Justicia poética, una nota de Armando González Torres

A propósito del Premio Príncipe de Asturias de Humanidades que recibió la filósofa Martha Nussbaum, Armando González Torres escribe en Laberinto un comentario sobre un libro excelente (que por desgracia presté y no regresó) de esta autora: Justicia poética, en el que se propone tender puentes entre la imaginación literaria y el discurso público. Apunta González Torres:

Martha Nussbaum, Premio Príncipe de Asturias de Humanidades, es una mujer de bello rostro y formas elegantes, pero, sobre todo, es una mente filosófica desbordante que incide en temas que van desde la filosofía clásica hasta las políticas públicas contemporáneas. Justicia poética (Andrés Bello, 1995) es un libro en el que la pensadora llama a restituir el enlace entre deliberación racional e imaginación literaria. Para la autora, la literatura resulta escasamente considerada en la deliberación filosófica, política, económica y jurídica pues, por un lado, se le asigna una función meramente recreativa y, por el otro, la segmentación académica limita su integración. Con todo, la imaginación literaria, como una forma de enfatizar la irreductibilidad del individuo y suscitar empatía, puede contribuir a elucidar temas que van desde la lógica jurídica hasta la justicia distributiva. Para Nussbaum la literatura (básicamente la tradición angloamericana de novela realista) reivindica la complejidad de la persona, pues tiende a revelar aspectos de la realidad desconocidos para muchos y a plantear las tensiones entre individuo y sociedad, entre biografía personal e historia, entre deseos íntimos y normas colectivas. De ahí la posibilidad de identificación emocional y moral y la posibilidad de inferir, en lo literario, muy distintas potencialidades de desdicha o realización humana y muy distintas pautas de evolución ética. La literatura también enriquece las nociones de individualidad y motivación e ilumina la vida interior de seres radicalmente distintos y, con ello, contribuye a desmantelar el prejuicio uniformador. Por supuesto, Nussbaum no aconseja que la literatura sustituya la parte técnica y normativa de una deliberación, pero si llama a cotejar la deliberación racional y la teoría filosófica, jurídica o económica con la emoción y la intuición moral que emana de la literatura.
Porque, para Nussbaum, la imaginación literaria es un contrapeso a los utilitarismos extremos y a su propensión a medir y uniformar sin poner atención en las personas concretas. Dichos utilitarismos predominan tanto en las ciencias sociales como en la definición de las políticas públicas contemporáneas. El problema es que, al deshumanizar mediante la abstracción y la simplificación de las aspiraciones individuales, se niega el reconocimiento, respeto y justicia que todo individuo merece. Por eso, contra la convención que llama a desterrar las emociones de las deliberaciones filosóficas, económicas o jurídicas, Nussbaum insiste en integrarlas creativamente, pues éstas proporcionan información indispensable para entender el concepto mismo de moral y, por ejemplo, es muy difícil emprender un análisis jurídico sin apelar a los sentimientos de indignación o piedad que suscita un acto. Así pues: “Dotada de imaginación la razón se vuelve benéfica, guiada por una visión generosa de sus objetos; sin su caridad, la razón es fría y cruel”.

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Entrevista con el poeta Juan Manuel Roca

La Jornada semanal publica el siguiente diálogo con el poeta colombiano Juan Manuel Roca, autor, entre muchos otros libros, de Las hipótesis de Nadie (2005):

–Cuando leemos su poesía aparece la sombra frecuentemente como punto de llegada, como condición de las cosas, del poema y del poeta…

–Bueno, sin que tenga rango de fórmula matemática ni que sea la división tan tajante, hay poetas solares y poetas lunares. Hay poetas que están muy dados al día, a la claridad del día, a lo meridiano, y otros poetas para los cuales la noche, la sombra, la oscuridad es un territorio muy propicio para la creación de poesía. Sin que yo tenga una línea programática en ese sentido, a lo largo de lo que yo he intentado escribir siempre me doy cuenta que la presencia de la sombra es también la idea que tengo de la poesía, en el sentido de que a mí me gusta aquella imagen que es mas elusiva, y una palabra que si bien no es encriptada, sí es, por lo menos, menos directa, y eso tiene que ver mucho con la sombra. Como amante de la pintura siempre me ha atraído el claroscuro, pero principalmente las sombras que se proyectan sobre un cuadro, porque la sombra y el enigma siempre van de la mano. Y pienso que los hombres a pesar de estar hechos de esas mismas dos naturalezas, hechos de luz y hechos de sombras, cuando transitamos por el camino de la intuición que es el camino de la poesía, del rapto poético, de la imaginería que arranca, de una forma un tanto inconsciente, de quien la escribe o la plasma en la pintura, está muy ligada a eso, a la parte de la nocturnidad, de lo desconocido de lo que no podemos aprehender de una manera muy evidente. Esa presencia de la sombra, de la ceguera, de la nocturnidad, que son como de la misma familia poética, me han tocado permanentemente, pero no de una manera, repito, programática, sino que después de que he escrito mucho me he dado cuenta de que sí es tal como tú señalas, una obsesión.

