Encierro y literatura

Sé que los decepcionaré y aburriré, pero prefiero confesarlo: soy un apasionado del encierro y la reclusión voluntaria. No es una frase retórica. Hay quienes esperan con ansias el fin de semana para salir, pero yo lo utilizo para encerrarme a leer o para hacer nada. Recibo invitaciones cordiales de amigos noctívagos que me prometen la bendita perdición en océanos de alcohol pero suelo rechazarlas, tumbado y al teléfono, desde la sala de mi casa (centro de operaciones de mi reclusión). Soy capaz de entrar en mi casa el viernes por la tarde (armado con botana y cerveza para momentos de relajación) y salir hasta el lunes por la mañana con barba de truhán rumbo a la oficina, a otro encierro. ¿Por qué esta actitud tan apática; por qué gastar dos días o una semana con uno mismo? ¿Es que el ego es grande o grande es el miedo a los demás? ¿De qué o de quiénes se aleja el que se encierra; a qué teme?

En un ensayo extraordinario, Encierro voluntario y literatura, publicado por la revista Luvina, Ignacio Ortiz Monasterio aborda con perspicacia psicológica y literaria estos extraños comportamientos a partir de cuatro personajes emblemáticos: Lloyd, personaje del cuento “Careful”, de Raymond Carver; Byelikov, personaje de “El hombre en la caja”, de Anton Chéjov; Kanau Koga, personaje de Kenzaburo Oé; y el legendario Bartleby, de Hermann Melville. De alguna manera, todos padecen el encierro; de alguna forma también, todos rehúyen el contacto con las personas. Son indiferentes y solitarios, temerosos de una posible invasión a las ermitas que cada uno habita.

Comparto algunos párrafos:

Quien se encierra —iniciemos por lo obvio— evita el contacto humano. No es alguien que esté solo, no es el hombre que desea compañía en un café: es alguien que facilita su aislamiento. Considera vana, innecesaria, imposible o indeseable la convivencia con otros. Vana si no puede darle lo que busca. Innecesaria si no precisa nada de ella. Imposible si es incapaz de crear lazos. Indeseable si ve en ella algún riesgo.
Entre los detonadores del encierro sobresale la pérdida. Tras una separación o tras la muerte de una persona amada, el encierro constituye una confesión: nada de lo que la realidad me ofrezca llenará este vacío. Correspondientemente, nada tengo que ofrecer a la realidad, pues he quedado hueco. El vacío vuelve vana la relación del sujeto con los demás. Si no es posible tener a esa persona, mejor romper relaciones, extirparse, renunciando de paso a vínculos secundarios cuyo potencial ha sido ya puesto en duda por aquella pérdida y que, de procurarlos, por mera comparación resultarían dolorosos.

El encierro es también una forma primitiva de lidiar con el dolor, un intento de suicidio. Si el mundo no puede verme, si me escondo, dejo de ser. Desaparezco del mundo, y conmigo mi dolor. El encierro es enojo. El evasor es el niño que se aleja de su madre porque ésta regaló su juguete predilecto, y no le habla. Aborrece la vida, que lo ha despojado. Resiente asimismo que la gente cercana pretenda comprenderlo. Quien se encierra considera que nadie puede entender su pérdida, y tal vez tiene razón.

En la literatura, un ejemplo notable de este encierro lo encontramos en «Careful», el cuento de Raymond Carver. Lloyd no busca el consuelo ni la asistencia de otros tras su separación de Inez: se aísla. Un rompimiento puntual e involuntario —el de su matrimonio— trae consigo uno más, general y voluntario. Apartado, se pregunta cuándo lo irá a ver su ex mujer, y al mismo tiempo evita cualquier otra relación. Sale de su apartamento solamente para hacerse de alcohol. El personaje no entiende que se encuentra encerrado. Supone que necesita estar solo, simplemente, y que actúa en consecuencia. Sin embargo, el espacio que describe el narrador es sofocante: los techos se inclinan pronunciadamente, Lloyd tiene que inclinarse para ver por las ventanas, y doblar la cabeza al caminar; estufa y refrigerador son una cosa pequeña incrustada entre un muro y el fregadero: él se agacha, hasta casi ponerse en cuclillas, para sacar su bebida. Los espacios se cierran sobre el protagonista. A una pérdida como ésta y al retiro que sigue, parece corresponder una sensación de confinamiento.

Si bien el final de «Careful» sugiere el hundimiento definitivo de Lloyd, el encierro por pérdida constituye por lo común una crisis, un trance pasajero. Las barreras que el evasor interpone son rotundas pero también transitorias. Muy distinto es el encierro perpetuo, sin salidas espaciales ni salidas en el conducto del tiempo. Hablo de hombres y mujeres que han evitado el contacto desde que tienen memoria, desde muy temprana edad en el mejor de los casos. Lo han evitado por la sencilla razón de que los hace sufrir: se sienten lastimados y ofendidos fácilmente, la humillación los hunde, son tímidos, se juzgan anormales… El suyo es un problema de extrema sensibilidad, pero es más: temen en lo más hondo ser destruidos. Es tal su inseguridad, y es tal su exposición al más mínimo estímulo negativo, que no ven otra salida que el retiro.

