Cartas de Jorge Guillén

Bajo el título Cartas a Germaine (1919-1935), Círculo de Lectores/Galaxia Gutenberg está por publicar una selección de 793 cartas que el poeta Jorge Guillén (1893-1984) escribió a la joven francesa Germaine Cahen (“el gran amor de su vida”), con quien se casaría. Es el epistolario de un hombre incendiado por dentro, muy enamorado, poeta. Comparto algunos fragmentos de lo publicado en El Cultural:

“Sólo el placer nos prolonga y nos aumenta”

Genève, le décembre [1]920. Dimanche

¡Es inaudito, cómo este alto en un chalet suizo -al borde de este tierno Trégastel, ¡qué tempestuoso está ahora, oscuro y realmente inmenso!-, cómo este alto me encanta! Es que la voluptuosidad es completa -para un pobre imaginativo como yo-. (Y casi siempre, cuando un momento está logrado, realmente logrado, la palabra voluptuosidad se impone.) Para empezar, me siento a gusto interiormente, pues nada me distrae de usted. Lo que quiere decir que me siento a gusto materialmente. Es necesidad espiritual del confort: que las cosas no nos distraigan de los objetos interiores. Es precio del placer: que las cosas sean buenas conductoras del espíritu. Las cosas incómodas hacen rebotar el espíritu. Sólo el placer nos prolonga y nos aumenta. Y en este momento, las circunstancias son muy armoniosamente propicias al placer que una ausencia permite. Resultado total: la puerta está cerrada. Tengo la fórmula de mi felicidad -de la felicidad (todavía fórmula)-. ¿Un momento de felicidad es sentir que la puerta está bien cerrada? ¿Egoísmo? No. No. En principio, es sentir el universo bien completo, bien encerrado sobre sí mismo, con la perfección que nos ofrece una circunferencia: el perfecto retorno sobre sí mismo. Es sentir el mundo completo, y es sostenerlo en la mano, besarlo. Besar la boca amada es sentir la perfección geométrica de la circunferencia -es besarlo todo.

Y este domingo, quiero sentirme feliz, perdido en un rincón de Suiza, ignorado, con un vago encanto romántico, evocando intensamente la presencia, la sonrisa, la boca de Germaine -y reduciendo mi desventura, por el hecho de estar separado de ella-, burlándome del resto del universo, incluido yo mismo, saboreando este minuto exquisito, este té, esta mermelada, esta mandarina tan gentilmente desvestida, este rumor de olas, esta lámpara suspendida sobre el océano, esta ausencia de humanos, este goteo rítmico del agua de una fuente -para no ser demasiado egoísta, esta entrada súbita en escena de mi madre, de Mathilde, de mi padre- y además, a continuación, otra vez solo, el placer de escribir, de trazar pequeños signos negros sobre la blancura ofrecida, el placer de devanar el hilo de mi pensamiento, de mis fantasías, de mis sofismas, de mis impresiones -para mezclarlo todo y confundirlo- a fin de mejor… sentir la presencia de Germaine. Así, yo sé que mi desgracia, mi verdadera desgracia es estrictamente ésta: que a pesar de la fuerza de mi evocación, usted no está aquí, en Versoix, el 12 de diciembre del novecientos veinte, a las seis y diez de la tarde, y usted no me contesta, y yo no puedo besarla. -Ahí- pues tengo muchas ganas de besarla.

Para sentir la puerta bien cerrada, y el universo bien cerrado sobre sí mismo, con la perfección geométrica del círculo.

La beso, de todas formas -como pienso, con toda mi imaginación, y con todo mi corazón.

Muy suyo

Jorge

Hubiera querido no decir nada
[Guéthary, 9 de julio de 1921]. 9.25 du soir – heure française

Chérie (con qué intensidad, con qué placer pienso: chérie), te escribo en una especie de terraza del hotel al que llegarás el próximo viernes. Tu habitación, número 7, está todavía enyesándose. La de tus padres, también. Decididamente, nosotros vendremos aquí, a las habitaciones 11 y 12, el 1.° de agosto (en el tercer piso). La señora o señorita propietaria acaba de decirme: creo que la señorita Cahen está prometida. He añadido… conmigo -dudando-, porque no sé si se dice avec o à. Hubiera querido no decir nada. Pero el deseo ha sido más fuerte que yo. He cenado en el hotel: claro, elegante, muy bien armonizado, silencioso, con un chic inglés. Vestidos claros, una atmósfera que exige a toda costa la joven en flor. Y he pensado lo bien que estarás, bien, bien en este decorado, hasta qué punto tus vestidos claros resultarán deliciosamente claros y estivales, qué fina estarás, qué bonita, qué chic, qué correcta (sí, correcta, esto es esencial en la impresión), cómo se revelará tu finura profunda con claridad y gracia -sí, gracia, escribo gracia.