–¿Frente al lenguaje práctico, hundido en los intereses y los discursos manipuladores, la sombra de las palabras no viene siendo la verdad del lenguaje?

–Me identifico con una frase de ese gran escritor, de corte anarquista, Henry David Thoreau, que dice que la poesía es la salud del lenguaje. Hay un lenguaje corriente, un lenguaje que nos sirve para la sobrevivencia; sin embargo, en nuestra evolución, en nuestro espíritu no nos modifica. Sirve para pedir algo de comer, para entendernos con quien nos vende algo, para un tráfico de cotidianeidad despoblado de intereses realmente esenciales. Pero donde yo encuentro una virtud de las palabras es cuando ellas no designan un tráfico de asuntos inmediatos sino algo que trasciende eso, y que está muy ligado a la órbita del misterio: cómo cada palabra –como dices– proyecta una sombra. Uno de mis libros se titula Luna de ciegos porque para mí la poesía es como una luna que nos permite ver en nuestra ceguera histórica, en nuestra ceguera impuesta, y de alguna manera eso está proyectado por una gran sombra. En ese juego de luces y sombras que proyecta la palabra, creo que muchas veces lo que desconocemos o que olvidamos o que ignoramos es, precisamente, la parte oculta de esa palabra, que todavía guarda un significado secreto, no desgastado, no trajinado. Puede suceder esa cosa terrible con la palabra libertad, posada frecuentemente en labios de carceleros. En la sombra que uno puede encontrar detrás de esas palabras, detrás del barniz de tantas malas interpretaciones, tenemos un elemento que es materia poética.

–Un poco a lo García Márquez, que creó un pueblo con sus casas y habitantes y con los sueños y delirios, usted esboza en sus poemas un vecindario con andenes, esquinas, manzanas, puertas y ventanas, transeúntes, oficios, patios y lunas. ¿Por qué el afán de crear estos mundos paralelos? ¿Responde a un deseo de emular a Dios?

–Creo que toda persona que se pone a escribir lo hace por una insatisfacción con la realidad, como lo hace también el pintor, como lo hace el músico; como no resulta suficiente la realidad –la encontramos pobre, mezquina, chata, roma–, pues intentamos de una manera soberbia –hay que reconocerlo– transformarla, como si se pudiera transformar a partir del arte, y en eso hay una emulación del Creador; algunos se atreven a decir que no son artistas o pensadores, sino creadores. Es una actitud deificante y en cierta forma un deseo de emparentarse con alguien que puede crear como lo haría Dios. Creo que eso de tomar el arte en forma tan solemne y creer que puede cambiar la realidad hay que verlo con sorna. Yo siempre digo, y lo repito hasta el cansancio, que intentar cambiar la realidad con poesía es como intentar descarrilar un tren atravesando una rosa en la carrilera. Pero lo que sí existe es una gran insatisfacción. Cuando tú hablas de la fundación de ciertos espacios que se han vuelto míticos, se piensa obviamente en Faulkner; pero también se piensa en otro pueblo imaginario, Spoon River, creado por Edgar Lee Masters, un pueblo en la Recesión, y lo que este poeta conjura a través de los epitafios del cementerio de Spoon River es nada más ni nada menos que una región fabulada, que llega a tener tal rango de credibilidad que a veces hay quienes la involucran en el mapa físico de Estados Unidos. Ese es un libro que leyó con mucha pasión Juan Rulfo, quien también acometió la construcción mítica de un poblado, Comala. Yo, la verdad, estéticamente me siento más habitante de Comala que de Macondo; esa cosa magra de ir al hueso sin la adiposidad del lenguaje me parece que es extraordinaria en Rulfo, y atiende a esa visión que se tiene de la muerte por parte de la cultura mexicana. Pero también uno pensaría en la Santa María de Onetti, quien logra crear un poblado extraordinario a través del lenguaje, un sitio en donde uno podría, perfectamente, y mentalmente, recorrer sus calles o entrar a sus bares. En Colombia nunca nos acordamos que antes de Macondo fue fundado el pueblo de Cedrón, en esas espléndidas novelas de Héctor Rojas Herazo, ese autor que, aunque fundamental en nuestras letras, a veces se olvida. De alguna manera me ha asaltado más bien el tema que la idea y han ido apareciendo tal como lo señalas, regiones geográficas y espirituales, pequeños mapas, oficios, etcétera, porque yo creo que ante esa insatisfacción con la realidad hay una realidad paralela que uno busca plasmar en lo que escribe

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Entrevista con Gianni Vattimo

El País nos ofrece la breve charla que sostuvo hoy Gianni Vattimo con los lectores del diario:

¿Cómo podría Italia librarse de esa clase política corrupta que no sabe renunciar a sus privilegios? ¿No le parece que hay una ruptura insalvable entre la casta política y el pueblo?

