Un texto sobre los insultos anónimos y otro sobre arte y escándalo

Hace un par de años uno de esos cobardes anónimos que saturan la Internet con su odio y su indigencia mental se instaló en mi blog para insultar y denigrar, desde su escondite, a quienes animábamos una conversación pública y en público. Por la magnitud de su pobreza intelectual y la envidia rampante que destilaban sus invectivas, sabíamos de quién podía tratarse. Como editor del blog le pedí respeto para todos y que evitara los insultos. El anónimo rufián me respondió que Internet, al igual que mi blog, eran lugares públicos y podía venir a orinarlos cuando quisiera. Pero como hasta en las plazas públicas rigen los bandos de policía y buen gobierno, con la función de spam lo mandé al desbarrancadero. Si ustedes quieren, sí, lo censuré. En realidad me deshice de sus injurias (que no críticas) mañaneras e irresponsables.

En su columna Saltapatrás Guillermo Sheridan reflexiona con gran acierto sobre este tema. La libertad que brinda la red incentiva también la bravuconería de los cobardes, esos que tiran la piedra y esconden el mouse, que lanzan las más vulgares groserías protegidos por la cursi comodidad de sus nicks. Se sienten escritores, críticos y analistas por un momento; su patética inseguridad y la asunción de su derrota intelectual son proporcionales a la eficacia de su anonimato.

Escribe Guillermo Sheridan:

Dice José Emilio Pacheco que en internet “tiene que acabarse la impunidad y el anonimato de todo el mundo que quiera decir lo que le dé la gana sin responsabilizarse de ello”. No le resta razón aunque hasta conjeturarlo sea impensable. Es impactante la visceral violencia que suele detonar contra los escritores entre los comentaristas de internet: tribunales inquisitoriales instantáneos presididos por torquemadas digitales metidos en los cucuruchos de su anonimato.

La osadía de escribir y, sobre todo, la de firmar lo que se escribe, incluye padecer el maltrato de cierto “público” que disfruta su impunidad y se convierte en el espectador asombrado de que su propia vileza se haga de un lugar en la pantalla colectiva. La crispación política atiza además el reality show de ver quién exhibe, con mayor desparpajo, los prejuicios más miserables, prudentemente rubricados por alias ominosos salpicados de je je jes.

La libertad de la internet es ideal para propiciar la bravuconería de los cobardes, parece inducirles naturalmente al agravio y la invectiva, a tirar la piedra y esconder el mouse. Invariablemente embozados, la suya es una “libertad” sin riesgos que no rinde cuentas. “Anonimato es libertad”, decretó algún “comentarista” en mi blog (luego del zarandeo). ¿Puede haber algo más ilustrativo? No, me responde mi libertad, en cuyo nombre subo a mi blog aun los insultos que me asestan quienes carecen de él (y de ella).

Más que por su anonimato, la libertad de los anónimos está cercada por sus propias reservas ante su libertad. Han elegido una libertad anónima, una que carece de sujeto por decisión propia: una libertad paradójica de la que se erradica quien alega practicarla; así, lo único que es verdaderamente libre es su cobardía. Una prueba de que su anonimato es irrelevante es que solo les importa a los anónimos. Alegan: “¿Qué importa cómo me llamo?” Nada importa, en efecto, a quienes su nombre les estorba. Quien firma como “Terminator” se llamará en la vida real Fabricio Ancona, algo tan relevante para él como irrelevante para los demás. Pero al insultar a otros esa irrelevancia se altera: oculta su nombre porque hasta su irrelevancia lo arredra. Su “libertad” muestra así su único rostro: es un cobarde no ante quienes insulta, sino ante sí mismo…

Por otro lado, la crítica de arte María Minera escribe un pequeño ensayo sobre el arte moderno y su vínculo con la provocación y el escándalo. Recordando los escándalos generados a partir del Desayuno sobre la hierba, de Manet, La consagración de la primavera, de Stravinski, la exposición ¡Cuidado: religión!, el famoso urinario que expuso Marcel Duchamp, hasta la falta de imaginación en las extravagancias de Lady Gaga, Minera nos hace un recorrido por esas posibilidades que aún tiene el arte (y nunca debería perderlas) de provocar, de perturbar. Van dos párrafos:

