Italo Calvino, hombre de pocas palabras

Ernesto Ferrero, colega y amigo del escritor Italo Calvino, escribió un perfil, que ahora publica la revista El Malpensante, en el que retrata la relación del autor de Ciudades invisibles con las palabras, el silencio, el encierro, la vida familiar, el trabajo de editor, el amor por los libros propios pero también ajenos, el miedo excesivo a las críticas, las obsesiones por la escritura virtuosa que enseñan los clásicos, etcétera. Es un texto más o menos largo pero vale la pena leerlo. Algunos fragmentos:

Calvino era brusco, de pocas palabras. Por timidez, por la costumbre del silencio que le venía de los antepasados, quizá por un reflejo defensivo con relación a un padre y una madre autoritarios, a quienes habría sido inútil oponer resistencia. Él mismo lo había escrito: la palabra es una cosa hinchada, blanda, medio asquerosa, mientras que cualquier tipo de comunicación debería perseguir el modelo de la máxima economía y precisión. En la primavera de 1984 Calvino estaba en Sevilla con su mujer, Chichita, argentina de nacimiento. En un hotel de la ciudad, Jorge Luis Borges, ciego desde hace tiempos, estaba reunido con un grupo de amigos. Llegaron también los Calvino. Mientras Chichita conversaba amablemente con su paisano, Italo, como siempre, se mantenía apartado, tanto que a ella le pareció oportuno aclarar:
“Borges, Italo también vino…”.
Apoyado en su bastón, Borges levantó el mentón y dijo tranquilamente:
“Lo reconocí por su silencio”.
Era distante y a veces su distancia resultaba hiriente; algunos le preguntaban el motivo. A Giovanni Arpino [escritor y periodista italiano], que le reprochaba su “frialdad de paleta”, le decía: “¡Ojalá!”. Porque él en cambio se sentía aún demasiado jovial. Al exuberante Domenico Rea, a quien le parecía imposible no llegar a tener un trato familiar con quien quisiera, le explicó una vez con ironía los motivos de su propio laconismo: se debía a las necesidades impuestas por “el febril ritmo de la producción industrial”; por “elección estilística” y fidelidad a la enseñanza de los clásicos; por índole, “en la cual se perpetúa el patrimonio de mis padres ligures, linaje que desdeña, como ningún otro, la efusividad. Además, y sobre todo, por convicción moral, porque lo considero un buen método para comunicar y conocer, mejor que cualquier expansión descontrolada y engañosa”. Y finalmente “por polémica y apostolado, ya que a mí me gustaría que todos se convirtieran a este método, y que aquellos que hablan de su propio rostro o del alma mía, se dieran cuenta de que están diciendo cosas inconvenientes y vanas”.

Italo redactaba presentaciones de novedades para los libreros, compilaba de arriba abajo, él solo, los fascículos del Noticiero Einaudi, “periódico mensual de información cultural”, una verdadera revista, con entrevistas, inéditos, anticipos editoriales, reseñas, noticias. Escribía cuentos que le costaba mucho que le aceptaran en diarios y revistas. Con un amigo de su misma edad, Marcello Venturi, intercambiaba confidencias sobre las pequeñas miserias cotidianas. Vivía en cuartos alquilados y polvorientos cerca de la estación, y redondeaba sus entradas vendiendo el aceite de oliva que producían en su casa. En un cierto momento, exhausto por los ritmos de la editorial, había intentado trabajar en la redacción de L’Unità de Turín. Allí había conocido a Alfonso Gatto, y pasaban las tardes caminando por las calles y discutiendo sin parar. Quería tener un poco más de tiempo para escribir. Escribía reseñas, breves crónicas costumbristas. También éste era un trabajo muy duro. Después de algunos meses regresó a la via Biancamano [la célebre dirección de la editorial Einaudi en Turín].