El problema es que la política es como la describía Aristóteles: si tenemos que filosofar filosofamos. Y la política está así. Soy una parte pequeña y extranjera de la clase política. No veo muy bien cómo se puede sin una revolución o una guerra. La historia ha demostrado que estos hechos necesitan de cambios radicales. El problema es quién va a hacer esto. No me gusta lo que hace Monti, es un hombre más de la banca. Pero cómo sustituimos a los políticos actuales? La cuestión es complicada porque en tiempo de crisis de la democracia no hay manera constitucionales de cambiar la constitución sin hacer referencia a la clase política existente. No veo muchas posibilidades de este tipo. Se trata de preparar una nueva ley electoral, con algunos movimientos de masas. Preparar un nuevo parlamento de acuerdo a las exigencias del país. La única esperanza es esta posibilidad de trabajar un poco al interior de las instituciones, no todos son corruptos. Escuchar a los movimientos de calle, una activación de las masas aunque no sea violenta.

¿Y si la Democracia fracasa?¿Y si los ciudadanos han perdido el control sobre la política? ¿Es la rebelión la solución?

Se trata de producir revoluciones. Creo que desafortunadamente tenemos que trabjajar mucho para reactivar la política. La mala reputación de los políticos es justificada. No es una invención de los medios de comunicación, y todo esto esconde otras corrupciones. No todo es responsabilidad de la clase política, hay otros poderes que usan la mala fama de la politica para limitar la democracia.

Existe el desencanto en política. ¿Y en filosofía? ¿Alguna vez lo ha sentido?

Sí. Creo que el desencanto aqui es básicamente porque los fundamentalismos son violentos. La busqueda de verdades absolutas. Esa busqueda es una actitud de violencia. Eso no singifica que la filosofía no tenga nada más que filosofar. Yo intento responder a esto con el pensamiento débil, que es esa tentativa de responder a a ese desencanto elaborando una via para salir de la violencia. Hay un contenido de la filosofia después de la metafisica, elaborar un discurso mas interpretativo y menos obejtivista, con menos pretensiones de corresponder a una realidad innegable.

Usted que es un gran conecedor de nietzsche, ¿ que cree que pensaria de esta epoca que nos ha tocado vivir?.gracias.

Nietzsche sería un filósofo adecuado para esta época, no como exacerbación de la vioencia y el poder. El escribió una vez que ahora que Dios ha muerto queremos que vivan muchos dioses Era una posicion de pluralismo cultural. Ser fuertes en una perspectiva de vida. El superhombre no quiere decir el líder de las bandas criminales, sino una persona capaz de interpretar el mundo actual. Tenemos que crear una acitud más individual y característica. Es una buena manera de indicar el camino de la autenticidad. tiene que devenir un sujeto responsable en un mundo pluricultural. Ahora que no hay verdades absolutas hay que tener caridad.

Cree VD. que la desigualdad entre ricos y pobres, a nivel planetario, tiene visos de corregirse en este siglo?

No lo tiene. Si no se corrige esta diferencia excesiva puede derivar en cuestiones indeseadas. El problema no se reduce a asumir una pérdida de condiciones de vida. Por ejemplo, el día que todos los chinos tengan coche vamos todos a morir porque no habrá gasolina suficiente. Hay que evolucionar en aspectos tecnológicos. Es problema de desarrollo tecnologico y presencia democrático. Hay que desarrollar métodos alternativos. Lenin tenía razón como algo mixto un conjuto de desarrollo tecnológico y presencia fuerte de democracia política, de participación popular en la política.

¿Sigue teniendo sentido la presencia de la filosofía como asignatura específica y común en los planes de estudios de la enseñanza secundaria (Bachillerato en España)?

Es muy importante que esa asignatura permanezca. Me gustaría que hubiera una discplina para todas las carreras. Sin filosofía no hay democracia. Donde no hay una cultura filosófica muy desarrollada ni pensamiento crítico la conciencia política se pierde en la tecnicidad. La tendencia a susttuir la filosofía por asignaturas más prácticas y ténicas es una tendencia al suicidio. La tecnología por sí solo no lleva a nada. NO discute la técnica.