Nos puede resultar difícil de creer que a estas alturas de la vida del mundo queden todavía obras de arte capaces de escandalizar. Escandalizar en serio: como antes, cuando un cuadro (digamos, el Desayuno sobre la hierba, de Manet) podía ponerle los pelos de punta a medio París, o cuando el estreno de un ballet (La consagración de la primavera, de Stravinski, por ejemplo) terminaba con la platea al borde de una batalla campal. Y sin embargo todavía hay obras que pueden dar en el blanco de ciertas susceptibilidades. O, visto de otro modo: lo que no falta es quien se escandalice, o se sienta incluso profundamente injuriado. Cada vez más raras, sin embargo, son las ocasiones en que la ofensa se encarna en franca iconoclasia, como hicieran los jóvenes que una noche de hace no tanto entraron al Museo Sájarov, en Moscú, y en un arcaico arranque destruyeron las piezas que ahí se exhibían, cubriéndolas de pintura roja, con la cual también pudieron anotar de prisa en una pared: “blasfemia”. El título de la exposición era una clara advertencia: ¡Cuidado: religión!, y adentro, como era de esperarse, las obras cumplían: podía verse a un Cristo retratado junto a un cartel de Coca-Cola en el cual, además del famoso logo, se leía: “Esta es mi sangre”. Más allá: una escultura de una catedral hecha con botellas de vodka vacías o un icono a escala humana listo para ser llenado por detrás, como en las ferias, con la propia cabeza y las manos: “No tendrás dioses ajenos delante de mí”. Etcétera. La muestra cerró al día siguiente del ataque, y lo único que alcanzó a decir el director del museo –antes, por cierto, de ser llevado a un juicio por “incitación al odio religioso” que se prolongó por más de dos años– fue que “en efecto, algunas de las obras eran bastante provocadoras”, pero que qué se podía hacer, si era “arte moderno”.

Es cierto, el arte moderno es siempre un poco provocador, belicoso –a ratos, él mismo medio iconoclasta. Así nació: de una radicalización de la idea de progreso artístico, para la cual la tradición no solo era perfectamente incapaz de llevar el arte hacia delante, sino que representaba un verdadero estorbo en el camino de la avanzada. No es una casualidad que el término vanguardia provenga de un contexto militar: había que combatir, con fuerza, al arte antiguo para abrir hueco a las nuevas posibilidades. Los realistas (con Courbet a la cabeza) se deleitaban imaginando distintas maneras de derribar el Louvre para acabar con su gusto corruptor. (“El fuego es el artista esencial de nuestro tiempo”, decía el escritor Joris-Karl Huysmans.) Al final, prefirieron dar la batalla en las telas, para el horror de los señores de la Academia (el máximo órgano rector de los destinos del arte), que castigaron sus licencias pictóricas negándoles el derecho a participar en el esperado Salón anual, que era prácticamente la única ocasión en que los artistas podían poner su trabajo a la vista del gran público. Las protestas no se hicieron esperar y, seguramente más para frenar el alboroto de esos “hombres sin miedo”, como les decía la prensa, que por otra cosa, Napoleón III, después de expresar su deseo de que fuera el público el que juzgara “la legitimidad de tales reclamos”, decretó la apertura de un espacio de exhibición paralelo (puerta con puerta, de hecho), al que, sin dar más vueltas, llamó Salón de los Rechazados7(ahí fueron a parar muchos de los cuadros que hoy nos parecen más respetables, como el ya mencionado de Manet, Desayuno sobre la hierba). Los ánimos se calmaron; e incluso los críticos más conservadores celebraron la moción: después de todo, hasta “la honorable mediocridad” merecía un lugar en este mundo. A partir de ese momento, además, a todo el mundo le quedó muy claro quiénes eran “los unos” y “los otros”; y a ellos, los rechazados, se les hizo evidente que el arte nuevo, para serlo realmente, tendría que mantenerse así: fuera del obtuso canon oficial y de las anticuadas expectativas academicistas. Por tanto, era necesario –obligatorio, casi– desmarcarse, romper. El repudio del público y de la crítica llegó incluso a verse como un indicio de que se andaba por buen camino.

About Irad Nieto

About me? Irad Nieto es ensayista. Durante varios años mantuvo la columna de ensayo “Colegos” en la revista TextoS, de la Universidad Autónoma de Sinaloa. Publicó el libro de ensayos El oficio de conversar (2006). Ha colaborado en diversas revistas como Letras Libres, Tierra Adentro, Nexos, Crítica y Luvina, entre otras. Fue columnista del semanario Río Doce, así como de los diarios Noroeste y El Debate, todos de Sinaloa. Su trabajo ha sido incluido en la antología de ensayistas El hacha puesta en la raíz, publicada por el Fondo Editorial Tierra Adentro en 2006 y en la antología de crónicas La letra en la mirada, publicada en la Colección Palabras del Humaya en 2009. Actualmente escribe la columna quincenal “Paréntesis” en El Sol de Sinaloa.
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