Erotismo a través de cámaras web

De la sección Verano húmedo me traigo el relato erótico ‘Webcum’, de Luis García Jambrina, en el que se narra un encuentro “sentimental”, un amorío (a través de la cámara web) tan propio de esta época en la que se prefieren las relaciones virtuales porque son más seguras, más libres, sin ataduras, sin responsabilidades y aparentemente sin límites. Pero ¿qué ocurre el día en que la pareja, esa que ha intimado tanto gracias a una cámara, se encuentra en la calle? Les comparto los dos primeros párrafos:

Se conectaban todas las noches, de doce a una, a través de Internet. Se habían conocido unos meses antes en un chat para fanáticos de los videojuegos, pero enseguida descubrieron que tenían muchas más cosas en común y quisieron pasar a otro nivel. Fue entonces cuando ella le propuso que lo hicieran a través del Skype. “Así podríamos vernos -le comentó-, al mismo tiempo que hablamos”. En un principio, él trató de resistirse con diferentes pretextos. “Pero ¿y si no te gusto?” -argumentó por fin. “¿Tan monstruoso eres?” -bromeó ella para aliviar la tensión. “Es que, verás -le explicó él, avergonzado-, no estoy muy acostumbrado a tratar con chicas de carne y hueso”. “Si es por eso, no debes preocuparte -lo tranquilizó-. Todo va a salir bien”.
Cuando se vieron en la pantalla de sus portátiles, ninguno de los dos se sintió decepcionado. Después de unos primeros intentos un tanto embarazosos, a causa de la impericia y la inseguridad del muchacho, sus encuentros nocturnos fueron acomodándose a un ritual cada vez más preciso y gozoso. “¿Quieres que me desnude?” -decía ella con simulado candor. “Llevo todo el día esperándolo” -contestaba él con la voz estrangulada por el deseo. “¿Qué tal te ha ido hoy?” -preguntaba ella, mientras se despojaba de la camiseta, mostrándole a la cámara sus senos, pequeños y puntiagudos. “La vida es para mí solo un paréntesis entre un encuentro y otro, ya lo sabes”. “¿Eso quiere decir que has pensado en mí?”-inquiría ella, desabrochándose los botones de los vaqueros hasta dejar ver el comienzo de sus bragas. “Desde que me levanto, no hago otra cosa”-reconocía él. Y ella notaba cómo la sangre le quemaba las mejillas.
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