(Ya no veo, vuelvo al mirador.)

Las once.

Me he quedado unos minutos deliciosos pensando en ti. ¡Cuánto ganas con este decorado, chérie, pero con justicia, ya que te siento tan armoniosamente dentro de este conjunto! Te voy a querer mucho durante nuestra estancia aquí. Tú tendrás también que ser buena y tierna conmigo, ¿comprendes? Tengo unas ganas locas, locas, de ver pasar rápidamente este mes. ¡Que prisa tengo por verte estival! Tengo la enorme suerte de tenerte, Germaine querida. Alabo al Señor en todos sus cielos. En los momentos logrados de mi existencia, ¡te siento tan profundamente! Y no es una transposición. Es que tú estás en tan esencial acuerdo con todo lo que es bello para mí: es una bobada pero ha ocurrido: me he sorprendido, contemplando el mar, haciéndome tu elogio como a un extraño, con todo tipo de explicaciones.

Ya estos últimos tiempos, te echaba de menos demasiado. Me fastidia esto de estar lejos -separado-. Ayer por ejemplo. Palencia estaba muy sugestiva también -de una forma completamente diferente de la de Guéthary-.

Y yo tenía como un remordimiento de estarte robando toda mi alegría, que necesito hacerte compartir, ya no para doblarla, sino para multiplicarla infinitamente.

Ya no veo el mar -recuerdo del lago de Ginebra-. Pero las cosas van francamente mejor ahora. ¡Cuánto camino hecho! Qué desgraciado era. Qué feliz soy. Hemos hecho un esfuerzo enorme. En este momento me sorprende mucho y me enorgullece. Tengo confianza en nosotros, tengo confianza en mi (nuestra) estrella, tengo confianza en mi (nuestro) destino. ¿Por qué no estás aquí? Estoy ebrio de ti, de nosotros, de cosas bellas, de esperanza, de confianza.

Dentro de veinte días, aquí. Pronto, libres y en las Baleares. Maravilloso.

Chérie, te abrazo, te abrazo, prolongadamente, te agradezco que te llames Germaine Guillén.

Completamente tuyo, profundamente

Jorge

Todo es vago, salvo tú y yo
Murcia, 25 de febrero de [1]926

«Sólo sé ya cantar» -chérie- o como podría decir una variante: «Sólo sé ya volar». He tenido que interrumpir mis cánticos para comenzar a escribirte. Te lo puedes imaginar muy bien. Después de haber compuesto, en día de sol, sabes que canto fatalmente. No, no te envío el poema de hoy porque hay una estrofa que quiero revisar hoy mismo. Estaba repasándolo después de comer. Ayer le cogí (es uno de los de París de este año), y esta mañana le continué. Añade a estos momentos de gozo, mi íntima ocupación amorosa. [ Je pense à toi tout le temps,…] Pienso en ti todo el tiempo, como antes, como cuando se está enamorado de una mujer, y ella todavía es futuro. Y lo maravilloso es que, aquí, de mi mujer pasada tomo toda mi ansiedad hacia la que me va a llegar, muy nueva, no desconocida (qué juego tan superficial el de lo desconocido), sino más que conocida, y segura. Estoy seguro de no soñar en falso o en solitario. No, no, mil veces no. La mujer que persigo sin cesar con mi imaginación existe realmente, y en mi realidad muy cercana, que se volverá maravillosa, sólo por ella, por su simple presencia.

Chérie: mi encanto de mujer amada, acariciada, mimada, mi encanto de mujer mía, «para mí solo, en mí solo, en mí mismo, y junto a un corazón, del verso fuente». (Me lo sé de memoria.)

