corporaciones, decide recuperar su lugar y reforzar la seguridad.

Un día, lo que había nacido gratuito y descentralizado se convirtió en mercancía que no se podía llevar a casa sin pagar. El rizoma, la red de información pirata, volvió a la vieja arquitectura monolítica del cliente-servidor: una pantalla de publicidad perpetua; una discoteca con música prepagada. No sólo eso: aquella zona que había surgido sin prejuicios de nacionalidad ni clase, sin presencia del Estado ni del dinero, ingresó inevitablemente en los dominios de lo punitivo. Entonces los adolescentes que comenzaron a bajar música gratis de espacios p2p (peer-to-peer o intercambio de archivos entre iguales) como Napster se convirtieron en delincuentes perseguidos con el mismo ímpetu que los terroristas y los narcotraficantes. ¡Pero si los chicos sólo querían escuchar a Bob Dylan! Es el momento de la cacería de brujas. Y también: de la insubordinación cultural. Y así, la bandera pirata vuelve a ondear en los conciertos de rock, con la leyenda «We download your music». Después de todo, el pirata cibernético no es más que alguien que desea navegar alegremente por el mar que él mismo ha creado.

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