Polémica sobre el “ensayo ensayo”

Hace un par de semanas comenté y recomendé aquí el texto que Luigi Amara publicó en Letras Libres en defensa del ensayo ensayo, en el que reivindicaba la plasticidad, libertad, intimismo e irreverencia de ese género literario tan opuesto, en su forma como en sus objetivos, a los escritos académicos. El ensayo, nunca sobra repetirlo, es literatura. Sin embargo, no todos lo conciben así. En el suplemento cultural Laberinto Heriberto Yépez escribió una crítica al texto de Amara que tituló Las ilusiones del ensayo-ensayo, que se concentra en demostrar, entre otras cosas, que el error principal de quienes abogan por el ensayo literario (“género que agoniza”) estriba en reciclar un género del pasado e impedir que cambie, que rebase pero también contenga a la academia y la filosofía (que argumente tesis). La apuesta por el ensayo ensayo es, desde esta perspectiva, conservadora. Por su parte, en una réplica publicada también en Laberinto, Luigi Amara regresa para defender su tesis: Un ensayo es un ensayo es un ensayo.

Para quienes no están al tanto de la discusión, recomiendo que lean el ensayo que originó la polémica y luego revisen la crítica (de Heriberto Yépez) y réplica (de Luigi Amara) que les comparto a continuación:

Ilusiones del ensayo-ensayo
Por Heriberto Yépez

En Letras Libres de febrero, Luigi Amara distingue al ensayo del pseudo-ensayo en su texto titulado “El ensayo-ensayo”.

Por un ensayo-sin-adjetivos, Amara exige no confundir al “ensayo ensayo” con los géneros académicos (disertación, tesina, artículo, ponencia); la crítica (reseña o análisis) o la non-fiction. Para Amara, el ensayo debe cuidar su sabor literario, ya que las “dos cualidades del ensayo —su acento subjetivo y su sinuosidad tanteadora— están ausentes de mucho de lo que hoy se considera ensayo”.

Amara argumenta a favor de la tesis de que el ensayo no debe argumentar tesis.

Lo define como una escritura sin más tema o nodo que el yo tautológico.

Según el conservadurismo de Amara no hay más camino que el de Montaigne, autoridad que si se obedece hace “libre” al ensayo.

Dice Amara que más que centauro (Reyes), a él la imagen que más le “gusta para representar el ensayo es la serpiente”.

¡Pero escribe un ensayo para evitar que el ensayo mude de piel!

El ensayo ensayo —la expresión lo revela— es un ensayo patitieso, nostálgico (mula, muy mula) que se niega a abandonar su yo-yo vetusto.

Hay que ser escritor terco-terco para no aceptar que el ensayo de nuevo hibride.

Acorde a sus propios alegatos, el de Amara tampoco sería un ensayo: no se ocupa de sí mismo sino de abogar ideas suyas y de otros sobre el ensayo.

Las contradicciones de Amara, sin embargo, son positivas en la medida en que muestran al ensayo en su “cariz experimental, su condición de laboratorio sobre el papel”.

¿Por qué Amara escribe este ensayo y Letras Libres lo publica en un lugar central?

El ensayo literario agoniza. La literatura ya es definida por la prosa de redes sociales, academia, periodismo y crítica. La literatura ya no define a la literatura.

Creer en una prosa ateórica, manierista, solipsista es meter la cabeza en un hoyo: ensayo-avestruz.

Queremos respuestas. Desmantelar sistemas. Reorganizarlo todo. El error del retro-ensayismo literario es huir de estos problemas, reciclando un género literario pretérito.

El error es fijar al ensayo por resta, en lugar de reinventarlo por suma.

No pidamos al ensayo no tener argumentos, pies de página, fuentes (¡o lectores!); pidámosle tener todo lo que un paper más algo que pocos tienen: belleza intrépida, innovación formal, experimentación estructural.

Nuevo ensayo = ponencia + poema.

El verdadero reto del ensayo es construir un género que contenga y rebase a la academia, ¡y los medios!

Y a la filosofía, que fue catedral; el nuevo ensayo, filosofía convertida en performance.

La teoría de Amara acerca del ensayo ensayo demuestra que este género ya perdió la batalla.

Por eso el ensayista tradicional ahora fantasea con aislarse, ratificarse, poseer la receta para convertirse en un mimo de piedra.