¿ El método de la metafísica conduce a una visión violenta del mundo o quizás debería ser llamada violencia semántica?

El problema es que la metafísica como idea es una estructura que se puede conocer como causa primera. Todo esto es una idea de las clases dominantes. El establecer diferencias entre los que saben y no saben. No se trata de inventar formas de saber. Hay que tomar la palabra. Walter Benjamin dice que lo importante es dar la palabra a los que han sido silenciados a lo largo de la Historia. Se trata de desarrollar la filosofía como diálogo subjetivo. No decimos que nos ponemos de acuerdo porque hemos encontrado la verdad, pero podemos decir que encontramos la verda cuando nos ponemos de acuerdo. Es la negociacion entre grupos. La filosofia se desarrolla en ese sentido y así es como podrá tener un sentido útil para la sociedad.

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Un cuento de E.L. Doctorow

Miscelánea Editorial acaba de publicar Todo el tiempo del mundo, una antología de trece relatos del escritor norteamericano E.L. Doctorow. El blog Papeles perdidos nos comparte una de esas historias: El escritor de la familia, un excelente cuento que muestra y pone en juego, dentro de la propia narración, los poderes de la ficción para alterar la conducta y vida de los otros. Se los recomiendo.

El escritor de la familia

En 1955 murió mi padre, y su anciana madre aún vivía en una residencia de la tercera edad. La mujer tenía noventa años y ni siquiera se había enterado de que él estaba enfermo. Temiendo que el disgusto la matase, mis tías le dijeron que se había trasladado a Arizona por su bronquitis. Para la generación inmigrante de mi abuela, Arizona era el equivalente en Estados Unidos a los Alpes: era el lugar adonde uno iba por su salud. Más exactamente, era el sitio adonde uno iba si tenía el dinero necesario. Dado que mi padre había fracasado en todos los negocios de su vida, ese fue el aspecto de la noticia en el que se centró mi abuela, el hecho de que su hijo por fin había alcanzado cierto éxito. Y fue así como mientras nosotros, en casa, llorábamos su pérdida con una mano delante y otra detrás, mi abuela alardeaba ante sus amistades de la nueva vida de su hijo en el aire seco del desierto.

Mis tías habían decidido esa línea de acción sin consultarnos. Implicaba que ni mi madre ni mi hermano ni yo podríamos visitar a la abuela porque supuestamente nosotros también nos habíamos trasladado al oeste, como familia que éramos. A mi hermano Harold y a mí no nos importó: la residencia había sido siempre una pesadilla, con todos allí sentados mirándonos mientras intentábamos entablar conversación con la abuela. Ella tenía un aspecto espantoso, padecía un sinfín de males y se le iba la cabeza. No verla tampoco representaba una decepción para mi madre, que nunca se había llevado bien con la vieja y no la visitaba ni siquiera cuando aún podía. Pero lo molesto fue que mis tías habían actuado como era habitual en esa rama de la familia, ejerciendo la autoridad en nombre de todos: por un lado, ellas, las auténticas ciudadanas por lazos de sangre; por otro lado, los demás, ciudadanos inferiores por lazos matrimoniales. Era precisamente esta actitud la que había atormentado a mi madre durante toda su vida de casada. Sostenía que la familia de Jack nunca la había aceptado. Se había enfrentado a ellos durante veinticinco años como intrusa.

Pocas semanas después de nuestro duelo ritual, mi tía Frances nos telefoneó desde su casa de Larchmont. La tía Frances era la más rica de las hermanas de mi padre. Su marido era abogado, y sus dos hijos estudiaban en Amherst. Había llamado para decir que la abuela preguntaba por qué no tenía noticias de Jack. Yo había atendido el teléfono. «Tú eres el escritor de la familia —dijo mi tía—. Tu padre tenía mucha fe en ti. ¿Te importaría inventarte algo? Envíamelo y yo se lo leeré a ella. No notará la diferencia.»

Esa noche, en la mesa de la cocina, aparté mis deberes y redacté una carta. Intenté imaginar cómo habría respondido mi padre a su nueva vida. Él nunca había viajado al oeste. Nunca había ido a ningún sitio. En su generación, el gran viaje era de la clase trabajadora a la clase profesional. Eso tampoco lo había conseguido. Pero adoraba Nueva York, donde había nacido y vivido su vida, y siempre descubría cosas nuevas sobre la ciudad. Adoraba especialmente las zonas antiguas por debajo de Canal Street, donde encontraba proveedores de buques o empresas que comerciaban al por mayor con especias y té. Era vendedor al servicio de un mayorista de electrodomésticos, con clientes por toda la ciudad. Le encantaba llevar a casa quesos raros o verduras exóticas de otros países que se vendían solo en determinados barrios. Una vez llevó a casa un barómetro, otra vez un catalejo antiguo en un estuche de madera con cierre de latón.

