Por la sencilla razón de que hasta hace un par de meses conseguí no uno sino dos cuartos propios, me acostumbré a escribir y leer en la mesa-comedor de la cocina frente a manzanas, plátanos, peras, latas de jugo, libros, recibos de pago, una caja de cereal y muchas revistas. Es una mesa redonda con cuatro sillas muy incómodas y pesadas, cuyos respaldos estuvieron pensados para personas altas. El comedor, cubierto con un viejo mantel blanco, está colocado frente a una ventana por donde se observa la calle y por la que suele colarse la espantosa, repetitiva y soez música que escuchan mis vecinos; aun así logro concentrarme. A mi lado derecho (cuando estoy sentado) hay dos pequeñas mesas de madera que sostienen, ya con mucho esfuerzo y desvaríos, cuatro torres de libros y una porción irremediable de polvo. Para evitar que cayeran estas mesas de Pisa (dolorosamente inclinadas por el peso) y me dieran un susto en la noche, tuve que empotrar, a la mexicana, una silla que hace las veces de muleta. A mi izquierda descansa un mueble color vino atestado de libros infantiles: cuentos clásicos, cuentos contemporáneos y poesía para niños. Arriba de mí gira un elegante abanico que me ilumina con dos focos de luz blanca suficiente para leer. Detrás de mí, en la barra, permanecen un garrafón de agua, una caja vacía de cereal, otra caja de galletas, una decena de botellas vacías de cerveza Guinness, analgésicos y antiácidos para los excesos y hasta una alcancía de Mickey Mouse. De día, mientras leo o escribo, tengo una taza de café expreso junto a mí; de noche, sólo agua. Invariablemente, de fondo, se escucha música clásica o rock. ¿Que si cuál es mi indumentaria a la hora de la lectura o la escritura? Ahorita mismo solamente me cubre un boxer, pues hace mucho calor y llueve; pero suelo ponerme un short y una camiseta cómoda. Me gusta teclear en la computadora o escribir en fichas de trabajo con una insustituible pluma uni-ball micro o una Pilot. No es frecuente que lea borracho, pero ha ocurrido. El sábado pasado sucedió.
Hablando de esto, en el más reciente número de la revista nexos, Álvaro Uribe, autor de la novela El expediente del atentado y de la narración biográfica Recordatorio de Federico Gamboa, entre otros libros, nos cuenta con minuciosidad del lugar en el que escribe (¡también en el comedor!) y de la manera cómo trabaja su prosa. Dice Uribe en los dos primeros párrafos del artículo:
Sentado a la tosca mesa de cocina que me sirve de escritorio veo a mi izquierda una ventana de pared a pared, velada siempre por una cortina de gasa: afuera hay un patio insulso y, a cuatro metros de la mía, la ventana simétrica de los vecinos, también encortinada para brindarnos la mutua cortesía de la intimidad. Frente a mí, un clóset asimismo de un lado a otro de la pieza y además de suelo a techo sugiere, aunque sus puertas corredizas de madera estén ensombrecidas por un barniz mate, una hoja o más bien tres hojas en blanco. Esquinada entre la ventana y el clóset, una rústica mecedora aguarda con los brazos abiertos el instante caprichoso en que mi gata, hecha ovillo, soñará para mí que es musa. Mientras tanto, el vano de la puerta que rara vez cierro, a mi derecha, me deja mirar de reojo a un luminoso ventanal y, a lo lejos, el muro de una casa contigua sepultado por la hiedra y, detrás de ese torrente de verdes, la pirotecnia vegetal de un flamboyán en perpetua flor. Hacia acá de la puerta, una cajonera de pino da sostén a la impresora y a un atril de fierro en que descansa una canónica fotografía de Borges ya anciano, sonriente, ciego a ojos vistas, si el oxímoron vale, y con la zurda apoyada en un bastón: me gusta pensar que todo lo que hago le rinde homenaje, aun cuando esta idea se la deba no a él sino a mi no menos maestro Augusto Monterroso. Siento, por último, gravitar a mi espalda un librero copioso donde se van acumulando en consabido desorden los libros recientes, los libros útiles, los meros libros: uno de sus anaqueles, al alcance de mi mano si volteo apenas, aloja al Diccionario de uso del español de María Moliner, en que no se encuentra por cierto la muy borgesiana voz “oxímoron”. Así escribo.
Me abstengo, sin embargo, de escribir con un ojo puesto sin chistar en ese o en cualquier otro diccionario; a diferencia de algunos colegas prefiero que las palabras me vengan por sí mismas, y sólo corroboro su significado o su ortografía cuando al tenerlas ya en la punta de la pluma se antojan mentirosas. Pese a ser prosista, o quizá porque intento serlo, le otorgo valor supremo al sonido; me sé capaz de alterar el tiempo de un verbo, los matices de un adjetivo e incluso el nombre de un personaje con tal de que cierta frase sorda suene mejor. Y no estoy hablando de prosa poética ni mucho menos de poesía en prosa, subgéneros literarios que se me traban en la lengua y suelen parecerme desabridos. Hablo de prosa nada más prosa, como la quería Flaubert. De escribir en voz alta. De evitar redundancias y cacofonías y rimas inadvertidas e involuntarios versos, según espero haber hecho en los dos párrafos que llevo escritos hasta aquí…

¡Hola, Irad!
Después de leerte, me doy cuenta de la incomodidad desde la que escribes, muy detallada por cierto, pude verte sentado en la cocina, en boxer como lo relatas, y tus cervezas de cabecera para contrarrestar el calor, supongo.
Recordé el comentario de una joven que pedía de deseo ser la mejor escritora del mundo, ingenuamente suponía la comodidad a su máxima expresión, creo, suponía
de esa forma fluyen mejor las ideas. En fin!
Te mando saludos, espero que la silla no dañe tu espalda.
Cuídate!, te mando un abrazo!
Sin Ma.
Hola, Sin Ma,
Es curioso: las sillas y la mesa me parecen en verdad incómodas, pero ocurre que cuando empiezo a leer o escribir me olvido de las circunstancias. Olvido la silla en la que estoy sentado y la mesa sobre la que me apoyo; sólo hasta que termino siento el dolor y el cansancio en la espalda. Espero, como dices, no dañar mi espalda ni mis apenas visibles nalgas.
Aquella joven de la que hablas, un dechado de intelectualidad, no tiene ni la más remota idea de lo que significa leer ni escribir. De hecho, no la he visto sostener un libro.
Saludos!