Mi amor, te juro que me sería imposible, que sería imposible improvisar con quien fuese -(con la más extraordinaria de las mujeres)- este amor nuestro, tan trabajado, tan cultivado, tan largamente, tan ricamente preparado y logrado. Se necesita una cultura para llegar a este extremo. Y pienso seriamente en toda clase de gongorismos -de arte o de vida-. Pienso en el amor de los nuevos amantes, en los recién casados. Pienso en las primeras etapas de nuestro viejo amor. Qué torpeza, y no pienso solamente en la torpeza física (muy importante, por otra parte), sino en toda la minuciosidad perfecta, sólida, inquebrantable, de nuestro acuerdo. ¡Qué músicos! Eres buena, chérie, por haber ido a Trégastel, por haber querido, por seguir queriendo. Chérie, hay que seguir cultivando, seguir cuidando siempre este amor, este gusto que tenemos el uno por el otro. Son nuestros hijos -mis palabras- lo más importante de esta vida mía, nuestra. Yo me digo: para esto, no tenemos necesidad de hacer nada, sino dejarnos vivir, ya que es esto lo que nos sale bien. Pero si fuese necesario, cherie, haríamos lo posible y lo imposible, ¿verdad?, para mantener, afirmar, eternizar el acuerdo. Es nuestra obra principal, al menos yo siento que es la mía, que he dado esta vez con la obra maestra que hay que corregir infinitamente, retocar, refinar.

Oh, cómo te espero, con qué terrible y ardiente y loca y libertina paciencia. Alguna vez tengo casi (casi) miedo de imaginarte demasiado. De usar nuestros placeres a través de la imaginación, tu llegada, nuestra casa futura y nuestros secretos maravillosos en nuestra casa. Me digo. No. Basta. Pero, imposible. Tú, tú superas siempre mi expectativa -soy el nunca decepcionado, el nunca desalentado, el nunca cansado- de entusiasmo por esta renovación de interés y de unión que se llama mi mujer, ésta perpetua señorita Germaine en transformación sin fin, pero siempre en un Trégastel mágico.
Chérie, no te enfades conmigo si estoy alguna vez dentro de esa vaguedad española de la que sufres tanto. Todo es vago, salvo tú y yo, -«y junto a un corazón, del verso fuente».

¿Vaguedad? No. No es hoy, sino mañana, viernes, 26, cuando veré a Vindes con Payá. (Éste no puede antes y eso me molesta mucho.) No he querido decirte nada preciso sobre la casa mientras no sea nuestra…

Si lo es mañana, te daré toda clase de detalles enseguida.

Estate tranquila. Tendremos casa, y relativamente buena. Además, dice Vindes (yo no sé si será verdad) que estará la casa terminada en marzo. Así es que ya he comenzado ayer a hacer combinaciones sobre tu llegada y la de los hijos.

Te supongo a punto de marchar. Sí, ven cuanto antes lo más cerca de aquí. Habrás ya recibido los 1.000 francos que yo te mandé. La petición al padre ha tropezado (¡siempre tiene que ocurrir algo!) con la incertidumbre postal. Le escribí a Madrid cuando estaba en Biarritz, luego a Biarritz, cuando ya estaba en Valladolid. Ayer he vuelto a escribirle a esta ciudad última. Hoy voy a dirigirme a Julio hijo para saber si el padre lo sabe. ¡Ah! Hoy me ha llegado, por León Sánchez, un ejemplar de les Entretiens avec Paul Valéry. No traigas más que el de Guerrero. Dime a tiempo cuándo debo dejar de escribirte a París.

Besos

Jorge

About Irad Nieto

About me? Irad Nieto es ensayista. Durante varios años mantuvo la columna de ensayo “Colegos” en la revista TextoS, de la Universidad Autónoma de Sinaloa. Publicó el libro de ensayos El oficio de conversar (2006). Ha colaborado en diversas revistas como Letras Libres, Tierra Adentro, Nexos, Crítica y Luvina, entre otras. Fue columnista del semanario Río Doce, así como de los diarios Noroeste y El Debate, todos de Sinaloa. Su trabajo ha sido incluido en la antología de ensayistas El hacha puesta en la raíz, publicada por el Fondo Editorial Tierra Adentro en 2006 y en la antología de crónicas La letra en la mirada, publicada en la Colección Palabras del Humaya en 2009. Actualmente escribe la columna quincenal “Paréntesis” en El Sol de Sinaloa.
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