«Querida mamá —escribí—. Arizona es un sitio precioso. Luce el sol todo el día y el aire es cálido, y hacía años que no me sentía tan bien. El desierto no es tan yermo como podría pensarse, sino que está lleno de flores silvestres y cactus y extraños árboles torcidos que parecen hombres con los brazos extendidos. Puedes ver a grandes distancias mires a donde mires y al oeste hay una cordillera, quizás a unos ochenta kilómetros de aquí, pero por la mañana, cuando el sol la ilumina, se ve la nieve en sus picos.»

Mi tía telefoneó al cabo de unos días y me dijo que fue al leer la carta en voz alta a la vieja cuando sintió el pleno efecto de la muerte de Jack. Tuvo que disculparse y salir a llorar al aparcamiento.

—No sabes cómo lloré —dijo—. Lo añoré tanto. Tienes toda la razón; le encantaba ir a sitios, le encantaba la vida, le encantaba todo.

Empezamos a intentar organizar nuestras vidas. Mi padre había pedido un préstamo a cuenta del seguro y quedaba muy poco. Se adeudaban aún ciertas comisiones pero no parecía que su empresa fuera a cumplir con su obligación. Quedaban un par de miles de dólares en una cuenta de ahorro de un banco, que tuvieron que dejarse ahí hasta que se liquidara la herencia. El abogado que se ocupaba era el marido de Frances y era muy formal.

—¡La herencia! —exclamó mi madre entre dientes, gesticulando como si fuera a mesarse el pelo—. ¡La herencia! Solicitó un empleo a tiempo parcial en la oficina de ingresos del hospital donde se le había diagnosticado la enfermedad terminal a mi padre, y donde había pasado unos meses hasta que lo enviaron a casa a morir. Ella conocía a muchos médicos y otros empleados de allí y se había familiarizado «por amarga experiencia », como les dijo, con la rutina del hospital. La contrataron.

Yo detestaba ese hospital. Era oscuro y lúgubre y estaba lleno de personas atormentadas. Me pareció un acto de masoquismo por parte de mi madre buscar trabajo allí, pero no se lo dije.

Vivíamos en un apartamento en la esquina de la calle Ciento Setenta y Cinco con Grand Concourse, en la primera planta. Una habitación, salón y cocina. Yo compartía el dormitorio con mi hermano. Estaba abarrotado de trastos porque cuando mi padre necesitó una cama de hospital en las últimas semanas de su enfermedad trasladamos unos cuantos muebles del salón al dormitorio y le cedimos el salón a él. Teníamos que sortear estanterías, camas, una mesa abatible, burós, un tocadiscos y una radio, pilas de discos de 78 rpm, el trombón y el atril de mi hermano, y demás. Mi madre siguió durmiendo en el sofá cama del salón que había sido la cama de ellos antes de la enfermedad de él. El salón y la habitación estaban comunicados por un estrecho pasillo, más estrecho aún debido a las estanterías adosadas a la pared. Al pasillo daban una pequeña cocina, una zona de comedor y un cuarto de baño. En la cocina había muchos electrodomésticos —grill, tostadora, olla a presión, lavavajillas con encimera, licuadora—, que mi padre había conseguido por su trabajo a precio de coste. Una expresión esta muy valorada en nuestra casa: a precio de coste. Pero la mayoría de estos aparatos ni se estrenaban, porque a mi madre no le interesaban. Los artefactos cromados con temporizadores o indicadores que requerían la lectura de complejas instrucciones no estaban hechos para ella. A estos se debía en parte el horrendo desorden en nuestras vidas, y ahora quería deshacerse de todos. «Nos están enterrando —decía—. ¡Quién los necesita!»

Así que acordamos tirar o vender todo lo que fuera superfluo. Mientras yo buscaba cajas para los electrodomésticos y mi hermano ataba las cajas con cordel, mi madre abrió el armario de mi padre y sacó su ropa. Tenía varios trajes, porque como vendedor, necesitaba la mejor presencia posible. Mi madre quiso que nos probáramos los trajes para ver si alguno podía arreglarse y usarse. Mi hermano se negó a probárselos. Yo me probé una chaqueta, que me venía grande. Noté frío en los brazos por el forro de las mangas y me llegó un vaguísimo olor a la existencia de mi padre.

