Dos relatos

En el relato Por la causa, de mi paisano Miguel Tapia Alcaraz, se nos cuenta que un día como cualquier otro apareció publicada en el diario una convocatoria del grupo político-militar Voz de la Tierra que buscaba reunir en su ejército a “Hombres decididos” para llevar a cabo su programa por la “Recuperación de la Vida Natural”. Desoyendo a su familia reaccionaria, el protagonista decide presentarse en el cuartel para formar parte de tan peculiar milicia. El entrenamiento es riguroso, bruscamente militar; no sólo práctico sino teórico. Se trata de un ejército de fanáticos ecológicos resueltos a erradicar, a punta de fusiles, las fuentes de contaminación por nicotina (los fumadores) y a imponer su visión de un mundo limpio, sano y puro. Son francotiradores de la justicia verde, soldados de la Vida buena y natural; una temible policía del vicio que recuerda los patrullajes y las razias que los talibanes realizaban en Afganistán para acabar con los vicios y las malas costumbres, para doblegar a las mayorías mediante el terror y el pensamiento único. Enseguida un fragmento del relato publicado por la revista Luvina:

Hombres decididos como yo, eso era lo que necesitaban. Lo decía la convocatoria publicada en la segunda página del diario, la misma que antes ocupaban fotos a color de las refinerías del golfo. Redactado con el estilo sobrio de quien posee la verdad, el desplegado fue la revelación que esperaba: Voz de la Tierra se disponía a realizar las promesas que la habían llevado al poder. Decidí presentarme al día siguiente.

Debí soportar las réplicas de amigos y las súplicas familiares, que pretendían disuadirme echándome a cuestas sus temores abyectos. En ellos se revolvía la bajeza de los rebaños reaccionarios, indignados desde que previeron el fin de su mundo de mentiras y falsos privilegios. Lo único que consiguieron fue reforzar mi convicción. Mis hermanos se envilecían ante su desayuno sintético cuando salí sin despedirme. Mi padre cavilaba junto a ellos en silencio, la mirada perdida en el enorme caracol rebajado a cenicero sobre la mesa. Sólo sentí compasión cuando mi madre lloró bajo la puerta, pálida contra el marco de pino podrido.

En el cuartel, una enorme fila crecía bajo el letrero de las Brigadas por la Recuperación de la Vida Natural. Me llevaron ante un general, un viejo malencarado y de cabello erizo. Con firmeza le dije que estaba dispuesto a todo por la causa. Su rostro de piedra consultó el dossier que tenía frente a él, luego me miró con abulia. Ordenó a un subalterno que me cargara de trabajo hasta que suplicara clemencia. Quince días después mi boca seguía muda como una ostra dormida en el fondo marino. La siguiente vez que me llevaron ante él me anunció, sin siquiera mirarme, que estaba admitido.

Me llevaron al centro de capacitación, al pie de la montaña. Ahí comenzó un intensivo entrenamiento físico y teórico, pero sobre todo ético. Se nos sometió a un estricto régimen alimentario a base de algas y follajes rescatados del olvido, engendrados en campos que eran bosques inaccesibles trabajados por nosotros mismos. El hombre nuevo no producía, no cultivaba, no criaba: engendraba. Abrazaba la naturaleza y ofrecía las condiciones óptimas en que ella misma, siguiendo ese curso que nunca debimos haber tocado, desplegaría su inagotable riqueza. En nosotros se materializó por primera vez la nueva forma de vida que pronto se expandiría por todo el país. Éramos un grupo de elegidos.

En Esposa de escritor Paola Tinoco narra en primera persona las venturas y desventuras de una mujer casada con un escritor prestigioso, cuyo talento y habilidades se debaten entre la escritura de novelas, el inagotable alcohol de las cantinas y las pirujas que le revolotean argumentando que son escritoras “en ciernes”. La esposa está harta de esa vida, de rescatar a su marido de los tugurios. La separación es inevitable; el regreso…

Un trozo del cuento publicado también en la revista Luvina:

No sería la primera vez que tuviera que pasar a buscarlo a una cantina. O, sencillamente, a una calle cualquiera, lejos de casa. Me llama y dice «Güerita, no estoy nada bien, ¿puedes venir a recogerme como el trapo inservible que soy? Mañana no te daré problemas, lo juro, pero ven por mí. No puedo ni siquiera firmar la cuenta». Creí en su promesa sólo porque sabía que la resaca lo mantendría quieto al menos por unas horas.

Tampoco sería la primera vez que terminara un artículo suyo y lo enviara a la revista para no quedarnos sin el dinero de la paga. Tiene suerte de que haya sido yo la que terminó la carrera de Letras cuando nos conocimos en la universidad, y de que, aun con eso, me haya quedado a su lado en lugar de buscar mi propia fortuna escribiendo o dedicándome a la academia. Verbalmente no me ha prohibido nada, pero es tan poco el tiempo que me queda entre ordenar su vida y recordar lo que fue de la mía, que podría considerarlo una negativa a que haga algo diferente de aquello que le concierne. No me quejo, sin embargo. Lo quiero desde que lo conozco. Viajar a su lado tampoco está nada mal. Ver los libros terminados, saber que hay un poco de mí dentro de ellos, compensa en algo que no hayamos tenido hijos. Estos vástagos nuestros no despiertan en la madrugada y no lloran. Aunque a veces, muy seguido pero a veces, pienso que hubiera querido uno de esos llorones.

Llegué a la cantina. Era una de éstas donde lo conocen todos. Los meseros saben qué va a pedir y hay una mesa que siempre está reservada para él. Cerré la cuenta del consumo imitando su firma. En los bancos nunca ha habido problema, menos en un antro de mala muerte. Podría firmar él, con su mano temblorosa, y nadie diría nada, hasta el día siguiente, claro, cuando en el banco rechazaran el cobro porque la rúbrica parecería más un garabato infantil que la firma de un prestigiado escritor.

No me molestaba tanto que la cuenta por pagar cubriera también los tragos de sus amigos, como me enfermaba que estuvieran ahí de nuevo las pirujas que lo siguen a todas partes con el pretexto de que son escritoras en ciernes. Ni bien escucharlas hablar se nota que en su vida han abierto un libro —y seguro lo hicieron bajo amenaza. Las chicas me miraron, como siempre, con burla. Para ellas soy la mujer abnegada que soporta las excentricidades de su pareja, algo que piensan que ellas no tolerarían, y entonces su burla se convierte en compasión… y algo de sorna. Yo las hubiera corrido de la mesa sin pensarlo dos veces, pero hacer escándalo nunca ha sido mi estilo. Es él quien debió correrlas, y si no lo hizo es que no lo consideró necesario; entonces lo respeté. Él anunció a sus amigos que estaban invitados a seguir la fiesta a nuestra casa. Yo no pude negarme, aunque me reventara la idea de no dormir oyendo necedades de ebrios.

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