Escribir como rictus para protegerse de esta era funesta.
(Laberinto, 25/02/2012)

Un ensayo es un ensayo es un ensayo
Por Luigi Amara

Hay que ser “muy mula”, como dice Yépez con su estilo lleno de poesía y ponencia, para interpretar que la vuelta a Montaigne comporte la idea de quedarse allí. Con afán de puya y una manía simplificadora incomparable, cuestiona que al asociar al ensayo con la serpiente lo haga “para evitar que mude de piel”. Más allá de que es improbable que yo pueda impedir nada, Yépez pasa por alto el epígrafe —si no es que el meollo del asunto—: “El ensayo no puede ser otra cosa, ya que le está permitido serlo todo”. La condición de la serpiente es mudar de piel, pero no puede dejar de ser serpiente.

Además de las simplificaciones, a Yépez le encantan las metáforas sobre la petrificación y la máscara. Es natural: usa la rancia estrategia de convertir en guiñol lo que lee, para luego darle de palos. Cuando conoció la idea de Bacon de atentar contra los ídolos de la tribu, la entendió en clave de piñata. El problema es que, tras su sesión acaso terapéutica de dale y dale, no se da cuenta de que el espantajo que creó está hueco y que así no gana un cacahuate.

Yépez, siempre original, aboga por un ensayo que hibride, es decir, no quiere desmontar el centauro de Alfonso Reyes. Insiste en su carácter teórico sólo para decir que, fuera de la psicohistoria que practica, todo es repostería y amenidad. No sin razón, cree que a la literatura mexicana le hace falta discutir ideas; se embrolla cuando señala que la vía es un regreso a las tesis. Al contrario de Lutero, que clavó la suya en la puerta y se encerró hasta no demostrarla, el ensayista se olvida de esa tesis y de esa puerta para enfrentar directamente las cosas. Quizá no vaya muy lejos, pero nada más contrario a la estrategia del avestruz, que en todo caso se respira en los cubículos. La preocupación de Yépez es clara: ¿cómo convertiría sus clases en ponencias para luego publicarlas con el título excesivo de “ensayos”? El reciclaje académico precisa de esa confusión.

Subrayar el cariz personal del ensayo lo interpreta como una posición ególatra, donde el escritor se solaza en el juego solipsista con su yo-yo. Haría bien en abrir el libro de Montaigne y advertir que rebosa en temas e ideas, y que aun sus naderías rara vez son evasiones. Para alguien que arroja sentencias desde la cúspide de La Verdad, el prisma falible de la subjetividad ha de saber a muy poco. Seguro le molesta que, ocupado en sí mismo, el ensayista no tenga por tema a Heriberto Yépez, único eje del ego válido.

Apoyarse en Montaigne equivale, para él, incurrir en argumento de autoridad, un gesto de castración y conservadurismo retrógrado. No concibe otra forma de traer al presente la tradición sino convirtiéndose en “tradicionalista”. Si la operación de elevar al cuadrado no estuviera hoy desprestigiada, diría que el énfasis del ensayo ensayo es potenciarlo: apoyarse en su linaje para mutar sin traicionarse. Coincidimos en que un género degenerado no puede prescindir de la experimentación y la audacia; la “resta” está en aferrarse a llamar “ensayo” aquello que ni siquiera lo intenta.

Los fantasmas de la autoridad empañan sus anteojos cuando juzga sintomático que mi texto se publique en Letras Libres. Como ya acometió la crítica de Alejandro Rossi, al reciclarla cree que desacredita en bloque. Así procede: la “belleza intrépida” la busca con la brocha más gorda. No sólo piensa desde el pasado —la literatura como camarillas—, sino que se empantana en supersticiones geográficas. La idea del “Norte”, su principal brújula, lo tiene norteado.

Lo que Yépez no dice, pero pudo decir, es que si el ensayo surgió como una forma de la modernidad, tal vez no sea apto para abandonarla. Quizás el ensayo sea incapaz de resistir la desaparición del sujeto y la muerte de la literatura y la derrota del lenguaje en manos del mercado y la academia. En ese caso habríamos de desmontarlo todo, escribir completamente diferente, como hizo Montaigne en el amanecer de una era. Pero entonces, ¿para qué llamar a esa nueva forma ensayo?
(Laberinto, 03/03/2012)

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