—Esto me queda enorme —dije.

—No te preocupes —respondió mi madre—. Lo llevé a la tintorería. ¿Crees que te dejaría ponértelo, si no? Era de noche, a finales de invierno, y la nieve caía en el alféizar
y se fundía al posarse. La bombilla del techo iluminaba una pila de trajes y pantalones de mi padre todavía en sus perchas, echados sobre la cama, con la forma de un hombre
muerto. Nos negamos a probarnos nada más, y mi madre rompió a llorar.

—¿Por qué lloras? —preguntó mi hermano levantando la voz—. Querías tirar cosas, ¿no? Al cabo de unas semanas, mi tía volvió a telefonear y dijo que, en su opinión, ya hacía falta otra carta de Jack. La abuela se había caído de una silla y tenía magulladuras y estaba muy deprimida

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Entrevista con Norman Manea

“La ideología nazi fue más honesta que la ideología comunista. Dijeron lo que querían hacer e hicieron lo que prometían. Los comunistas prometieron mucho y no cumplieron, además de perseguir gente. Es una historia difícil, pero así es el ser humano”, considera el gran escritor rumano Norman Manea, quien fue llevado a un campo de concentración a los siete años y sobrevivió casi de milagro; hoy vive en los Estados Unidos. Ñ lo entrevistó:

Hagamos el intento imposible de condensar una vida abigarrada, tan en sintonía con la violencia del siglo XX. Nacido en Rumania en 1936, Norman Manea fue deportado a campos de concentración con apenas siete años, y sobrevivió de milagro, aunque muchos de su familia no tuvieron esa fortuna. En 1986 dejó su país, tierra yerma y convulsionada, para pasar el resto de su vida en los Estados Unidos.

El regreso del húligan, su mejor libro, es un fresco total del siglo pasado, novela-río donde la historia personal se cruza con la narración de los avatares europeos. En toda su obra está, fatalmente, su vida: la intensidad de lo que le tocó vivir no podía sustraerse del papel, y en su caso es posible que la literatura haya funcionado como un medio para racionalizar y encontrarle explicaciones textuales a un siglo que a algunos les mostró su costado violento. De esto hablamos en su visita a Buenos Aires, mientras unos jóvenes alemanes, hipsters de festival de cine, lo seguían a todos lados con una cámara, con la idea de capturar aunque sea algo de la historia viva.

-Publicó sus primeros textos en la Rumania de finales de los sesenta. ¿Cómo accedió a editar por primera vez?
-Mi debut literario fue promovido por un importante poeta rumano, que era comunista y disidente, y era considerado por todos como el gran descubridor de talentos literarios. En el 66, cuando empezó una especie de apertura política, una “liberalización” en toda Europa del Este, que después fracasó pero empezó con gran esperanza, este poeta lanzó una pequeña revista avant-garde , de sólo cuatro páginas, pero cuatro páginas muy intensas para todos nosotros, que duró seis numeros hasta que fue censurada. Sólo seis números le bastaron, sin embargo, para publicar a autores desconocidos, inéditos, que hoy son los nombres más fuertes de la literatura rumana. En ese grupo estaba yo.

-Sigamos. Después de una década completa publicando y viviendo en Rumania, llegan los años ochenta y su exilio a Nueva York. ¿Por qué eligió Estados Unidos?
-Nunca elegí nada. Nunca elegí Norteamerica. El tema del idioma era importante: manejo algo de francés y de alemán, pero no me podía imaginar qué iba a hacer un escritor rumano desconocido en esos países. Pero Estados Unidos, por otra parte, me asustaba, y ahora después de 20 años me asusta todavía más. Busqué entonces becas o invitaciones por todos lados, y apareció la beca Fullbright por diez meses, en Washington. Estados Unidos apareció solo. Yo pensaba que me iba a volver rápidamente a Europa, pero pasó el tiempo, pasó el tiempo… y allí sigo.

-¿Pudo irse con su biblioteca?
-Nunca viviste en dictaduras de Europa del Este, ¿no? Nos íbamos con lo puesto, quizás con una pequeña valija. Yo no sé cómo fue exactamente la dictadura argentina, aunque sé que fue muy dura, pero el otro día hablaba con un poeta portugués y comparábamos su dictadura con la de lo países del Este, y no hay punto de contacto. Por lo pronto, la propiedad privada había desaparecido, así que no teníamos bibliotecas. Todos los años teníamos que pasar un examen ante la policía para que nos permitieran quedarnos, un año más, con nuestra máquina de escribir. Te hacían escribir dos páginas de cualquier cosa, sólo como una prueba de impresión y luego cotejaban, con los manifiestos que habían circulado ese año, si por el tipo de letra y tinta esos textos habían salido de tu máquina. Si era así, te la sacaban.

