Críticos y pesimistas

Imagino que también a ustedes los han llamado “renegados”, “batallosos”, “problemáticos”, “negativos”, “inconformes”, “rebeldes”, “amargados”, “pesimistas” y “criticones” por cuestionar, sistemáticamente, decisiones o afirmaciones sin fundamentos. No sé que ocurre en otros países, pero en México no es bien visto discutir ni argumentar en contra de los actos del poder, sea éste del gobierno, la empresa o la escuela. Oponerse con argumentos implica aquí no mostrar “disposición” para el progreso del país o de las instituciones; lo cool es ser obediente, positivo y constructivo. Debatir en las aulas o en tu lugar de trabajo es una falta de respeto hacia nuestros profesores o nuestros patrones. Debemos acatar sin remilgos, luego vendrá la “recompensa”, nos dicen. El silencio, o lo que eufemísticamente llaman “ser institucional”, es moneda de cambio para medrar. Se nos propone renunciar a nuestro juicio crítico y a nuestras quejas en aras de la paz. Entiéndanlo bien: NO CRITICAR.

Según Jesús Silva-Herzog Márquez andar de criticón en estos días de festejos bicentenarios es percibido como un acto de mal gusto y de una deslealtad imperdonable. ¡Amargados, mezquinos y pesimistas!, se vocifera contra los críticos y aguafiestas de las fiestas patrias. Yo sólo agrego que criticar es mal visto no sólo en estas fechas sino todos los días del año. El problema es que se confunde al crítico con el pesimista. Pero no son lo mismo. El pesimista, al igual que el optimista, es hijo de la credulidad, no tiene dudas. Escribe Jesús Silva:

Había que poner buena cara. Era el cumpleaños y debíamos festejar. Andar de criticón en estos días es visto como un acto de mal gusto, una deslealtad imperdonable. Amargados y mezquinos, nos llegaron a llamar. Los malnacidos hablando pestes de la familia hasta en las fiestas. Éstos eran tiempos para dejar atrás los reproches, cantar las mañanitas, brindar y soplar las doscientas velas. Los festejadores insinuaban una extraña conexión entre ciudadanía y optimismo: la pertenencia era exaltación y júbilo.; los reparos sospechosos. Pero se equivocan los celebradores al contrastar sus fiestas con la actitud del pesimista. Al optimista no se le opone el pesimista sino el crítico. El pesimismo no está en el lado opuesto del optimismo. En realidad, la estructura mental del pesimista está copiada directamente del talante del optimista. Una copia en negativo, pero copia al fin. Ambas disposiciones intelectuales son hijas de la credulidad. Uno cree que las cosas van bien y caminan con buen rumbo porque así debe ser; el otro está convencido de que las cosas están mal y no harán más que empeorar porque el mundo es así. En ambos impera una confianza idéntica en el futuro: el optimista piensa que todo irá de maravilla, el pesimista está seguro que a todo se lo llevará el diablo. Pero ambos caminan por la calle con el mismo impermeable que impide que se cuele la duda por algún hoyito. Convicciones a salvo de las dudas. Chesterton encontró la afinidad de estos temperamentos al subrayar que el optimista pensaba que todo en el mundo era bueno—menos el pesimista; mientras que el pesimista estaba convencido de que todo en el mundo era malo—salvo él mismo.

El bicentenario ha sido el torneo de esas dos credulidades: optimistas contra pesimistas.
A decir verdad, el pesimismo ha sido la voz cantante. Tenemos miedo y no vemos el futuro con confianza. Existe una enorme frustración con el desempeño del pluralismo y la sensación de que el país está detenido. El pesimista hace un catálogo de los fracasos que enlista como si fueran condenas eternas. Pero no nos confundamos: no es el registro de los problemas lo que lo convierte en pesimista. Lo que le da ese carácter es su convencimiento de que el desastre es nuestra naturaleza: así somos y no hay escapatoria. El optimista, por su parte, corre de un presente que es difícil elogiar para presentar un panorama más halagüeño. Habla de los avances que hemos vivido en un par de siglos para concluir que caminamos con buena dirección. A lo mejor avanzamos lentamente pero vamos en la ruta correcta.

Advierto que me parece innegable lo que han dicho algunos con la intención de subirnos el ánimo. Bajo cualquier mirador, México está mejor que en 1810 o que en 1910. Es un país más integrado, menos desigual y más próspero. Decirlo no es una mentira pero puede ser una trivialidad. Por supuesto que México tiene hoy más personas que saben leer y escribir; es evidente que hay mejores caminos y más hospitales que hace doscientos años; no se puede negar que el país era más injusto hace un siglo. Pero vale preguntar si esa es la forma en que debemos evaluar nuestra condición para apreciar nuestra circunstancia. ¿Compararnos con nuestro pasado o ubicarnos en nuestro entorno? ¿Festinar Festejar lo que hemos logrado o advertir las oportunidades que hemos dejado pasar? Seguirnos viendo en aislamiento como si nuestra historia fuera el único experimento del género humano es un ejercicio absurdo.

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2 Responses to Críticos y pesimistas

  1. Sin Ma says:

    Hola, Irad!
    Leí la entrada de tu post y me gustó, solo agregaría que otra forma de cuestionar decisiones sin argumentos lógicos es con la simple expresión de tu rostro. Es increíble que, sin articular una sola palabra, con una mirada de interrogación sea suficiente para incomodar, para insinuar inconformidad. Pensar que acatar órdenes sin cuestionar te hace mejor, es ridículo!!! la pregunta es ¿mejor que qué ?, ¿ mejor que quién?, ¿mejor en qué?

    Te mando un abrazo!
    Sin Ma

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  2. Irad Nieto says:

    Hola, Sin Ma:

    De acuerdo contigo. Claramente no ocupas palabras para indicar tu desacuerdo. Nuestra mirada, se sabe, tiene el poder de consentir pero también, y con mucha vehemencia, de cuestionar actitudes y decisiones que uno no comparte. Una mirada puede pesar más que mil palabras. Obedecer acríticamente es cobardía; conversar sin discrepar, cuando no se está de acuerdo, es también cobardía. Precisamente anoche, en un programa de televisión, lo reiteraba Silva-Herzog Márquez: en este país hace falta confrontación, debate, desacuerdos, argumentos, contrincantes. El desacuerdo, lo dice Jacques Rancière, es fundamento de la política (al contrario de lo que se piensa). Lamentablemente somos presas de una hipocresía discursiva y de esa costumbre de palmear sobre los hombros.

    Un abrazo!!

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