El Calvino que trabajaba en la via Biancamano era, al igual que su maestro Pavese, un gran trabajador. La ética del trabajo bien hecho le venía de sus padres, socialistas a la antigua, severos y humanitarios. Para Calvino el trabajo era el sentido de todas las cosas. El trabajo –decía– es algo que nos pone en comunicación con los demás. Uno termina muriéndose, pero los objetos que ha construido o producido vivirán en el uso que otras personas harán de ellos. El trabajo como cadena de solidaridad humana. Morir no tiene nada de especial siempre y cuando podamos dejar alguna cosa hecha por nosotros y útil para los demás: “Para mí lo que importa es lo que se es, lo que se hace. No me puedo tragar la espontaneidad existencial según la cual todos son criaturas y todos tienen derecho a vivir. El derecho a vivir uno tiene que ganárselo duramente y muchas personas que conozco no tienen ningún derecho a vivir, yo mismo no estoy para nada tan seguro de tener este derecho. Me lo tengo que demostrar una y otra vez, y no siempre lo consigo. Me siento un hombre más en una tierra superpoblada”.
Trabajar en la editorial le gustaba. Para él no era un trabajo extra, como para tantos otros. Decía que se sentía satisfecho de participar en un trabajo de equipo que dejaba una huella en el aspecto general de la cultura italiana, un trabajo duradero, que ha sido decisivo para cambiar el panorama italiano. Decía que la mayor parte de su vida la había dedicado a los libros de los otros, no a los suyos. Y de esto no se arrepentía.
Se adaptaba con facilidad, casi con docilidad, al trabajo en equipo. Incluso cuando ya se había vuelto famoso, y por lo tanto hubiera podido imponer su autoridad, se cuidaba mucho de levantar la voz. Adoraba a Perec, pero no se rebeló cuando le dijeron que traducir La vie, mode d’emploi era una empresa demasiado costosa, y por lo tanto el libro ya no se haría.
Era el maestro indiscutido de ese género tan peculiar que son las notas de solapa. En vista de que ahora me toca a mí redactarlas en la editorial, estudio las suyas para tratar de entender cómo lo hacía. Pero no hay estudio ni aplicación que consiga reproducir la agilidad, la sustanciosa exactitud de las cosas que escribía. Sabía encuadrar el libro que presentaba en la vasta red de la literatura en el mismo momento en que se había construido, creando una cadena de innumerables eslabones en los que tout se tient, todo se liga, o debería al menos conectarse. Daba la información necesaria, contaba lo indispensable sin ir más allá, apenas lo suficiente para picar la curiosidad, ofrecía discretamente claves de lectura. En sus manos los adjetivos nunca tenían ese burdo aire propagandista, ese espeso maquillaje que a menudo tienen las contracubiertas. Cristal puro, decía Natalia [Ginzburg, que trabajó en Einaudi por esos mismos años].

Decía: la literatura debe evitar cualquier actitud pedagógica o divulgativa; su peso político es muy modesto, quizá nulo, y si mucho puede tener el efecto de elevar el nivel de conciencia general; con buenos sentimientos no se construye nada; la actitud poética coincide en esto con la actitud científica.

Y decía: “La literatura no es otra cosa que inventarse reglas y después seguirlas. Con el lenguaje pasa lo mismo. La literatura nace de la dificultad de escribir, no de la facilidad… Cava en este punto, trabaja en eso, trata de roer el hueso con paciencia”.

Sentía pavor de que lo atacaran, lo destrozaran en una reseña, lo fumigaran. Cada vez que sacaba un libro escrutaba el horizonte con miedo de ver aparecer el escuadrón de salvajes que aullaría en su contra y pediría que le arrancaran el cuero cabelludo. Sentía alivio cuando el ataque no llegaba.
Mucho más severo consigo mismo que con los demás, incluso cuando su mirada era retrospectiva. Una y otra vez se convencía de que su vena creativa estaba agotada. Una y otra vez volvía a elaborar proyectos nuevos, como un carpintero que tuviera que construir con la sola fuerza de sus manos todo un pueblo.

La paternidad, descubierta a los cuarenta, le daba una gran sensación de plenitud y de “diversión inesperada”. Decía que los progenitores permisivos de hoy en día no le parecían en absoluto mejores que los represivos de antes, y sobre todo que no alcanzaban, como pretendían, la felicidad de los hijos.
Una noche, en nuestra casa, se puso a darle de comer con mucha paciencia a la niña, Chiara, que no quería pasar bocado. La distraía haciéndole ruiditos, inventándole historias.
En París vivía aislado, como si viviera en el campo. Explicaba que no era capaz de establecer relaciones personales con ningún lugar, se sentía siempre como elevado del piso, en el aire, vivía en las ciudades con un solo pie. Le gustaba confundirse con la multitud solitaria: ¿no soñaba, pues, con la anulación de la personalidad del escritor mediante los procesos combinatorios de la escritura? El escritorio como isla: podía estar ahí o en cualquier otro sitio. Por lo demás las ciudades se estaban transformando en una única megalópolis, en la cual se perdían las diferencias que antes distinguían unas de otras. Pasaba de un aeropuerto a otro para hacer una vida casi idéntica en cualquiera de las ciudades a donde llegaba.

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