-¿Se sintió aliviado cuando pisó Estados Unidos?
-Me sentí como un sordomudo, no sabía inglés, no entendía, no me podía expresar, estaba confundido y fascinado; de pronto todo era tan inmenso, y habían tantas opciones… me sentí liberado y perdido, diría.

-¿Y la distancia alteró de algún modo su escritura?
-Sí, creo que sí. Por lo pronto está la cuestión del lenguaje. El lenguaje está vivo, es dinámico, no es estático, gana y pierde elementos todo el tiempo. Yo de pronto ya no estaba en contacto con la lengua rumana, y perdí un poco esa actualización. Hay muchas dificultades a la hora de escribir desde el exilio. Para muchos escritores fue una especie de suicidio literario

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Gianni Vattimo en Buenos Aires

Revista Ñ publica un breve reportaje sobre la última visita del filósofo italiano Gianni Vattimo a Buenos Aires. En diversos foros reiteró que crece, al paso de los años, el pensamiento débil, y que no hay verdades únicas sino interpretaciones de los hechos. En Europa observa “un clima de total resignación”, la gente no orienta su voto hacia los proyectos políticos de mejora. Cuestionó también el concepto de la esencia: “Un papa, un dirigente político o un filósofo ambicioso puede decirte ‘Esta es tu esencia, tú no lo sabes pero yo te lo digo’”. Así responde Vattimo: “Yo no creo en eso; la única esencia es la libertad de cada uno, que merece ser respetada, y la única verdad posible es la que nos deja ser más libres, aunque acepto interpretaciones (matiza el filósofo para no contradecirse). Acá un fragmento del texto:

El filósofo italiano Gianni Vattimo anduvo por Buenos Aires y, como los futbolistas que se adaptan a distintas posiciones en el campo, se movió en escenarios diferentes y ante públicos disímiles, pero en cada conferencia subrayó dos de sus ideas más importantes: que con el correr de los años –de las décadas, de los siglos– crece lo que él ha llamado “el pensamiento débil”, y que no existe una única verdad sobre un hecho, sino tantas interpretaciones como testigos haya. Para Vattimo, se trata de dos conceptos irrenunciables.

La primera de sus presentaciones fue el domingo 6 en la Feria del Libro: a su cargo estaba la última de las conferencias magistrales de la 38º edición del evento, y ante casi doscientas personas, el autor de El fin de la modernidad, ejemplificó el debilitamiento de los conceptos absolutos a través de la evolución de la figura de Dios: “Antes era algo muy misterioso, muy trascendente, caía un trueno y se le rogaba al Dios del Trueno que no destruyera la propia casa. Con la figura de Jesús aparece un hombre que les dice a sus prójimos que no son servidores de Dios sino sus amigos; eso debilita la primera idea tan fuerte y tan temible”, sostuvo, y agregó que el pasaje entre la unción divina de los reyes medievales hasta las elecciones democráticas actuales es otra señal de ese debilitamiento.

Esos mismos ejemplos utilizó el miércoles 9 en Arte Sin Techo, una Organización No Gubernamental que trabaja con gente en situación de calle desde una especie de casa ocupada –ocupada por sus intervenciones artísticas y por su trabajo constante, desde que emergió en medio de la crisis de 2001– en el corazón de Almagro. Apenas llegó a esa casa, Vattimo bromeó en su castellano casi perfecto: “Parece un centro civil italiano, feo, sucio y malo”. Allí lo escucharon unas veinte personas, en una actividad organizada entre la ONG, el Centro de Excelencia Jean Monnet de la Universidad de Bologna, y el Laboratorio en Humanidades “Política, Estética y Comunicación” constituido por el Instituto Italiano di Cultura y el Servicio de Cooperación y Acción Cultural francés.

En ese segundo encuentro fue en el que el también diputado del Parlamento Europeo profundizó más sobre conceptos filosóficos: Friedrich Nietzsche y Martin Heidegger, a quienes estudió largamente, fueron los más citados ante un público más especializado que el que había llenado la sala Leopoldo Lugones de La Rural, en su mayoría estudiantes universitarios. Sobre los años en los que Heidegger avaló al nazismo, Vattimo intentó una explicación, aunque no una justificación: “Tiene que ver con el lugar que ocupa un filósofo cuando se cruzan dos triunfalismos, como fueron el capitalismo y el comunismo”, señaló. Las intenciones de un intelectual al unirse a un sistema político son claras para Vattimo: “Enseguida el intelectual querrá liderarlo”, sentenció, y destacó el rol de Rusia sobre el final de la Segunda Guerra Mundial aseguró: “Si Rusia no hubiera hecho lo que hizo, liberado lo que liberó, estaríamos completamente dominados, seríamos todos nazis”.

