Cartas de Kerouac y Ginsberg

En el libro Jack Kerouac and Allen Ginsberg: The letters se recogen las 188 cartas que estos dos escritores de la generación beat se enviaron de 1944 a 1963. Están aquí los problemas y los sueños de una generación y las muestras de una amistad.

En una nota de Josep Massot:

Las 188 cartas, desde 1944 hasta 1963, reconstruyen no sólo los entresijos de una generación (Neal Cassady, Gregory Corso, Gary Snyder…), sino sobre todo la historia de una amistad. Ginsberg y Kerouac se conocieron en 1944, en un apartamento cercano de la Universidad de Columbia. Ginsberg, 17 años, era un poeta homosexual, inseguro y tímido, que buscaba la aprobación de su mentor, Lionel Trilling, mientras que Kerouac, 21 años, de una familia franco-canadiense, jugador de rugby, ya había pasado página y tenía claro que no quería escribir como Conrad Aiken. Participaban con entusiasmo de la vida agitada de los hipster de Nueva York, devotos del be-bop. La primera carta es de aquel año, Ginsberg escribe a Kerouac a su celda de la cárcel del Bronx: había sido detenido, junto a Burroughs, por ocultar pruebas del asesinato de David Kammerer por parte de Lucien Carr. Un crimen –Carr solucionó con dos puñaladas el acoso sexual al que le sometía sin respiro Kammerer– que noveló Kerouac, primero a cuatro manos con Burroughs (…Y los hipopótamos fueron hervidos en sus tanques) y después a solas (La ciudad y el campo, La vanidad de Douloz).

En 1949 es Ginsberg quien está en apuros. La policía descubrió en su apartamento mercancía robada y pudo evitar la cárcel, pero no el psiquiátrico, donde conoció a otro beat Carl Solomon. “Aquí –escribe a su amigo– los abismos son reales”. Más tarde, Kerouac visita en México a Burroughs, que acababa de matar accidentalmente a su mujer, Joan, al errar el tiro en un absurdo juego a lo Guillermo Tell. “Bill –escribe Kerouac– es grande. Joan le ha hecho aún más grande que nunca (…) No tengo duda de que fue un accidente”.

La correspondencia refleja las dudas literarias de los dos amigos y también los celos. “Tu novela es impublicable”, demasiado loca y salvaje, escribe Ginsberg cuando lee el manuscrito de On the road. “Sigue el consejo de quien ha escrito una obra maestra: ¡pasa a máquina tus poemas!”, le apremia Kerouac, quien había apostado por la escritura espontánea –”El primer pensamiento es el mejor pensamiento”–, no como la escritura automática surrealista, sino como la improvisación de los jazzistas del be-bop. Y al igual que ellos, buscando en las drogas o en el budismo nuevas percepciones de la mente, que en el caso de Kerouac le exacerbaron su vena mística. Sin embargo, Kerouac corrigió el estilo de On the road antes de darlo a imprenta, como se puede comprobar en la reciente edición del manuscrito original (Anagrama): un rollo de papel de calco de 36 metros, ajustado para que cupiera en la máquina de escribir.

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