Hay en este evasor suma vulnerabilidad, y hay vanidad. El ego del evasor es mayúsculo —paradójicamente— pero a la vez anómalo. No es grande: está henchido. Es comparable al corazón de ciertos individuos, el músculo cardiaco hipertrofiado en que el tamaño excesivo resulta enfermizo. La vanidad lanza a algunos al mundo. A otros los recluye. La amenaza que se cierne sobre el ego del evasor y el daño efectivo lo ponen en alerta, le imponen el encierro como único atenuante.

Si es verdad que hay libertad solamente cuando hay una capacidad real de movimiento, entonces este evasor no es un ser libre, a pesar de mantener su albedrío intacto. Es significativo que la palabra inglesa secure signifique lo mismo «seguro» que «atrapar, detener». En español, el término asegurar tiene, entre otras, estas dos acepciones: 1. «Poner a alguien en condiciones que le imposibiliten la huida o la defensa»; 2. «Librar de cuidado o temor; tranquilizar, infundir confianza». Las nociones de encierro —de falta de libertad— y de resguardo se enroscan y se confunden. El evasor paga la seguridad con libertad. La libertad es moneda de cambio.

Es cierto: el sentimiento genuino de invulnerabilidad es privilegio de los hombres de fe, los seres inmortales y los cretinos. El resto de las personas tememos la degradación: la enfermedad, la pérdida de alguna facultad física o mental, la muerte. Sin embargo, un mínimo de protección y un engaño o —lo que es tal vez lo mismo— la soberbia, nos permiten distraernos, relegar a una recámara aislada de la conciencia la idea de la destrucción que nos aguarda. Visto con escepticismo, este engaño es otra fe, una ciega convicción en la durabilidad. El evasor del que hablo no tiene esta segunda fe. Así como la confianza de una existencia ulterior le parece inconcebible al ateo, y la mira con asombro y suspicacia a la vez, la fe del hombre común en su propia inmunidad le es ajena a esta clase de escépticos.

En el evasor este escepticismo, sin embargo, no supone una nueva racionalidad —como puede suponerla el ateísmo—. El recelo del evasor no es producto de la abstracción. Es vislumbre atávico, atisbo del inconsciente. Su temor es prelógico, y lo mismo su reacción. Las barreras que interpone son físicas pero a la vez figuradas, cumplen un fin práctico y uno ritual. El evasor no puede aislarse del todo, pero puede sosegarse al pretenderlo. El personaje de «El hombre en la caja», el cuento de Anton Chéjov, va a diario a la escuela donde es maestro de griego, pero incluso en los días más benignos viste su grueso abrigo y sus galochas, y carga con el paraguas. El cuello levantado le sirve para ocultarse, lo mismo que los anteojos oscuros. Culmina su envoltura con tapones de algodón en los oídos. En casa está encerrado realmente y escondido de la vista de los demás, sin embargo esto no basta. Además de la puerta y los cerrojos oscurece el interior con persianas. «Tenía un cuarto pequeño como una caja. Cuando se iba a la cama se cubría la cabeza; hacía calor y bochorno; el viento se batía contra las ventanas cerradas.» La compulsión de Byelikov abarca sus objetos. Vive metido en una suerte de estuche, y tiene estuches reales para todas sus cosas. Mete su paraguas en una caja, y el reloj y el sacapuntas…

(Texto completo)

About Irad Nieto

About me? Irad Nieto es ensayista. Durante varios años mantuvo la columna de ensayo “Colegos” en la revista TextoS, de la Universidad Autónoma de Sinaloa. Publicó el libro de ensayos El oficio de conversar (2006). Ha colaborado en diversas revistas como Letras Libres, Tierra Adentro, Nexos, Crítica y Luvina, entre otras. Fue columnista del semanario Río Doce, así como de los diarios Noroeste y El Debate, todos de Sinaloa. Su trabajo ha sido incluido en la antología de ensayistas El hacha puesta en la raíz, publicada por el Fondo Editorial Tierra Adentro en 2006 y en la antología de crónicas La letra en la mirada, publicada en la Colección Palabras del Humaya en 2009. Actualmente escribe la columna quincenal “Paréntesis” en El Sol de Sinaloa.
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2 Responses to Encierro y literatura

  1. ¡Eh, Irad!

    Qué gusto leerte. Gracias por el pase a Luvina, y por contar con tu atenta lectura de la revista. Un abrazo.

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  2. Irad Nieto says:

    Mi estimadísimo José Israel:

    Gracias también por venir a este espacio. El texto de Ignacio me gustó bastante. Todavía me falta recomendar otros textos de este espléndido número de Luvina, como por ejemplo el ensayo de Vivian Abenshushan.

    Te mando saludos y te escribo pronto al correo!!

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