En Arte Sin Techo hubo tiempo para reflexionar sobre el arte y también sobre la política, tema que especialmente interesa a Vattimo y que lo llevó a definir a la Organización de las Naciones Unidas (ONU) como “una organización disciplinaria hasta el día de hoy”. Para el filósofo, “el impresionismo, el cubismo y el surrealismo fueron una defensa de la actividad humana contra la tecnificación de comienzos del siglo XX, cuando se fundaban Ford y Fiat, y el taylorismo se imponía como modelo de producción fabril”. Esa tecnificación, explicó el autor de Adiós a la verdad, se está dando actualmente en Europa, en las más altas esferas del poder político: Mario Monti, el actual premier italiano, economista y con más experiencia institucional que en el barro partidario, es para Vattimo una muestra de esa “tecnocracia” posterior a la renuncia de Silvio Berlusconi, a quien critica duramente cada vez que tiene el margen de hacerlo.

En Europa “hay un clima de total resignación, la gente no ve que le propongan mejoras alentadoras como para orientar su voto hacia allí”, aseguró, y vinculó esto a su idea de dominación: “El dominio hacia el otro se funda sobre la idea de que la realidad es de tal manera, inamovible. Hoy esa realidad la delinean los banqueros, y no los débiles, por eso es importante desterrar el concepto de una verdad única”, dijo Vattimo, a medio camino entre el entusiasmo y la preocupación

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El peligro de ser admirado

Creo que tiene razón Fernando Savater. Para el escritor o el artista en general la principal amenaza no proviene de aquellos que lo desdeñan y descalifican, sino, ¡cuidado!, de quienes dicen admirarlo o adorarlo. El crítico estimula al artista con sus invectivas, lo revitaliza; el adulador lo desarma por la cuerda más débil: su vanidad. En su columna Despierta y lee el ensayista español reflexiona sobre los admiradores:

Se ha dicho que la admiración es el agradecimiento de la inteligencia, aunque los antiguos -de Aristóteles a Marco Aurelio- solían desaconsejarla con desdén. Las almas grandes, según ellos, no conocen el pasmo ante simples semejantes. Carlyle en cambio consideraba señal de estrechez humana la reticencia a admirar y Aurelio Arteta ha escrito un razonado estudio sobre la admiración que deviene en elogio. A mi juicio, la admiración sincera proviene de lo que en nosotros mismos hay de más admirable. Sin embargo, esta valoración positiva se refiere a la que nosotros profesamos: ser admirado, en cambio, es cosa bastante más peligrosa y no digamos buscar la admiración, que puede resultar hasta rastrero.

Para el escritor o el artista la gran amenaza no son quienes le aborrecen, que pueden resultar estimulantes o por lo menos divertidos, sino los que dicen adorarle. Afectan la debilidad esencial de nuestro ánimo, siempre inseguro y ávido de refuerzos. Aunque estemos convencidos de que quien nos elogia es poco de fiar intelectual o moralmente, basta el primer encomio para que reconsideremos nuestra opinión sobre él y empecemos a encontrarle disculpas y cierta prestancia. Aunque lo bueno es gustar de vivir, a menudo confundimos eso con vivir de gustar, que es algo bastante más menesteroso y deleznable…

Claro que tampoco en este asunto hay que pasarse de puritanos: nadie es responsable de sus admiradores, siempre que no les halague a sabiendas para ganarse su ovación. Incluso puede haber admiradores que tengan la honradez de preferir que se les trate como adultos y se les lleve la contraria… Otros en cambio son mucho más condicionales y de su admiración nos enteramos por lo general cuando nos notifican que, ay, la hemos perdido: “con lo que yo le admiraba a usted, pero me ha decepcionado cuando escribió tal cosa o hizo tal otra”. Este tipo de declaraciones animan y hacen sentir vivo porque demuestran que no nos hemos convertido en estatua: seguimos caminando, tropezando y cayendo pero en marcha, mientras que el decepcionado se queda refunfuñando junto al monumento del pasado, mirando a las palomas irreverentes que le cagan en el sombrero emplumado… Esa es la diferencia entre el orgullo, que se exige y valora a sí mismo a pesar del criterio de la mayoría, y la vanidad, que sólo come de la mano ajena

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